14/1/16

ASESINO SERIAL DEL AÑO - Capítulo dos




                             El inspector Avalón

                                           I

El detective de homicidios Fredy Avalón se tragó el insulto para no despertar a su esposa. Manoteó el celular que vibraba sobre la mesita de luz y observó con aburrimiento el caller id.

—¿Qué coño quiere Rodriguez? —susurró sin importarle que pudiese tratase de una emergencia.

—Buenas noches señor, disculpe la hora, pero hubo otro crimen en South Beach y podría encuadrarse dentro del caso que viene siguiendo.

—¿Dónde fue? —preguntó sintiendo que un chorro de adrenalina terminaba de despertarlo.

—En el ally entre Meridian y Jefferson, a unos veinte metros de la ocho. Si no le importa, el capitán me mandó a ponerme a su disposición para ayudarlo en lo que sea —dijo con temor, sabiendo que al viejo le gustaba trabajar solo, que le enervaba la presencia de un novato preguntón a sus espaldas.

Después de un gruñido de disgusto y no dispuesto a tener otro encontronazo con su jefe, Fredy acotó: —Esta bien, si no me queda otra, pero limítate a hablar solamente cuando vas a aportar algo interesante y no toques nada sin mi autorización, ¿okey?

Avalón se arrepintió al segundo de haberle hablado tan duro al muchacho. De última no le caía mal. Era silencioso y educado. Carraspeó fuerte como buscando sacarse toda la amargura con la que había amanecido.

—Muchas gracias teniente, ¿le parece bien que nos encontremos en la estación a las siete y media?

Avalón cortó sin contestarle. No estaba enojado con Rodríguez, sino con el inoportuno homicida que había arruinado su día libre. Solo imploraba que se tratase una vez más de él.



Se levantó con sumo cuidado, apoyándose sobre un costado y luego descargando todo su peso en las piernas. El dolor de cintura lo tenía a maltraer y un mal movimiento podía postrarlo por el resto de la jornada. Contaba los minutos que le quedaban para retirarse, si todo iba bien sería a finales de este año, tras cuarenta y tres temporadas de abnegada labor.

Mientras buscaba la libretita más el grabador y acomodaba su glock 9mm bajo el sobaco, rogó que el joven tuviese razón y que el asesino de los golpeadores, como lo bautizó un reportero del New Times, hubiese aumentado el número de víctimas. El psicópata se había cargado veintinueve hombres en el área de los condados de Dade, Broward, Palm Beach y Monroe, en los pasados seis años.

Cinco meses atrás el pope policial del estado de florida, acuciado por el mismísimo ministro de defensa nacional, exigió la presencia del mejor investigador de la fuerza al frente de la pesquisa. Todos los dedos señalaron a Avalón, la leyenda, como a sus colegas les gustaba llamarlo. A esa altura Fredy no estaba seguro si el nombramiento se trataba de un halago o de una maldición. Ahora no podría jubilarse hasta resolver el caso. El dejarlo inconcluso estamparía en su honor una mancha imborrable.

En noventa días reunió toda la documentación disponible, volvió a interrogar a supuestos testigos y sopesar evidencias. El proceso le dejo dos certezas: la palpable ineptitud de sus predecesores y la aguda inteligencia del criminal al que se enfrentaba. El detective comprendió al instante que le sería imprescindible recopilar pruebas frescas en el lugar de los hechos si deseaba resolver el enigma. Todo estaba corrupto, contaminado. Aun no había tenido la oportunidad de asistir a la escena de alguno de sus crímenes.

Una fría llovizna empapó su calva y su rostro mientras cruzaba el jardín. Antes de subir al Aston martin burgundy, tuvo un extraño presentimiento. Se vio recorriendo un sendero escarpado y peligroso del que solo la muerte podría liberarlo.



                                           II

A las siete y diecinueve de un tormentoso domingo, el convertible rojo estacionó en el parqueo interior del departamento de Policía de Miami Beach. Fredy Avalón se disponía a marcar el número de Rubén Rodríguez cuando lo vio bajar las escaleras del módulo central y saludarlo tímidamente con una inclinación de cabeza.

Se acomodó las lentes para poder estudiarlo con detenimiento. Era un esmirriado muchacho de veinte y tantos años. Llevaba el pelo cortado al rape, lo que resaltaba aún más su prominente nariz. Cejas pobladas, labios finos y ojos pardos. Portaba un metro ochenta y pico y poseía una sonrisa franca apoyada en una imagen de infección que le recordaban a su hijo menor.

—Buen día señor. ¿Cómo se encuentra? —exclamó con exagerado respeto —saco el móvil y lo sigo.

—Si no entendí mal, el crimen fue a solo cuatro cuadras de aquí, ¿no? Que te parece un poco de ejercicio matutino —le dijo mientras le alargaba la mano para saludarlo.

—Ningún problema teniente —contestó mirando al cielo encapotado que le indicaba otra cosa.



—Observa esto —acotó el veterano arrodillado a veinte centímetros del cadáver.— Siempre son tres o cuatro puñaladas con el mismo tipo de arma, la victima ronda los cincuenta y está alcoholizada. Para completar seguro que este también tiene antecedentes de violencia doméstica.

Avalón se calló repentinamente, le dio pena escucharse repitiendo las mismas obviedades que los detectives anteriores. Sintió vergüenza de no haber aportado ni un dato más desde que tomó las riendas del asunto. No podía concebir que pasados seis años no hubiese una línea clara de investigación.

