31/5/16

ASESINO SERIAL DEL AÑO. Capítulo Séptimo

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La victima numero 32



Joaquín Urraya destilaba su resaca tirado sobre la alfombra de la pieza matrimonial. Sentía los sesos batidos como en una coctelera. Cuatro horas le sobraron para tomarse más de un litro de ron Cachapa. Apoyada en su frente, una bolsa de plástico del Publix con hielo le ofrecía alivio momentáneo. Esta noche dormiría solo, su mujer había huido a la casa de la madre. Todo debido a un problemita ocurrido más temprano.

Salió del hotel Delano a eso de las seis y treinta. Iba acompañado por Lucas Agüero, quien vivía a escasas cuatro cuadras de su apartamento. Habían trabajado de meseros en el mismo turno. En la esquina del City Bank se encontraron con Carina, su esposa. Un flaco alto y bien parecido caminaba a su derecha.

—Mi… mi primo Juan —dijo ella con evidente miedo.

Joaquín la celaba continuamente y esa tarde, como tantas otras, no pudo contenerse. Arremetió contra el supuesto pariente reboleándole un puñetazo en pleno rostro. Cuando Lucas intentó detenerlo, se abalanzó contra la muchacha y la desparramó sobre la vereda de un cachetazo, haciéndole sangrar la nariz.


—¡Puta de mierda! —gritó Urraya rojo de furia.— ¡Hace falta que te mande al hospital de nuevo para que aprendas!

Lucas percibió el aumento de su ritmo cardiaco y un calor que le subía desde el corazón mismo y lo abrazaba cortándole el aliento. Tras propinarle una patada en los testículos a su compañero, lo tumbó poniéndole una rodilla en la garganta. Cuando sintió que comenzaba a asfixiarse, amainó la presión y con los ojos ahogados en ira lo amenazó:

—¡Como vuelvas a pegarle a una mujer, te mató, cabrón hijo de puta!

El argentino ayudó a incorporarse a la malograda joven y con afecto le limpió la cara con un pañuelo.

—Dejalo, no te va a molestar más, te lo prometo —la confortó y al mirar esos ojos llorosos, reconoció los de su madre y los de todas las mujeres abusadas del mundo.

—Pero… si no estaba mintiendo, es mi primo Juan, recién llega de Barranquilla —solloza Carina sin poder retener las lágrimas.

—Lo sé, te creo. Olvidate de él para siempre, rehacé tu vida. Yo me encargo de este parásito.

Joaquín nunca vio tanto odio reflejado en las pupilas de alguien. El enojo se desvaneció del mismo modo en que crecía su angustia. Lucas era más bajo y de menor contextura física. Sin embargo su mirada, sumada a la fuerza de su cuerpo, le provocó un temor irracional. No era para menos, acababa de firmar su sentencia de muerte…



Colocó la bolsa de hielo en su nuca buscando aliviar las punzadas que atravesaban su sien. Tras aspirar hondo retuvo el aire por veinte segundos. Miró el techo y luchando contra su pastosa lengua balbuceó:

—Perdóname por favor Carina, te quiero mi amor.

Minutos después se quedó dormido y solo se despertó pasada la medianoche, para escuchar a Lucas susurrándole al oído:

—No podrás arruinarle la existencia a nadie más. ¡Púdrete en el infierno maldito abusador!

Joaquín Urraya se sorprendió al sentir el frio de la filosa daga aun antes que el dolor.



II

Oculto en el interior de la van, una hora más temprano, Avalón cenaba un pedazo de piza vegetariana acompañado por un jugo de papaya. Se hallaba de buen humor, optimista. Luego de cinco días, al fin sucedió algo singular. Algo que le dio la certeza que conocía el próximo objetivo del asesino serial. Por la vehemencia con que el joven había atacado a su compañero de trabajo, Freddy percibía que iba a matarlo esa misma noche. Tras los vidrios polarizados, el teniente junto a dos oficiales, vigilaban el frente del departamento de Agüero. En una camioneta gris y a ocho cuadras de distancia estaba Rubén Rodríguez y un equipo de tres policías, estacionados a escasos metros de la entrada del edificio donde vivía Joaquín Urraya.

La luz de la calle iluminaba apenas el interior de la vivienda del elejido, situada en el segundo piso de una construcción art-deco de los años cincuenta. En el poste del alambrado publico habían instalado una potente cámara que captaba con claridad el interior del monoambiente. Un aparato similar vigilaba la parte de enfrente del edificio de la posible víctima.

El parque Flamingo se extiende a lo largo de cinco cuadras en el corazón de South Beach. A esas horas lo habitan solo un puñado de perros callejeros y algún que otro homeless. Aquélla noche aisladas ráfagas de brisa apenas aliviaban un clima denso, sofocante. La isla verde era la única separación entre víctima y victimario.

