30/6/16

ASESINO SERIAL DEL AÑO Capítulo octavo




El fin de la ilusión



I

Le pesaban los hombros, latía su sien dolorosamente. Una burbuja amarga, simulando un yo-yo, iba desde su boca al estómago. Derrumbado en el sillón frente al monitor, revisaba con desconcierto, por centésima vez, las grabaciones de la noche del homicidio, buscando el mínimo indicio que pudiese incriminar a Lucas Agüero. Todavía no asimilaba el hecho de que el maldito asesinara a Urraya en sus propias narices. El tipo se cagaba de risa de él y toda la inepta policía de Miami. El enojo sumada a la impotencia y frustración eran inenarrables. Presentía que estaba al llegar la comunicación del superintendente donde lo relevaba del caso pasándolo a retiro.

—¡Qué deshonrosa forma de jubilarse —se lamentó tristemente. Cerraba con broche de plástico una carrera de oro que lo había encumbrado a nivel de leyenda.

El forense le informó que la víctima fue asesinada entre las doce y la una de la madrugada. Estaba claro para todos los demás que el argentino no tenía nada que ver con ello, pues en esas horas no se había movido de su departamento. Sin embargo Avalón seguía pensando lo contrario. Apostó todo su prestigio a la culpabilidad del joven, si hasta había acertado sobre cual sería el siguiente nombre en la lista de Agüero.

Ahora estaba solo, ya no habría soporte alguno, mas se prometió seguir adelante hasta las últimas consecuencias y desenmascarar al peligroso psicópata a como diera lugar.

De repente dio un brinco parándose entusiasmado. Rebobinó los diez minutos que acababa de ver. Quería comprobar si su vista no lo había engañado.
Entre la hora 00:16 y la 00:27 sucedió algo anormal, apenas perceptible. En las primeras revisiones no pudo notarlo, pero allí estaban. Dos elementos abonaban su tesis. Por diez minutos la imagen se había congelado. La detención del levísimo movimiento de las hojas de un helecho, apoyado en la parte exterior de la ventana, y el corrimiento de la cortina, apenas un par de centímetros, sin que nadie la tocara.

La empleada de servicio, una dominicana con muy pocas pulgas, le preguntó si se quedaría mucho tiempo más. Era la última persona en esa área de la estación y su despacho aún estaba sin limpiar. El teniente, en un sobreactuado acto de fastidio, le hizo señas para que esperara. Por respuesta recibió una furibunda mirada de la caribeña quien ya hacía rato que quería marcharse a su casa.

Se enfocó nuevamente en la grabación de la vivienda de su único sospechoso. Once minutos antes de que la imagen se congelara en la cámara instalada en lo de Urraya, el argentino entró al baño. Dieciséis minutos después de que se reanudara la filmación salió para acostarse. No encontraba lógica que aclarase como el joven detuvo la cámara y pudo escabullirse del férreo control policial, pero más que nada… ¿por dónde coños había salido a la calle? El detective cubano maldijo la idea de no instalar un aparato enfocando la parte trasera del departamento. Se levantó con la ilusión que al fundamentarles estas sospechas a sus superiores, le otorgarían un tiempito más. Estaba tan cerca de agarrarlo.

Al encaminarse al garaje lo acogió una repentina calma, no porque realmente pensase que iba continuar en el caso, sino por el bien que hacía a su ego la ratificación del nombre y apellido del asesino de los golpeadores.



II

Aterrizó en la playa intermedia del edificio de la Universidad Central. Desde allí se comunicó con el ingeniero para anunciar su llegada. La U.C. era la construcción más grande del planeta. Trescientos setenta y ocho pisos en una estructura piramidal que le permitía alcanzar el kilómetro y medio de altura. La vista desde el mirador de cristal que la coronaba, era espectacular. Se encontraba en el Himalaya y Canaan, la ciudad donde estaba enclavada, solo podía expandirse para arriba debido a la inundación, razón por la cual estaban proliferando este tipo de edificaciones monstruosas. Pegado al estacionamiento del piso 195, existía un parque con bellos jardines tapizados de flores y arboles filtro-artificiales, cuyo objetivo, además de embellecer el ambiente y otorgar un lugar de recreo, era transformar el anhídrido carbónico en oxígeno. Hacía ya siglos que las plantas naturales eran rarezas mantenidas solo en los jardines botánicos.

