18/11/11

EL OTRO RAFA (Primera parte)



W.G.G


          -UNO-

          
       —Desde siempre —musitó estirándose en el sofá y encendiendo un cigarrillo, de esos inodoros de plástico.
            —¿Cómo que desde siempre —preguntó el flaco pelón que estaba sentado a su derecha mientras rotulaba una carpeta con el nombre de Rafael Zarate.
            —Bueno, por lo menos desde que me acuerde. Con decirle que en mi cumpleaños número trece mi mejor amigo era un siquiatra y en vez de confites, lo que había para comer eran pastillas antidepresivas. Desde que portaba pañales hubo un cura locos en el centro de mi vida. El ultimo, Don Oscar, fue mi confidente por más de siete años, siento como si hubiese perdido a un padre —agregó el hombre con pesar.
            —Lo sé y espero serle tan útil como lo fue Don Oscar. Días antes de fallecer tuvo la cordialidad de acercarse a mi consultorio con su historia clínica y me pidió por favor que me hiciera cargo de su caso. No se podía marchar tranquilo sin saber que su salud estaba en las manos adecuadas, él también le tenía mucho aprecio —dijo el profesional apoyando la mano en el hombro del recostado.
            —No tiene ni idea lo que ese señor significaba para mí, no sé que voy a hacer ahora sin sus consejos —sollozo el hombre.
            —No se preocupe, confíe en mí, Don Oscar fue, además de mi mentor, un gran amigo y me encargaré de su caso por el tiempo que haga falta y sin cobrarle ni un centavo —dijo Felipe Giqueaux observando a Rafael como si de su ídolo de rock se tratase.

13/11/11

EL CURA Y EL JARDINERO (Llevado a la pantalla grande por mi amigo el director dominicano Manuel Paulino)

W.G.Greulach


            Se siente embotado, la cabeza le da vueltas, es como si le estuvieran pegando con las palmas de las manos en los oídos. Comienza a moverse lentamente pero sus pies están quietos. Se eleva entre ruidosos nubarrones cargados de estática, la electricidad entra por todos sus poros. Comienza a percibir una luz, una intensa energía que brota incontenible de su interior buscando una salida. Su cuerpo se hincha pleno de luminosidad. Su tórax, sus brazos, sus piernas comienzan a agrietarse y de repente explota cayendo en mil pedazos. Cada trocito tiene un ojo a través de los cuales ve como la tierra se acerca a mil por hora Presiente el golpe final, el dolor, miles de retinas nublándose, gritos, miedo, impotencia…  
             Entonces, como en tantas pesadillas, está sentado en el borde de la cama matrimonial, con ese ridículo traje de pato Donal que le ponían para ir al jardín de infantes. Ve por centésima vez como su madre humilla a su padre, lo trata de inútil, bruto, impotente. Le dice que gracias a Dios tiene a Julián el vecino que puede satisfacerla cuando ella quiere y que bien merecido se tiene los cuernos por maricón.    
             Como en cámara lenta y con un fondo que va cambiando lentamente del celeste al rojo observa a su querido progenitor.  El ser humano a quien más ama en esta tierra, saca el arma del cajón de la mesita de luz -en cada sueño el revolver es distinto- y le dispara a esa perra dos, tres, cuatro veces hasta quitarle el último halito de vida. El hombre fija luego su mirada en el niño y ese inolvidable rostro es una expresión de súplica, de ruego, un lacónico pedido de perdón. Una lágrima, que siempre le parece gigante, no le alcanza a llegar a la comisura de los labios cuando el tiro -con el que se vuela su padre la tapa de los sesos- retumba en un eco infinito.