Walter Gerardo Greulach
El celeste contiene al turquesa y lo arrincona contra el gris claro. Cielo, mar y arena arrullados por una húmeda brisa que baja desde el noreste y que alivia apenas el ardor de mi cara. Recostado contra la caseta de franjas blancas y negras verticales, como una manzana mientras me repongo de un sábado infernal, por lo caluroso. En algún lugar alguien fuma un porro y el empalagoso olor de la cannabis opaca al del yodo y la sal. Ha pasado un cuarto de las siete e intento juntar coraje para acometer la ardua tarea que me espera, guardar noventa reposeras con sus colchones y cuarenta sombrillas. Faena que se me hace más pesada aun, teniendo en cuenta que Andy, mi colega barilochense, ha llamado enfermo. Pienso en Mike, que está por llegar y podrá ayudarme por un puñado de verdes, como lo ha hecho en los pasados cinco años. Aunque hoy existe un problema, hoy por primera vez conozco la verdadera identidad de Peter Michael Serbello.
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5/6/11
3/2/11
Motivación
Walter G Greulach
Sucedió al filo de la navidad, cuando recién comenzaba a trabajar como beach attendant en el National Hotel tras dos años sabáticos. Gracias al apoyo financiero de Daniela, mi esposa, terminaba de publicar “El guionista de Dios…¿o del Diablo?”, mi primera obra. Por veintitrés meses la paranaense había sido el único sustento de nuestro hogar. Tiempo que me llevó escoger y pulir los catorce cuentos de aquel desvirgue literario.
Llegó pateando arena desde el sur. Enfundado en una bermuda roja con bolsillos amarillos, unas ojotas verde amarelo con el escudito de Brasil y una camisa hawaiana negra con rosado. Traía un bolso con la cinta de vuelo aun en la manija y tarareaba I feel good de James Brown. El pequeño gorro de lana no alcanzaba a ocultar una desgreñada melena rubia. Pisaría los cincuenta, las canas punteaban en una barba rala que suavizaba las arrugas de un rostro curtido por el sol.
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MEMORIAS DE UNA CASETA DE PLAYA
23/1/11
LA INSOPORTABLE IMBECILIDAD DEL SER
W.G.G
Tras algunos días de lluvia y viento, enero nos ofrendaba la posibilidad de hacer algún dinerillo. Teníamos ochenta y un grados Fahrenheit ese viernes y recién el martes, según los gurúes de la tele, unos chaparrones dispersos volverían las cosas a su lugar. En alta temporada, sobre todo en los últimos años, la inestabilidad climática en el sur floridano había sido una constante.
El mar calmo y de aguas turquesas, en conjunción con un cielo de un celeste casi dañino, invitaba a caminar por la playa. Las setenta y pico reposeras no tardarían en llenarse. Mientras tanto, junto a Andy y Jairo, disfrutábamos un partido de futbol canasto. Una nueva modalidad de entretenimiento de la cual abusábamos, más que nada, durante las jornadas de mal tiempo.
Acababa de levantar una pelota con el pie, clavándola en el tacho de la basura desde la zona de tres puntos, cuando el envidioso aplauso de mis rivales se apagó. No era para menos, sobre el horizonte, mitad arena, mitad océano, se recortaba la figura de la insufrible.
Tras algunos días de lluvia y viento, enero nos ofrendaba la posibilidad de hacer algún dinerillo. Teníamos ochenta y un grados Fahrenheit ese viernes y recién el martes, según los gurúes de la tele, unos chaparrones dispersos volverían las cosas a su lugar. En alta temporada, sobre todo en los últimos años, la inestabilidad climática en el sur floridano había sido una constante.
El mar calmo y de aguas turquesas, en conjunción con un cielo de un celeste casi dañino, invitaba a caminar por la playa. Las setenta y pico reposeras no tardarían en llenarse. Mientras tanto, junto a Andy y Jairo, disfrutábamos un partido de futbol canasto. Una nueva modalidad de entretenimiento de la cual abusábamos, más que nada, durante las jornadas de mal tiempo.