Morgandus observaba embobado a una pareja de estudiantes que, sentados junto a una fuente con tortugas y serpientes de mármol, derrochaban amor a mansalva.

—Ojalá —pensó apenado— que el sorteo los favorezca y puedan prolongar su sangre en un ser, encontrando así el sentido de sus vidas.

Absorto en sus cavilaciones, no escuchó a Isaías que lo saludaba. Solo cuando le golpeó con fuerza el acrílico del vehículo, desvió la vista para contestarle.

—¿Todo bien Kessy? Te noto preocupado —inquirió el catedrático.

—Sí, sí gracias. ¿Qué te parece si vamos a cenar y disfrutamos de las nuevas andanzas de Luquitas?



Detuvo el aeromóvil en la calle. Deseaba mostrarle a su amigo los acontecimientos del día anterior en tamaño natural. Proyectando los hologramas en el centro del espacioso andaraje, así no se perderían ni un detalle de la ingeniosa maniobra del elegido.

Luego de la comida, instalados en dos sillones pegados a la puerta levadiza, repasaron los sucesos, comentándolos con asombro y admiración.

—A no ser por el interruptor de imagen, desaparecido en el fondo del edificio y la ventanita desempotrada con demasiada facilidad, no hay nada que lleve a sospechar a los jueces. Son detalles nimios que pasaran desapercibidos mi amigo. Aguerito no dejó pistas que puedan estorbar tu camino a la fama. ¡Un genio tu marcp Kessy! —exclamó Isaías Malcom mientras terminaba de degustar un pedazo de torta de vainilla con un humeante café.

—El estúpido policía está totalmente desconcertado, no tiene la mas puta idea de como lo hizo. Tienen que estar por echarlo ya agregó orgulloso el mundigramista.

—¡Cuidado! No puedes subestimar a un viejo sabueso. Le costó poco encontrar las pausas en el video y eso que ni yo, sabiendo, las puedo apreciar bien.

—Lo sé, lo sé, es algo que no deja de preocuparme, el desgraciado es inteligentísimo y nunca se dará por vencido. Pero es tan poco lo que tiene, que sus jefes no le llevaran el apunte. Un patadón por el culo es lo que le van a dar —dijo el rubio sonriendo y se levantó a apagar el proyector.

El leve zumbido del mundo capsular rompía el silencio del andaraje. Morgandus aumentó la intensidad de la luz y tras carraspear un par de veces se animó a confesarle al científico la verdadera razón del apresurado encuentro.

—No sé si te percataste —empezó con timidez la frase— que pasaron varios días desde el asalto al banco y aun no gastó ni un centavo. Sin duda sabe lo que está haciendo.

Isaías lo censuró con solo una mirada, obligando a su amigo a hacer una pausa y mirar el piso avergonzado. El ingeniero sabia con lo que iba a caer después.

—Quiza es conciente del peligro que ello implica —agregó tartamudeando tras carraspear—. Tal vez en un futuro manejará el tema con cautela y podríamos darle…

—¿Me estas tomando el pelo? —exclamó un consternado Malcom, cortándolo en seco—. Me supongo que es un chiste, ¿no? Ni por un instante pienses en dejar el mundo funcionando luego del crimen treinta y tres. ¿Qué crees, que robó el dinero para tenerlo guardado toda su vida? Me enferma tu candidez Kessy. Menos mal que todo esto termina pronto, estás perdiendo los límites de la realidad. No puedo creer que te involucres tanto sentimentalmente con un maldito mercp. Esto es mundigrama, Kessy, M-U-N-D-I-G-R-A-M-A, un concurso, un simple juego. ¿Me entendes? Controlate o desenchufo esta mierda para siempre. Facilito, invento un cortocircuito y quemo el equipo de una. Los jueces no podrán decir nada, un accidente normal. Ha pasado antes. No quedará registro de nada. No me obligues amigo mio, no lo hagas… no arriesgaré mi carrera por una estupidez como esta. ¿Entendes? —terminó gritando Isaias con el rostro enrojecido y la vena del cuello hinchada.

