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ASESINO SERIAL DEL AÑO. Capítulo quinto




                                                  Suicidio Virtual


                                                I
En los albores del tercer milenio la humanidad se vio azotada por un calentamiento global fuera de toda previsión. La emisión irresponsable de gases provocó que la temperatura promedio del planeta subiera siete grados centígrados. Al derretirse los polos, el nivel de los océanos había aumentado varios metros. Las masas secas continentales se redujeron en un noventa y cinco por ciento. El agua, el hambre, el hacinamiento, las enfermedades y las guerras pusieron a la raza humana en el vértice de la extinción. Fueron décadas oscuras, salvajes, de retroceso, donde solo los más dotados físicamente sobrevivieron. Cuando la inundación al fin cesó, quedaban en la tierra solo seis millones de los ocho mil existentes al comienzo de la catástrofe.
El hombre comprendió que se organizaba o desaparecía y en los siguientes cinco siglos logró un espectacular progreso en lo social y en lo científico. Solo diez ciudades poblaban el orbe, nueve de ellas enclavadas en los antiguos macizos cordilleranos del Himalaya y los Andes. La restante, con más de medio millón de habitantes, era Tokio, el único emplazamiento sumergido. Aunque Londres y New York habían comenzado a edificarse un par de años atrás.
Con tamaña escases de espacio, el control de la natalidad era prioridad mundial. El sesenta por ciento de las mujeres fecundas podía dar a luz únicamente un bebe en su vida. Al nacer la niña se decidía en imparcial sorteo si sería madre o no. Tan traumática normativa pensaba ser morigerada tras completarse la construcción de las nuevas metrópolis.
Para Liza Morgandus sería demasiado tarde, los primeros síntomas de la menopausia ya achacaban su cuerpo.

                                                    II
Kassel estudió con afecto la figura de su elegido transitando por la peatonal de South Beach. A las quince y treinta de un soleado viernes el muchacho avanzaba sin prisa, deteniéndose a cada tanto para curiosear en las vidrieras de los negocios de ropa y electrónicos. En la esquina de Euclid le dio cinco dólares a una pordiosera que limosneaba siempre por esa zona. La encorvada anciana besó su mano y él sonrió deseándole un muy buen día y acariciando su mejilla.
Morgandus estaba fascinado por las contradicciones que arrasaban al joven. Siendo un frio criminal a la hora de aplicar su justicia, poseía en su diario accionar un espíritu solidario, un corazón generoso. Al observarlo en la pantalla holográfica no pudo evitar enternecerse. En los cinco meses posteriores al nacimiento virtual de Lucas había estado pendiente día y noche de su evolución, a tal grado que en los últimos cuarenta y cinco días ya ni trabajaba. Requirió una licencia sin goce de sueldo por medio año en la oficina de impuestos públicos.
Su obsesión aumentó de una manera insana, ya no atendía su vida marital, ni frecuentaba a los amigos. Pegado al mundo capsular disfrutaba de los acontecimientos en tiempo real. Los asesinatos se fueron desencadenando uno tras otro y esperaba que antes del fin de dos o tres meses capsulares, su mercp principal hubiese logrado los tan ansiados treinta y tres crímenes. Su confianza se fundamentada en el instrumento vital que ahora manejaba el mayor de los Agüero.
La afición creciente no estaba ligada solamente a la fama y fortuna que el ente le reportaría, sino que empezaba a verlo como al hijo que nunca pudo tener. Hubiese dado todo por ser el padre verdadero de Lucas, suplantando a la bestia inhumana que el mismo le puso en su camino. Un padre dulce y comprensivo que llevase al muchacho a triunfar en la vida.
Últimamente Morgandus perdía a menudo la noción que se trataba de un simple juego y sufría las desventuras del elegido en carne propia, arrepintiéndose de haberle diseñado tan asquerosa existencia. De allí la promesa de dejarlo vivir hasta el fin de sus días virtuales si lograba el objetivo.
Mantener el mundigrama funcionando, si no ganaba el premio mayor, era ilógico y sumamente oneroso. Por eso la tristeza y perplejidad que lo acogieron cuando vio a su ente arriesgando todo en la puerta del banco. El estúpido estaba deteniendo su mundo encapsulado