Acababa de levantar una pelota con el pie, clavándola en el tacho de la basura desde la zona de tres puntos, cuando el envidioso aplauso de mis rivales se apagó. No era para menos, sobre el horizonte, mitad arena, mitad océano, se recortaba la figura de la insufrible.
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10/8/09
CON GERALD, A LA SOMBRA DE UN STARBUCKS
W.G.G
El pronóstico para aquella jornada de agosto era que, por tercer día consecutivo, se levantaría el mercurio por arriba de los cien grados Fahrenheit. Miami se iba transformando en el infierno tan temido, la humedad desfiguraba rostros, transparentando estados de ánimo.
Mientras me acercaba por Meridian, buscando el Starbucks de la esquina con Lincoln Road, miraba ansioso el cielo, anhelando una nube gris que presagiara la divina tormenta.
Gerald Thomas me había avisado que llegaría el sábado por la tarde y quedamos de encontrarnos en el café, el martes alrededor de las diez de la mañana. Por la peatonal circulaba poca gente. A media cuadra del negocio, casi soy atropellado por un curioso individuo que llevaba en el manubrio de su bicicleta un enorme y bien cuidado gallo blanco, de cresta alta y roja. “South Beach” pensé divertido, aquí podes encontrarte cualquier cosa. Levanté la vista del gallo móvil que se alejaba y me encontré la figura del maestro Gerald, hundida en una silla como escondida del resto de la gente.
Se levantó con energía y me dio un fuerte abrazo. Me pareció más bajo que la última vez y noté que por su rostro surcaba una profunda tristeza.
—¿Como está mr. Thomas? —le dije estrechando su huesuda mano.
—No muy bien querido —me contestó con un leve temblor en la voz.
Ordené un expreso en la barra, con una torta de blueberry (mi favorita). Gerald ya estaba tomando un café late. La colombiana del mostrador me regaló un cappuccino con mucha crema y salsa de cranberry arriba. Lo había hecho equivocadamente y no quería que el jefe lo viera. Volví cargado a la mesa y el anglo brasilero me miró sorprendido.
—¿Te vas a tomar todo eso querido? Mucha azúcar no es bueno para la salud —me recriminó.
Asegurándome de que la empleada no me miraba, tiré la apetitosa bebida al basurero y me quedé solo con el cafecito y el dulce. Le pregunté a mi amigo la causa de su tristeza, aunque sabía que el laureado director siempre tendría una causa para su romántica melancolía.
El pronóstico para aquella jornada de agosto era que, por tercer día consecutivo, se levantaría el mercurio por arriba de los cien grados Fahrenheit. Miami se iba transformando en el infierno tan temido, la humedad desfiguraba rostros, transparentando estados de ánimo.
Mientras me acercaba por Meridian, buscando el Starbucks de la esquina con Lincoln Road, miraba ansioso el cielo, anhelando una nube gris que presagiara la divina tormenta.
Gerald Thomas me había avisado que llegaría el sábado por la tarde y quedamos de encontrarnos en el café, el martes alrededor de las diez de la mañana. Por la peatonal circulaba poca gente. A media cuadra del negocio, casi soy atropellado por un curioso individuo que llevaba en el manubrio de su bicicleta un enorme y bien cuidado gallo blanco, de cresta alta y roja. “South Beach” pensé divertido, aquí podes encontrarte cualquier cosa. Levanté la vista del gallo móvil que se alejaba y me encontré la figura del maestro Gerald, hundida en una silla como escondida del resto de la gente.
Se levantó con energía y me dio un fuerte abrazo. Me pareció más bajo que la última vez y noté que por su rostro surcaba una profunda tristeza.
—¿Como está mr. Thomas? —le dije estrechando su huesuda mano.
—No muy bien querido —me contestó con un leve temblor en la voz.
Ordené un expreso en la barra, con una torta de blueberry (mi favorita). Gerald ya estaba tomando un café late. La colombiana del mostrador me regaló un cappuccino con mucha crema y salsa de cranberry arriba. Lo había hecho equivocadamente y no quería que el jefe lo viera. Volví cargado a la mesa y el anglo brasilero me miró sorprendido.