Lucas entró al baño consiente de que lo estaban vigilando. Aunque bien disimulada, ya había descubierto la filmadora en el poste e intuía la existencia de potentes micrófonos también. De una cosa estaba seguro, adentro de su departamento no habían instalado nada. Lo dio vuelta cien veces cerciorándose bien. No se la estaban poniendo nada fácil. El desafío mayúsculo lo excitaba y entretenía. Luego de refrescarse con una duchazo de agua fría cepilló sus dientes con esa obsesión que le llevaba muchas veces a hacerle sangrar las encías. Tras peinarse y limpiarse los oídos con un hisopo se vistió con una remera blanca y una bermuda negra. Llamó a Urraya para cerciorarse de que estaba en su casa y aprovechó para disculparse por el incidente pasado. Luego se sentó en el inodoro con los jokers en los tobillos.

—¡Atención, creo que el loco va por su nueva presa. Está en el baño y acaba de llamar a Urraya! Nosotros lo seguimos cuando salga. Allá Rodriguez aléjense unos metros, se me hace que ya sospecha algo. Anduvo revolviendo como loco todo su departamento. No hagan movimientos en falso por favor. Estamos muy cerca de agarrarlo —remarcó Fredy entusiasmado.

Entonces Lucas Agüero dejó estático al mundo por tercera vez.



 Traspuso el parque sin apuro y al momento de encaramarse al portón del edificio de Urraya, descubrió la van estacionada a casi una cuadra de distancia.

—¡Ay Avalón querido! No me sacás ni un segundo los ojos de encima —musitó Lucas nuevamente sorprendido por la tenacidad del policía.

Su curiosidad pudo más, volvió a la calle, caminó hasta el vehiculo abriendo la portezuela trasera. Cuatro personas estaban sentadas alrededor de unos aparatos electrónicos. Debían hallarse en una conversación sumamente interesante,  así lo indicaban sus expresiones. Le sorprendió no encontrar al teniente, seguro estaría en la combi situada al frente de su casa. Reconoció sin embargo al tipo que lo había recibido en la estación para el interrogatorio. Recordaba su apellido, Rodríguez. Un chupamedias del jefe por lo poco que pudo observar. Levantó una colilla de cigarrillo del suelo y de maldad se la puso entre los labios mientras sonreía.

El portón de entrada al monobloque se hallaba trabado con un ladrillo. Suspiró aliviado, no sabía si la ganzúa que traía le hubiese servido para tanto. Tarareando mariposa technicolor de Fito Paez ascendió las escaleras de dos en dos a la vez que se calzaba unos guantes de látex. Ya en  el cuarto piso destrabó sin problemas la puerta delantera del apartamento.

Urraya yacía despatarrado sobre la alfombra de la habitación sosteniendo una botella sin una sola gota de alcohol, parecía dormir profundamente. Ni se detuvo, tras acercarse a las puertas corredizas del balcón las abrió tras correr el cerrojo. La abertura daba a un condominio más bajo. Inspeccionó con detenimiento el lugar por donde debería escalar en unos minutos y entonces descubrió lo que estaba buscando. La cámara estaba enfocada hacia el balcón y la ventana lateral. Lo había pensado todo el muy hijo de puta. No se la estaba poniendo nada fácil meditó el elegido. Lucas no solo estaba tratando de engañar al policía, sino también a los jueces que lo estarían observando al reanudar el mundo capsular. Debía coordinar cada movimiento con meticulosidad.

—Un paso en falso y todo se va a la mierda Luquita —se dijo con más excitación que temor.

El muchacho se alegró de que la cama ocultara a la cámara el cuerpo del borracho, de esta forma no podrían apreciar la sangre derramándose en la alfombra. Salió desplazándose cuidadosamente por la cornisa del vecino y al llegar al aparato electrónico, le tapó la lente con una especie de pastilla negra. Era un congelador de imagen. Actuaria por unos pocos minutos y luego se despegaría cayendo en un profundo hueco que existía entre los dos edificios.

Regresó al cuarto para estudiar la imagen que retendría la filmadora. No había ningún objeto delator que mostrase movimiento. Repasó los alrededores buscando alguna cámara aún inadvertida. Ya en la calle se movió con premura, llevaba consumidos ocho minutos y medio. Demasiado. Traspuso el parque corriendo rumbo a su apartamento. Después de agarrar un taladro y una maza entró como una tromba al baño.