—Pe… per… doname por favor, ni se lo que estoy diciendo. Te prometo que desconectaré el sistema apenas batido el record. No me quites la posibilidad de ser campeón, por favor —dijo Morgandus sollozando y con la cabeza gacha para evitar que viera sus ojos inundados.

La sola idea de perder a su Luquitas allí mismo lo aterró, congelándole la medula de punta a punta.





III

El elegido despertó a Andres, quien se había quedado a dormir en el departamento del parque Flamingo. Una fastuosa boda en el hotel los mantuvo trabajando hasta las dos y media de la madrugada. Eran las seis y quince y a las siete tendrían que regresar para el turno del desayuno.

Pese al escaso tiempo que se conocían, cultivaron una profunda amistad. Salían a todas partes juntos, divirtiéndose sanamente. A tal punto se entendían que Lucas le pidió al dominicano que se fuera a Argentina con él. Pondrían en el sur un tiki bar a la orilla de un lago y serian socios por muchísimos años. Quien los veía desde afuera pensaba que se conocían desde toda la vida, hechos el uno para el otro.

El argentino se lavaba los dientes cuando sonó el teléfono.

—Atendé Andy por favor, seguro que es mi hermana desde Argentina —le pidió con la boca llena de espuma.

—Si es ella, apurate dice que es urgente.

Se secó los labios y colgó la toalla, ubicó el desodorante a bolita y se dio apenas un toque sobre las axilas.

—Seguro que el dinero no les llegó de nuevo. No sé qué carajo pasa con estos de Western Union —se quejó el joven mientras cerraba la puerta del baño—. El mes pasado la transferencia duró una semana.

—Dio unos pasos y agarró el aparato que el caribeño le acercaba.

—Hola Leti, besote. ¿Qué pasa ahora che? —preguntó resignado.

—Tranquilo hermanito… respira hondo y no te vuelvas loco. Por favor sentate — dijo nerviosa la muchacha.

—¿Qué… que pasó? —tartamudeó Lucas, comprendiendo al instante la importancia de lo ocurrido. Algo mucho más grave que un simple giro de plata.

—Es… es la vieja Luqui, le dio un ataque cardiaco —exclamó sin lograr contener el llanto.

—Pero… ¿está bien ahora, dónde se encuentra, con quién, qué dicen los médicos? —el elegido ametralló a su Leticia con preguntas preñadas de angustia.

—No pudimos hacer nada hermanito, murió esta madrugada, media hora después de entrar al hospital. ¡Pobre viejita, sufrió tanto en su vida! Creo que el corazón no le resistió la emoción de pensar que tu llegada estaba tan próxima.

Lucas se desmoronó cayendo de rodillas mientras soltaba el teléfono con violencia. Los ojos vidriosos, el rostro de un colorado intenso, la boca abierta en desolada expresión. Levantó las manos como intentando sostener un cielo que se le desplomaba arriba y con voz ronca y quebrada descargó toneladas de ira contra su creador.

—¡Mamita, mamita querida, no me dejes por favor! ¿Por qué mierda? ¡Ya no puedo seguir más así! ¿Por qué te ensañaste conmigo desgraciado? ¿Por qué me transformaste en un monstruo? Nunca me permitiste ni un momento duradero de felicidad. Un poquito de paz aunque más no fuera. Ni el mismo diablo podría haber inventado semejante martirio. Te odio… te odio reverendísimo hijo de una mil puta —repetía el muchacho al momento de desplomarse en la alfombra hecho un ovillo llorando desconsoladamente.

Diez minutos después, Andrés lo ayudó a tirarse sobre el sofá y le ofreció un te de manzanilla. Lucas ni lo toco, siguió gimiendo como un animal malherido hasta que la luna subió por el cielo miamense. Se detuvo cuando ya ni una gota pudo derramar. Cuando comprendió que tenía hasta el alma seca. Se preguntó si tendrían alma los mercp y entonces comenzó a esbozar su venganza... continuará

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