—¿Te vas a tomar todo eso querido? Mucha azúcar no es bueno para la salud —me recriminó.
Asegurándome de que la empleada no me miraba, tiré la apetitosa bebida al basurero y me quedé solo con el cafecito y el dulce. Le pregunté a mi amigo la causa de su tristeza, aunque sabía que el laureado director siempre tendría una causa para su romántica melancolía.
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5/5/09
HARTOS DEL PARAISO
Dibujo de Leo Noboa
Una isla paradisíaca, de treinta por quince kilómetros de extensión, bordeada por el mar caribe. Cientos de palmeras repletas de jugosos cocos, una extensa playa de fina arena blanca y el agua de un turquesa inimaginable. Uno de los diez mejores destinos turísticos en el mundo...ah, me olvidaba comentarles la linda y constante brisa casi huracanada.
El flacuchento hombre, en lucha desigual contra la naturaleza, trataba de abrir la sombrilla y el viento impiadoso se la cerraba una y otra vez. Para colmo de calamidades, acababa de pegarle un palazo en el tobillo al turista alemán que, impaciente, esperaba a su lado. Al fin, después de mas de cinco minutos, clavó con fuerza la estaca y en un esfuerzo sobrehumano, abrió el parasol blanco y negro que rugió furioso sacudido por la ventisca. Lanzó un grito al aire, no de triunfo, sino de dolor, pues se había pellizcado la mano con el mecanismo que cerraba la sombrilla.
—¡Mierda con el viento puto! —insultó, sintiendo como dos lagrimones se deslizaban por sus mejillas.—¡A quien carajo se le puede ocurrir acercarse al mar en un día como este! —agregó, sin importarle que el germano pudiese entender algo de español. Se alejó pateando el suelo con rabia, mientras pestañeaba repetidamente, intentando sacarse la arena que arañaba sus ojos.
Un pelícano gordo y viejo pegó un inusual aullido que al humillado ser le sonó a carcajada. Aquella tarde de junio, solo los windsurfers parecían estar felices.
Marco, desde la caseta, observó divertido como el veterano acomoda-reposeras se acercaba, profiriendo un variado repertorio de insultos. Sin poder contener la risa le dijo:
—Rebelde la sombrilla, licenciado, ¿no?
Oscar ignoró el comentario y arrojó con fuerza, dentro de una bolsa negra, tres toallas y dos cobertores que había recogido de pasada.
—¡Cansado, harto, podrido es lo que estoy! —protestó mientras apoyaba la mano en la esquina de la pequeña cabaña para tomar aliento.
—Pensá en positivo, haces ejercicio, estas en un lugar hermosísimo y la linda brisa impide que el sol asesino te calcine en unos pocos minutos y todavia te pagan…
Oscar esbozó una sonrisa pero al instante se puso serio nuevamente.
—No, en serio Marco, tenemos que idear algo para escaparnos de esta vida miserable.
Marco lo miró con aburrimiento. ¡Tantas veces en estos últimos ocho años había escuchado y pronunciado frases similares! Eran expresiones de deseo que nunca pasaban de eso.
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6/3/09
El ocaso en que descubrí a un tal Gerald.
Con admiración y respeto, dedicado al maestro Gerald Thomas
El sol amenazaba con dejarnos en tinieblas, mientras la tarde, impávida, se esforzaba muy poco por evitarlo. Tres o cuatro turistas, tirados panza arriba, se empecinaban en disfrutar de los raquíticos haces de luz en la playa floridana.Aquel jueves de febrero me encontraba al final de la rutinaria tarea de acomoda- reposeras en la playa del National. Metía toallas y cobertores sucios en una bolsa negra, al tiempo que repasaba mentalmente los rótulos que se me habían ido adosando a lo largo de mis cuarenta y pico de infructiferos años. Hijo en Mendoza, estudiante en Córdoba, locutor en Entre Ríos, cocinero en Aruba, mozo en Miami y ahora también “beach attendant”. No muy prometedor para alguien que a los diecisiete años se pensaba el sucesor de Borges o al menos un pichón de Cortazar.
Mi colega Jairo, el chapín, me miró con desgano, señalándome la salida del hotel.