Le llevó cinco minuto desenroscar los cuatro tornillos que sujetaban la claraboya y despegarla a mazazos de la pared. Anoche lo había planeado todo una y otra vez. Ahora al sacarla y reinsertarla en su lugar no quedarían huellas de esa traslación, ni desde dentro, ni desde el exterior. Un trabajo fino sin dudas. Ahora poseía un hueco perfecto para evadirse sin ser notado. El único lugar donde no encontró cámara fue sobre la pared de afuera donde estaba la pequeña abertura… el camino estaba libre.

Guardó las herramientas y al momento exacto de cerrar la puerta y acomodarse en el inodoro, la tierra virtual comenzó a funcionar.



Agarró una palanca que al despertarse había dejado disimuladamente bajo el lavado junto a un destornillador y simuló que realizaba un esfuerzo sobrehumano para destrabar la ventanita. Era toda una actuación para los jueces, pues Avalón allí adentro no podía verlo. Luego sacó los tornillos desplazando la claraboya poco a poco.

Apenas cabía su cuerpo por el hueco, lo traspuso con dificultad y acomodó la abertura. Con agilidad gatuna saltó al balcón del apartamento de abajo y de allí al jardín del monobloque. Se sacudió las ropas mientras caminaba tranquilamente por el callejón trasero rumbo a Meridian avenue. Fue dos cuadras en dirección contraria a su destino para evadir los vehículos que lo vigilaban y, tras rodear al parque Flamingo por una calle lateral, penetró por el alley que pasaba por el fondo del edificio de Urraya. Con un control remoto congeló la cámara que peinaba el fondo de la vivienda.



III

—¡Esta vez no te me escapás coñazo! —insultó rabioso al tiempo que se rascaba un lunar en el centro de su barbilla.

Tuvo la percepción de que el movimiento de su mano, desde la rodilla al mentón, había durado una eternidad. El corazón descompasado le obligó a retener el aliento. Era la misma sensación de aquel instante en que terminó el malogrado interrogatorio de la semana pasada. Tendría que estar descansando plácidamente en su casa a esta altura de su vida y no encorvado dentro de la combi policial, reflexionó cansado.

—Falta tan poquito desgraciado —se dio aliento mientras observaba por enésima vez la pantalla que indicaba que Agüero aun no salía del baño.

—¿Porque mierda se demora tanto allí adentro? ¡Gonzalez! Exclamó Avalón mirando a un gordito mofletudo  que llevaba unos auriculares desproporcionadamente grandes en su cabeza.

—¡A sus órdenes señor!

—¿Inspeccionaron bien la parte trasera del sanitario? ¿No hay salida posible?

—Cien por ciento seguro jefe. Solo existe una pequeña claraboya que esta súper empotrada y no puede abrirse.



Veintiocho minutos pasaron antes de que Lucas saliera del baño. Sacó una botella de agua de la heladera y tras apoyarla en la mesita de luz comenzó a desvestirse. Se acostó con un sentimiento pleno de satisfacción. Ahora debería escoger meticulosamente al último blanco, el número treinta y tres y entonces si… a disfrutar de la nueva vida con su familia.

Antes de entregarse a Morfeo, reflexionó acerca del reciente asesinato. A diferencia de los anteriores, no hubo tanto disfrute. El placer morboso de imaginar que mataba a Julio, apenas se presentó en su mente esta vez. Encontró una lógica explicación para esto: el que ahora conocía que su padre no era más que otra ficha en el juego de un tipo desalmado. En síntesis, que solo existía como invención de otros y nada más.

Sonrió al pensar que nuevamente se le presentaba una feroz dicotomía. Detestaba horrores al cretino que inventó su mundo artificial, pero en el fondo se sentía agradecido que, de lograr la ansiada marca de 33, le brindara la chance de volver a gozar de la presencia y el cariño de su madre.



Tan seguro estaba el teniente Avalón de que Lucas mataría a Urraya esa noche, que se quedó despierto hasta las seis de la mañana. Cuando Rodríguez regresó de descansar, le pasó el mando y aburrido y extenuado caminó las tres cuadras que lo separaban de su convertible burgundy.

No lograría reposar ni tres horas, pues a las nueve y cuarto su ayudante lo estaba llamando por teléfono.

—Teniente, disculpe que lo despierte, pero es importantísimo. Urraya tendría que estar trabajando hace ya cuarenta y cinco minutos. No sabemos si le pasó algo o solo está borracho como una cuba. No se mueve ni una pluma en su apartamento. Esta tirado en la alfombra, solo le vemos la punta del pie, igual que en las ultimas diez horas. ¿Qué hacemos, entramos? —pregunto dubitativo el muchacho.

—¡Qué coño están esperando! —bramó el viejo desesperado mientras con dolor se incorporaba en la cama. No se trataba de un mal presentimiento, era una certeza lo que tenía. —Llámenlo por teléfono y si no responde, entren al apartamento. ¡Por el amor de Dios!
Continuará...

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