12/7/16

Asesino Serial del Año. Capítulo décimo




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                                                          Eugène, el haitiano
                                                                        I

            Eugène Toussant era haitiano y vivía, desde fines de los ochenta, en Naples, una pequeña ciudad situada a dos horas y media de viaje, al noroeste de Miami. Se ganó el raro privilegio de ser la víctima número treinta y tres del asesino de los golpeadores.Lucas supo de su existencia a través de las historias relatadas por Hugo, un compañero lavaplatos del Delano, quien había vivido varios meses en la casa de Toussant. Así fue que se enteró del calvario por el que transitaban la esposa y sus cinco hijos.
 

            Los tiene sometidos a un régimen de terror inenarrable —le dijo con tristeza el muchacho negro, un día en que el elegido esperaba que terminara de lavar un par de bandejas.
 

           Al joven Agüero ya todo le daba igual, Toussant no le movía ni un pelo. Toda su concentración estaba orientada al logro de un solo objetivo, la venganza. Le iba a demostrar a su Dios humano, cuán feo se equivocaba al creer que podría enriquecerse con su sufrimiento.



Antes de sacar el vehículo del garaje público, Lucas se cercioró de que no hubiese combis disfrazadas por las inmediaciones, tampoco distinguió policías encubiertos, tenía un olfato especial para distinguirlos. Parecía que al fin lo dejaban un poco tranquilo, no quería arriesgarse a que los uniformados arruinasen sus planes. La noticia de que Avalón había sido retirado del caso y jubilado y la ausencia de citaciones a interrogatorios le daba a pensar que ya no formaba parte de la lista de sospechosos. Un poco más confiado, revisó el filo del cuchillo y lo guardó junto a la luger bajo el asiento del auto.
 

Serían las 15:30 del último día del mundo capsular de Kassel Morgandus, cuando Lucas Agüero agarró Alton Road y por la 41 entró a la interestatal. Bajó por la 119 buscando la I 75 y por primera vez la trompa de su Toyota Célica apuntó decididamente hacia Naples.
                              
 Avalón le dijo a su esposa que tenía que arreglar unos papeles relativos a su retiro en Talahasse y que se ausentaría por una semana. Alquiló un cuarto a seis cuadras del departamento de Lucas y comenzó una disimulada vigilancia. Intervino el celular del muchacho y le puso un localizador bajo el auto. Por eso cuando el auto negro abandonó los límites del condado de Miami, un convertible rojo lo seguía a pocos kilómetros de distancia.

 Morgandus entró a los tropezones a su dormitorio, buscando con desesperación el comunicador aireal. Respiró hondo y sintió una especie de pellizco interno en su pecho. Entrecortadamente le dijo a Isaías Malcom:
 —Vente ya y deja lo que estás haciendo, si no quieres perderte, en directo, cómo nuestro Lucas rompe el récord de Julius Cromo.
                 
                                                              II

El barrio que buscaba Lucas quedaba en Golden River, a pocos metros de la marina de Naples. Rodeado por grandes gomeros y un compacto cerco de ficus de más de dos metros, poseía sólo una entrada y era custodiada por dos empleados acomodados en una pequeña caseta. En el centro de unas veinte casas se veía un piscina ovalada y más atrás un gimnasio con grandes ventanales.El elegido detuvo el auto frente al control. Adentro de la casilla, dos cubanos discutían acaloradamente sobre el futuro de Fidel Castro. El reloj apoyado arriba de un monitor marcaba las 17:38. Lucas rogó porque el haitiano se encontrase solo.
 

—Trabaja únicamente de mañana —le había comentado Hugo — y en las tardes, como su mujer y los hijos vuelven recién a las siete, a veces aprovecha para llevarse prostitutas a la casa.
 

Tocó la bocina para llamar la atención de los isleños que parecían estar a punto de agarrarse a los golpes.
 

—Número 653, Eugène Toussant, por favor —dijo el joven, entregándole la identificación a uno de los guardias. —Dígale que vengo de parte de Hugo Duveau y que le traigo un recado muy importante.
 

—Adelante señor, al fondo a la izquierda, la segunda casa. ¡Que pase un buen día! —le deseó un minuto después el otro caribeño.
                             
 Fredy Avalón observó en su g.p.s que el vehículo de Agüero se había detenido y aceleró. Estaba a cinco minutos de distancia y el instinto le indicaba que el muchacho iba por la nueva presa. Sobó la nueve milímetros que cargaba bajo el sobaco izquierdo y se prometió no fallar esta vez. No le importaba si lo capturaba vivo o muerto. Alguien debería pagar la humillación y el menosprecio sufrido en los días pasados. Su carrera, su vida, estaban arruinadas y el bastardo aquél seguía matando como si nada.
 

—Si no puedo llevarte esposado, te meteré un tiro entre ceja y ceja Lucas Agüero —murmuró ofuscado el frustrado anciano, y bajó la ventanilla para mostrarle la credencial, que aún no había devuelto, a los empleados de seguridad.
 

