12/7/16

Asesino Serial del Año. Capítulo décimo




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                                                          Eugène, el haitiano
                                                                        I

            Eugène Toussant era haitiano y vivía, desde fines de los ochenta, en Naples, una pequeña ciudad situada a dos horas y media de viaje, al noroeste de Miami. Se ganó el raro privilegio de ser la víctima número treinta y tres del asesino de los golpeadores.Lucas supo de su existencia a través de las historias relatadas por Hugo, un compañero lavaplatos del Delano, quien había vivido varios meses en la casa de Toussant. Así fue que se enteró del calvario por el que transitaban la esposa y sus cinco hijos.
 

            Los tiene sometidos a un régimen de terror inenarrable —le dijo con tristeza el muchacho negro, un día en que el elegido esperaba que terminara de lavar un par de bandejas.
 

           Al joven Agüero ya todo le daba igual, Toussant no le movía ni un pelo. Toda su concentración estaba orientada al logro de un solo objetivo, la venganza. Le iba a demostrar a su Dios humano, cuán feo se equivocaba al creer que podría enriquecerse con su sufrimiento.

6/7/16

ASESINO SERIAL DEL AÑO . Capítulo noveno


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La venganza



               I
                                                         
          Sabía que sus pensamientos no podían ser monitoreados. Se lo dijo bien claro el creador el día del encuentro en la cafetería.

         —Elabora tus planes mentalmente muchacho —le recalcó el cretino. — Ni los jueces, ni siquiera yo, podremos saber nunca lo que estás pensando. Sólo tendrás intimidad en tu mente. Ese es tu templo inviolable.
 

        En base a esto y con el dolor y la rabia saturándole las terminales nerviosas, Lucas empezó a planear la dulce venganza. Tenía claro que sólo una cosa podría realizar para perjudicar a Morgandus…hacerle perder el concurso de mundigramas. Así y todo quería llevarlo hasta el último instante. Incentivar su esperanza al punto de que se creyese ganador y allí, en el movimiento postrero de sus veintitrés años de marcp, asestarle el golpe final que lo devastara.



No concebía el poder odiar tanto como en esas horas previas al final. El fallecimiento de su madre potenció el asco y la indignación hacia la persona que lucía gozar con su sufrimiento. Trató de disimular el vendaval de emociones que lo desestabilizaban. No era para nada conveniente que el cretino vislumbrase su estado de ánimo.