—Atiéndalo usted Walter —me dijo con fingido respeto, a la vez que agarraba una sombrilla tirada en la arena, simulando encontrarse muy ocupado.
—Semejante amabilidad me confunde —pensé divertido. Mi compañero solo hacia esto cuando tenía catalogado al huésped de turno como mal tipeador. Luego me contaría que ya lo había atendido otras veces y nunca recibió mas de cinco dólares.
Cerré con fuerza la bolsa y le salí al encuentro. Mediría unos pocos centímetros más que yo, de cincuenta y tantos años, tez blanca, pelo negrísimo y nariz prominente. Surcó por mi cabeza la idea de que me encontraba en presencia de alguien famoso y rico, un excéntrico personaje de esos que bajan del norte. Desbordaba personalidad. Un tipo con aura dominante, como dicen por ahí.
—¿Puedo ayudarlo señor, se hospeda usted en el National Hotel? —pregunté, con la misma cantaleta repetida mas de mil veces.
Me contestó que se estaba quedando en el cuarto 706 y su nombre era Gerald Thomas. Pese a su blancura casi espectral, descarté que se tratase del director británico de cine fallecido varias décadas atrás.
—Solo quiero que me cuide un rato estas cosas, mientras me pego un baño en el mar —agregó cortésmente, dándome una envoltorio de plástico con ropa y un par de lentes. Un billete de veinte dólares me ayudó a hacer la tarea más placentera.
Estaba un poco fresco, salíamos de un frente frío que bajó los termómetros a treinta y pico, por eso me extraño la naturalidad con la que mr.Thomas se zambulló en el océano.
Unos quince minutos más tarde regresó por sus pertenencias. Le agradecí con un aporreado ingles que denunciaba mi no pertenencia a estas tierras. Me interrogó de donde venia y al contestarle Argentina se le iluminaron los oscuros ojos.
—Ahh, Buenos Aires —exclamó en un español aportuguesado— una de las ciudades mas bellas del mundo. La mixtura justa entre la modernidad europea y el pintoresquismo sudamericano.
Sacudió con la mano unas gotas que pendían de su cabello, se colocó los lentes y agregó :—Hace pocos meses estuve allá, dando unos talleres de teatro en el San Martín. También voy regularmente a Córdoba, al festival internacional.
—¿Es usted un actor de teatro? —pregunté entre curioso y avergonzado por no poder aun reconocerlo.
—Director de teatro —acotó y volviendo al tema de la ciudad porteña que lo tenía fascinado, agregó :—Cuna de Borges y Cortazar, dos geniales escritores que ha dado la lengua española.Catalogó al famoso ginebrino como el más universal de los autores modernos y resaltó el compromiso social y la consecuencia de Julio, a quien dijo haber conocido poco antes de su muerte.
A esa altura yo estaba embobado, me pellizqué disimuladamente para saber si no soñaba. Me encontraba frente a un intelectual de primerísimo nivel y hablando de mis dos mas grandes amores. Luego le tocó el turno a “Rayuela” y el sismo que provocó en la aburguesada literatura de aquel entonces. “Casa tomada” era para él el mejor cuento del franco-argentino, para mi: “La noche boca arriba“. Del genio ciego elogiamos “Borges y yo”, cuento sobre el cual había realizado un cortometraje.
Luego le conté de mi pasión temprana por el teatro, allá en los ochenta, en tierras cordobesas y como la cruda vida me alejó de la mas autentica expresión artística del ser humano.
Cuando las sombras amenazaban la vieja casucha de madera, agarró su bolsita marrón y se despidió. Un grupo de alborotadas gaviotas, cuervos y palomas, habían armado un zafarrancho por un puñado de papas fritas que algún gracioso desparramó en la arena. Nos alejamos unos pasos del bullicio y aproveché para comentarle sobre mi libro de cuentos “El guionista de Dios…¿o del Diablo?”, que desde hacia unos días había salido humildemente al mercado.
—¿Bose escribió un libro? —preguntó sorprendido— me gustaría leerlo.
—Mañana sin falta se lo traigo, será un honor para mí. —exclamé sinceramente.
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