III
Se detuvo en la esquina de Lincoln Road y Washington. El reloj del edificio azul y gris del Bank of América marcaba la hora dieciséis alternado con ochenta y siete grados de temperatura. Se acercaban las fiestas de fin de año y la peatonal hervía con turistas de todo el mundo. Dos francesas de exuberantes cuerpos le pasaron patinando por al lado.
—Bueno que mierda, total no pierdo nada con probar —se dijo bajito.
Lucas cerró los ojos y apretó los dientes combinando en su mente las tres palabras claves mientras se sentía el tipo más estúpido de la tierra.
—Blanco… gris… negro —pensó el elegido y su mundo dejó de girar.
Todavía incrédulo dio unos pasos en redondo al mismo tiempo que contenía la respiración. Buscó con desesperación algún minúsculo movimiento que le devolviera la cordura. Hasta la escupida de un homeless tirado en la vereda había quedado suspendida. No había sonidos, ni brisa tampoco. Una quietud aterradora que intimidó al joven por unos instantes. Igual a como había sucedido en la cafetería y en la seccional de policía. Pese a ello no terminaba de acostumbrarse.
Ya más repuesto enfiló hacia la entrada del banco, no sin antes palpar por curiosidad los senos y las nalgas de las patinadoras. No era una acción lujuriosa. Quería comprobar si estaban tan duras como lucían. Se sorprendió al encontrarlas tibias y blandas.
Toda esta situación le producía una sensación de desasosiego difícil de describir. Necesitaba terminar lo antes posible. Se desplazó cautelosamente sorteando las filas de clientes frente a las cajas, evitando tocarlos por miedo a alterar sus posiciones. Los guardias del camión blindado estaban al fondo, a punto de entrar a la zona de las bóvedas. Se calzó dos guantes de látex y les arrebató seis bolsas repletas de bonos y dólares. Luego de revisarlas separó dos de ellas que contenían solo fajos con billetes de cien. Las cargó en su espalda y salió presuroso rumbo a su departamento. Tenía once minutos para dejar el botín en un doble fondo secreto del armario y regresar exactamente al lugar y la posición en que se encontraba cuando congeló la capsula.
Diez minutos después, Lucas estaba ubicado en las mismas baldosas, mirando para el mismo lado y hasta con igual expresión en su rostro.
—Negro… gris… blanco.

IV

Dias atrás, horas antes de enfrentarse a su ente en la cafetería, Kassel le pidió a su amigo Isaias un favor del que ahora se arrepentía.
—Me gustaría —le dijo— que me permitieras ver las acciones de Lucas cuando detenga el tiempo. Después si, las borras para siempre. ¿Es eso posible?
El ingeniero asintió complacido, se sabía un genio en el campo de los mercps. Existían pocas cosas que no pudiese realizar.
—No hay ningún problema, puede arreglarse fácilmente alterando un par de circuitos y sin que los jueces tengan la más puta idea.
—¿Tan fácil?
—Sí, pero como te lo súper recomendé antes, tu conciencia clon deberá explicarle a Lucas como coordinar sus gestos y sus movimientos para que no se note el salto temporal. El reloj interno del sistema lo puedo controlar, si tu ente hace bien las cosas no tendríamos que tener problemas. Además los jueces no tienen ni remotamente el tiempo para chequear todas las acciones de los cientos de elegidos.
Gracias a estos cambios, Morgandus pudo disfrutar del encuentro en el Delano, la posterior humillación a Avalón y sufrir las imágenes del joven robando dos millones y medio de dólares del Bank of América.
No estaba afligido por un tema moral, ni mucho menos. En resumidas cuentas su hijo adoptivo era un metódico criminal y el que fuera ladrón no agravaba el cuadro. El inconveniente radicaba en que ahora luego de alcanzar la victima numero treinta y tres, si o si, tendría que desconectar el sistema. Eso, si no se ponía en evidencia antes.
Kassel sopesó la dramática coyuntura con la que se enfrentaba. Cuando su mercp principal comenzara a despilfarrar el dinero, todo se iría por el inodoro. Los jueces repasarían lo grabado, buscando el momento exacto en que el ente se volvió rico. Al no encontrar rastro alguno, intervendría el panel de especialistas técnicos, desarmarían la capsula y, más temprano que tarde, se lo dijo Isaias, encontrarían el fraude. Entonces no solo la vida virtual de Lucas estaría en juego, sino el futuro suyo y el de su amigo.
Miró con tristeza al muchacho que comía, con muy poca prisa, una tarta de arándanos acompañada por un mocaccino, en un Starbucks. Enfrente, el banco se encontraba a esa hora atiborrado de desconcertados investigadores. A unos trescientos metros de allí, el mar caribe reflejaba mil tonos dolorosos de naranja. Fue ese crepúsculo espectacular el que terminó inundando los ojos de Morgandus.
—¿Por qué lo hiciste mi querido Luquitas? —musitó entrecortadamente el hombre —si todo nos iba saliendo tan bien.
Dejó el andaraje y entró a la cocina. Su esposa preparaba una de esas insípidas sopas artificiales, como la mayoría de los comestibles que se consumían en el tercer milenio. Una jarra fría de suero proteico adornaba el centro de la mesa. Se sentó y con desganó comió del tazón que su esposa con una amplia sonrisa le había ofrecido.
—Es de carne con porotos y verduras —acotó como si se notase gran diferencia entre una y otra infusión.
No tenía apetito, un nudo le cerraba la tráquea. Su mente buscaba alternativas que no aparecían por ningún lado. Imploró por que el joven no empezase a gastar su flamante fortuna. Si lo hacía, el fracaso sería catastrófico, abrumador.
Tragó con fuerza, empujando el líquido caliente hacia su estómago. Los dibujos pintados en el techo de cristal parecían hacerle burla. A su mujer le encantaban, él los detestaba. Eran decenas de niños jugando en jardines llenos de flores y árboles frutales.
En ese momento no sabía que le causaba más daño, la probable perdida del trofeo mayor o el reciente suicidio virtual que su amado Lucas Agüero había cometido...continuará

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