14/1/16

ASESINO SERIAL DEL AÑO - Capítulo dos

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                             El inspector Avalón

                                           I

El detective de homicidios Fredy Avalón se tragó el insulto para no despertar a su esposa. Manoteó el celular que vibraba sobre la mesita de luz y observó con aburrimiento el caller id.

—¿Qué coño quiere Rodriguez? —susurró sin importarle que pudiese tratase de una emergencia.

—Buenas noches señor, disculpe la hora, pero hubo otro crimen en South Beach y podría encuadrarse dentro del caso que viene siguiendo.

—¿Dónde fue? —preguntó sintiendo que un chorro de adrenalina terminaba de despertarlo.

—En el ally entre Meridian y Jefferson, a unos veinte metros de la ocho. Si no le importa, el capitán me mandó a ponerme a su disposición para ayudarlo en lo que sea —dijo con temor, sabiendo que al viejo le gustaba trabajar solo, que le enervaba la presencia de un novato preguntón a sus espaldas.

Después de un gruñido de disgusto y no dispuesto a tener otro encontronazo con su jefe, Fredy acotó: —Esta bien, si no me queda otra, pero limítate a hablar solamente cuando vas a aportar algo interesante y no toques nada sin mi autorización, ¿okey?

Avalón se arrepintió al segundo de haberle hablado tan duro al muchacho. De última no le caía mal. Era silencioso y educado. Carraspeó fuerte como buscando sacarse toda la amargura con la que había amanecido.

—Muchas gracias teniente, ¿le parece bien que nos encontremos en la estación a las siete y media?

Avalón cortó sin contestarle. No estaba enojado con Rodríguez, sino con el inoportuno homicida que había arruinado su día libre. Solo imploraba que se tratase una vez más de él.

1/1/16

ASESINO SERIAL DEL AÑO - Capítulo Uno

                       
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                                                             Lucas

                                                                   I

¿Cuántas cervezas habría tomado esa noche? Tony Camacho perdió la cuenta tras las primeras doce. Con suerte recordaba la hora aproximada en la que ingresó al pool bar de la calle doce. Las 10:30 de la noche.

            Jugó unos cuantos partidos con gente que ni siquiera conocía y cuando el alcohol comenzó a ridiculizar sus movimientos, se derrumbó sobre el sillón más cercano a la barra. Comió solamente un puñado de maníes servidos con la primer bebida. Le supieron amargos y la piel de uno de ellos se le quedó atascada en la garganta obligándolo a un constante carraspear. Alrededor de la medianoche, cuando el humo de los cigarros espesaba el ambiente, perdió toda posibilidad de medir el tiempo. A las 3:35, el bar comenzó a despoblarse. El bartender colombiano y el moreno que venía a limpiar el local lo sacaron arrastrándolo de los brazos. Con muy poca delicadeza lo tiraron en la vereda.

            Se incorporó con dificultad, enfilando para el lado de Meridian Avenue. Eligió ese rumbo solo porque el derecho fue el primer pie que movió. No tenía ni remota idea de donde estaba su casa, ni tampoco le importaba. Había comenzado a garuar cuando dobló por una de las oscuras callejuelas intermedias donde circulan los camiones recolectores de basura. Los ojos casi cerrados y dos hilos de baba colgándole de las comisuras de sus labios. Serpenteaba de vereda a vereda, sosteniéndose en cada tacho de basura y tomando impulso para avanzar unos metros más.

La noche discurría oscura y fría, si es que puede llamársele así al anodino clima del sur de la Florida. La luna llena, resignada, era asfixiada por una cortina de grises nubarrones. Algún que otro rayo centelleaba a lo lejos.

            Cruzó la nueve partido en dos, con la frente a la altura de su cintura. Un perro lampiño, por lo sarnoso, que dormitaba a la orilla de un televisor abandonado, lo hizo tropezar. Cayó de cabeza entre unas cajas de cartón repletas de trapos viejos y ya en el suelo expulsó cuatro cervezas de una sola bocanada. Despatarrado sobre el asfalto, Tony Camacho comenzó a llorisquear como un bebé, suplicando perdón a un Dios imperturbable que nunca le había prestado la más mínima atención.