En ese preciso instante, el marcp principal, golpeaba a la puerta de Eugène Toussant.
 

—Algo extraño está sucediendo aquí —exclamó el ingeniero, sentándose expectante en el borde del sillón. Sus ojos fijos en los hologramas, que en el centro del andaraje, recreaban a Lucas hablando con los guardias del barrio de Golden River.
 

— ¿Por qué? —preguntó Kassel nervioso y confundido.
 

—Cómo por qué. No te das acaso cuenta que realiza todo sin tomar ningún tipo de precaución. Éste no es el Lucas que conocemos. Es como si después del crimen se fuese a entregar. Está metiéndose en un callejón sin salida, para colmo lo tiene a Avalón atrás —dijo Isaías Malcom consternado.
 

—Si se escapa de ésta podríamos darle aunque sea unos días más como recompensa. ¡Por favor Isaías! Es demasiado inteligente, estoy seguro de que gastará el dinero con mesura, disimuladamente —dijo Morgandus tímidamente, como si no hubiese escuchado las deducciones de su amigo.
 

—Kessy, ¿estás loco o eres estúpido? —lo insultó el científico. Su rostro se puso violeta y cerró los puños con fuerza tratando de contener su rabia. Es que lo sacaba de sus casillas ese amor irracional por el maldito marcp. Unos momentos después, un poco más calmado, lo miró con tristeza y dijo: —Pase lo que pase, yo mismo me encargaré de desconectar este juguete diabólico antas de que llegue la noche. Se acabó, esto te está haciendo mucho daño Kessy, estás perdiendo tu sano juicio. No pienso arriesgarme, ni arriesgarte. ¿Me oyes?
 

El rubio no lo escuchaba, sus sentidos estaban con su Lucas, cien por ciento. Más ahora que el muchacho se aproximaba a tocar la puerta de su próxima víctima. La tensión y el desasosiego dominaban el cuerpo de Morgandus. Su frente empapada de sudor, sus manos agarrotadas sobre el control del proyector, la reparación agitada.
 

— ¡Tranquilo Kessy, te va a dar un ataque cardíaco, serénate por favor! ¡Mi Dios qué enfermo que estás! —dijo Isaías profundamente preocupado.

                                                             III

Un estampido seco alteró el vecindario. Los cuervos que buscaban acomodarse en un enorme tamarindo, volaron despavoridos. Avalón salió disparado hacia la vivienda que le señalaba uno de los guardias de la entrada. En el trayecto llamó al 911 informando de lo sucedido. No salía de la extrañeza por la rápida acción de Lucas y por el tiro. Únicamente una vez, según la documentación que había estudiado exhaustivamente, el asesino de los golpeadores utilizó un revólver. Dos años atrás, una de sus víctimas intentó escapar y la ultimó de un balazo.
Al llegar al jardín de la casa, se pegó al muro lateral y avanzó de espaldas lentamente. Lo tenía intrigado, lo mismo que a Isaías Malcom, la falta de precaución del joven.
 

—Ni siquiera usó un silenciador —pensó preocupado mientras se acercaba cauteloso a la ventana.
 

El ex policía no daba crédito a lo que veía. El hombre tirado sobre la mesita ratona, había quebrado el vidrio que la cubría y las dos patas delanteras. Estaba encajado de costado y un profundo tajo le partía en dos el antebrazo derecho. La mano chapoteaba, espasmódicamente, en un charco de sangre.
 Cuando segundos después el teniente entró, acercándose con cautela al malogrado cuerpo, aún no tenía idea de lo que podría haber sucedido. Sintió los sollozos de alguien en el cuarto contiguo y en aquel instante, por primera vez, distinguió el rostro del caído.
 

Al sacar Lucas la luger, tras cerciorarse que Toussant se encontraba solo, el científico lanzó un alarido de júbilo y palmeó con ganas la espalda de Morgandus.
 

— ¡Estás a punto de coronarte campeón, mi viejo Kessy querido! ¡Felicitaciones!
 El rubio no pronunció una palabra, ni siquiera pestañó. Contaba angustiado los metros que separaban al elegido de Fredy Avalón.
 

— ¡Escápate muchacho, no dejés que te atrape! No importa el premio. ¡Huí, por favor! Si te salvás, te dejaré vivir hasta el final, ya nada me importa. Nunca te traicionaré, hijo del alma —dijo en un lamento ininteligible.
 

Tres eternos minutos transcurrieron tras la detonación. En el andaraje todo era quietud, sólo el zumbido del sistema holográfico amortiguaba el silencio. Isaías observó apenado a su compañero y le pidió en voz baja y pausada:
 

—Todo terminó amigo, desconectá de una buena vez esa mierda.
 
La cara de desesperación y abatimiento de Morgandus asustó al ingeniero. Unos ojos vidriosos y un fuerte castañeteo de dientes le indicaron que estaba en estado de shock. Se levantó y con pasos seguros avanzó hacia el mundo capsular, entonces sin dudarlo, movió el interruptor… continuará

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