Descubrió a un repulsivo perro sarnoso que se ocultaba tras un tacho de residuos y lo miró con marcada impotencia. Encendió un cigarro cohíba mientras una pregunta le brotaba espontáneamente de sus labios.

—Tu viste todo mi piojoso amigo, porque no nos cuentas un poco lo que pasó.

La lluvia que se abatió segundos después no permitió hacer ningún rastreo de huellas y ni pensar en hallar un objeto perteneciente al asesino en serie. La callejuela era un perfecto muestrario de basura.

El teniente se alejó unos pasos refunfuñando por lo bajo y con la rabia marcada alzó su rostro hacia el firmamento. El aprendiz lo siguió tocándole el hombro con suavidad.

—Creo que el muerto tiene algo agarrado en su puño izquierdo señor.

Avalon sacó el objeto con dificultad, sino fuera por causa del rigor mortis, hubiese pensado que lo tenía apretado como si se tratase de su pertenencia más preciosa.

—Es una caja de fósforos del hotel Delano.  Aunque este no parece un individuo acostumbrado a frecuentar ese ambiente. Es uno de los más caros y exclusivos de la playa. ¿Quién te dice que al fin no encontramos la punta del ovillo —agregó esperanzado, mirando lo que estaba escrito con tinta azul en su interior.

A dos cuadras de la estación, Rubén aceleró el paso con la cabeza sumergida entre sus hombros. El cielo se derrumbaba en terrible aguacero. El detective parecía inmutable. Continuaba al mismo ritmo ignorando el diluvio. Su mente maquinando a mil, analizando el número telefónico.

—Creo que tenemos algo Rodríguez. El código, sino me equivoco es de Argentina, la región ni idea —dijo con entusiasmo en el mismo momento que, hechos sopa, ingresaban al estacionamiento.

El principiante no compartía su optimismo, no veía por donde una cajita de cerillas pudiese considerarse pista alguna. La victima podía haberla juntado en cualquier lado y no haber estado nunca en el hotel.

Lo que Rubén no conocía hasta entonces, era la fina intuición del anciano que caminaba a sus espaldas.




                                              III


Quedaban ya muy pocos en la estación de policía de Coral Gables. Avalón saboreó un sorbo de la colada manteniéndolo sobre su lengua y moviéndolo contra el paladar. Suspiró satisfecho, alguna vez le había dicho a su entrañable amigo argentino, el ahora retirado capitán Jose Carrario, que el café cubano era una de las maravillas del nuevo mundo. Por ahí tendría que recurrir esta noche a Pepe para que le hiciese un favorcito.

Volvió a su mente la imagen del occiso apretando con vehemencia la cajita de fósforos y sus ojos desorbitados mirándose el puño. Allí había algo, allí estaba la clave, pensó el viejo sabueso. Tenía el pálpito que ese paquete de cerillos podía pertenecer al asesino. A última hora le había llegado el informe sobre la víctima, Antonio Camacho. Le quedaba bien claro que era altamente improbable que este hubiese concurrido al Delano. Por otro lado, era bien raro que un huésped de tan distinguido hotel hubiese andado alguna vez por aquel inmundo ally.

No pudo aguantar más y, pese a que faltaban cinco minutos para las diez de la noche, acercó ansioso la mano al teléfono que se hallaba sobre su escritorio.

—Buenas noches señora, ¿Cómo le va? Disculpe muchísimo la moleste a esta hora, le habla Carlos, conserje del Delano hotel en Miami —mintió el policía.— Me gustaría hacerle unas preguntas si usted no se opone —agregó tanteando a ciegas y a punto de arrepentirse de su precipitación.

La voz adormilada que le contestó le llevó a preguntarse cuantas horas de diferencia habría con el país sudamericano.

—¿Por qué?¿Le ha pasado algo a mi hermano Lucas?—Se encuentra bien? Allí es donde él trabaja —preguntó entrecortadamente mientras sentía que un hueco crecía en su estómago. Se moriría allí mismo si algo le pasaba a su amado Luqui.

—No, no. No se preocupe, solo estamos chequeando los teléfonos de contactos de emergencia de cada empleado. Pura rutina señora. ¿Cuál es su nombre completo, por favor? Y su dirección?

—Leticia Agüero de Ortubal —contestó antes de darle con fastidio la ubicación de su casa.

—Muchas gracias, eso es todo. Mil gracias y esperamos no haberla despertado.

—¡Que le parece señor! Acá es casi medianoche  —se despidió, con más sorpresa que enojo, cortando en seco. Le parecía ilógico que la jodieran a esa hora por tamaña estupidez. Tendría que consultar con Lucas.

El detective cerró los ojos y exhaló profundamente a la vez que buscaba acomodarse mejor en su sillón para aplacar el puntazo que lo atacaba a la altura del coxis. Aún no tenía nada claro, pero su desesperada necesidad de encontrar un hilito lo llevaba a este optimismo muy poco sustentado.

Se sirvió otro cubano y encendió el cigarro que había dejado inconcluso a la mañana. Entonces llamó a su amigo Pepe en Buenos Aires y le pidió que averiguase la historia familiar de los Agüero, poniendo énfasis en la posible existencia de casos de violencia doméstica.

Alrededor de la una y ya en su casa, antes de darle el beso de las buenas noches a Elsa, su mujer, y apagar el velador, Fredy sacó su libreta y releyó con placer el nombre que tenía remarcado en mayúsculas.

—Don Lucas Agüero —musitó bajito— veremos que tienes para decirnos cuando te cite a declarar. Una sonrisa pinceló su rostro al imaginar que tal vez, y con un poquitín de suerte, aun se podría retirar a fines de setiembre.

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