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20/9/14

LA LUNA FAVORITA DE LOS LOBOS


La luna favorita de los lobos
W.G.G
Tras las montañas, pispiaba la luna favorita de los lobos. El viento se entretenía enredándose entre álamos y sauces llorones. Remataba la curiosa melodía, el rumor del agua al rozar los peñascos y el tintineo casi imperceptible de las hojas.

A unos treinta metros del arroyo, un conjunto de tres carpas se distribuía en uno de los pocos espacios donde no existían árboles. El bullicio que rodeó a la cena, con posterior mateada, había dado paso a una reposada charla, interrumpida por largos silencios y el  canto de un par de lechuzas. El círculo de ocho adolescentes rodeaba el fogón, donde se tiznaba una pava casi sin agua.

—En el restaurante del camping encontré un folleto con una leyenda sobre un cementerio indio que está aquí cerca, —dije como al descuido, intentando reavivar una charla ya muerta desde hacía rato.

—Ahá, —murmuró Gustavo, alzando a la mitad un parpado para mirarme con desgano.

—Siempre me fascinó contar historias de terror y más en ambientes como el de aquella noche, pero mi adormilada audiencia estaba más por entrar a roncar a las carpas que por escuchar al pesado mocha hablando huevadas.

—Dice que cuando, a la medianoche, la luna alumbra las tumbas, las almas de los indios comienzan a vagar por la zona matando a los hombres blancos que encuentran a su paso. Buscan desquitarse de aquellos que los exterminaron siglos atrás.

17/9/12

El aventón


 
 

 
 W.G.G




Aquella alborada de agosto me tomó desprevenido, estaba más fría y oscura de lo que hubiese imaginado. El día anterior el termómetro había llegado a pisar los veintisiete grados y la tardecita terminó siendo bastante agradable. Los charcos sobre la propulsores alvearenses, regalo de una copiosa lluvia nocturna, lucían congelados y la primera bocanada de vapor me hizo recular en búsqueda del abrigo apropiado. Mi hermana amenizaba un concierto de ronquidos tras una trasnochada en Kuka y mi abuela había salido bien temprano a ayudar a una amiga que se mudaba a nuestro barrio, o algo así.

Aquí (valga el paréntesis para la acotación) debo hurgar entre mis recuerdos para darle un anclaje creíble al relato. Han transcurrido treinta y tres años y no es sencillo reconstruir lo acaecido, mas allá que la esencia de ello quedó firmada a fuego en mi memoria.

Era gélida la jornada, lo deduzco porque fue entonces que perdí una gruesa campera inflable, regalo de mi tía Hilda, que solo usaba cuando pelaba el frio. También lo de la Chola ausente es dato fidedigno, aunque no su destino. El café con leche con tostadas y dulce casero esperándome en la mesa del comedor, me hicieron percatar que ya era demasiado tarde para manguearle unos pesos para el colectivo y la comida. Podría haber despertado a Sigrid, lo más probable era que además de ligarme una ristra de insultos, mi hermanita mayor tampoco tuviese un centavo. No me quedaba otra que patear hasta Alvear Oeste, cruzando los dedos para que un alma benevolente me diera una cola por el camino.


13/6/12

El Hombre al que Parió el Viento





W.G.G
  



            El viento chiflaba entre las copas de los aguarigay que rodeaban el gallinero. Acompañaba su melodía, el retintinear de las hojas recién nacidas, alegres por la proximidad de la primavera y el susurro de las cortaderas que abanicaban al rio. Un torrente de aguas danzarinas desbordaba la acequia llevándose la basura que tapizaba el fondo. Había turno de riego ese amanecer en la  finca de San Pedro del Atuél, transcurría manso aquel  catorce de septiembre.

Una hectárea de pasto ralo por aquí, media de pimientos y tomates recién plantados por allá. Delante del humilde rancho, dos tamariscos, un durazno y un nogal. Tras los chiqueros una huertita con retoños de acelgas, papas, lechuga y zanahorias. Contra la huella, del lado derecho de la entrada,  eucaliptus, de la izquierda, membrillos intercalados con manzanos. Dos chocos somnolientos descansando al reparo de la ramada y a solo un par de metros del mala cara atado bajo un parral, unas diez  gallinas picoteando granos de maíz.

Calma envolvente, solo matizada por los rumores de la naturaleza. Tranquilidad a punto de quebrarse, por lo menos en aquella alborada en que comienza mi historia y termina la de él.


25/2/12

DE ESAS AGUAS QUE REGABAN NUESTROS SUEÑOS

     

      Walter G. Greulach

          Una cortina de algodones cenizos amenguaban al criminal sol de enero. Al resguardo de dos sauces reposábamos tras traqueteada mañana. Un puñado de teros y un trio de urracas chapoteaban en ruidosa jarana más allá de la curva. Era domingo y la ruta a Jaime estaba vacía, ocasionalmente salía un auto del club Banco y se desplazaba sobre el puente, entre el vapor de la siesta, como en cámara lenta. Todo se mueve en cámara lenta a esa hora del día. A nuestras espaldas, en la estación de servicio de los Barroso, un flaco aindiado luchaba lo indecible para acomodar un bidón con veinte litros de Kerosene sobre la parilla de su bicicleta. Desde lejos nos llegaba el ronronear de alguna que otra avioneta tratando de sortear la despareja pista del Aero Club.
Mi recuerdo no atesora rostros, solo sensaciones como: plena naturaleza, paz, libertad, compañerismo. Podrían haber estado Tito, Néstor, Carlitos, quizás Iván o Gustavo, los nombres no vienen al caso. Nos veo sentados sobre el pedregullo musgoso, con el agua a la altura del pecho, las caras coloradas, la risa a flor de labios. Seguro era domingo, aventuremos un año, 1979. Estaríamos hablando sobre bueyes perdidos y vacas voladoras.Gastábamos minutos esperando que nos bajara el asadito y el par de porrones que nos acabábamos de embuchar.

6/7/11

Un poquitín de sabor. (Quizá el más negro de mis cuentos)

 
Walter G. Greulach
Arístides Fulgencio Villanueva se sacó el barro de las suelas golpeando con fuerza los borceguíes contra el segundo escalón de la entrada, para dejarlos luego sobre una destartalada silla de paja. A su derecha, con un concierto de sofocados ladridos, Picho, Guante y Oso le brindaban una exhibición de saltos y volteretas. Se calzó las alpargatas y mientras se desarremangaba la camisa, los miró con fastidio y les dijo en voz alta: —¡Cómo hinchan las bolas ustedes, eh! Todavía no es tiempo de comer ¡A quedarse quietos pulgosos del diablo!

Traspuso el umbral, cerrando con gancho la puerta provista de una ventanita de tela mosquitera y descolgó del perchero la campera de hilo marrón, mientras miraba con esperanza las negras nubes que se aglutinaban en el horizonte. Abajo el campo se perdía infinito, diluyéndose en las sombras del anochecer.

24/11/10

MI ADORABLE DESPISTADA


A mi madre, con todo el cariño del mundo...

—Estos dos días pasados que has entrado por el fondo con el auto, nos pasaste por al lado y ni nos saludaste, —le recriminó Gerardo a Mirta aquella noche antes de comenzar la cena.

—Ni siquiera me percaté de que estaban en el maizal, —se disculpó la directora de la Rio Bamba. El esposo la observó resignado, sabía que no mentía, pues pese a que era casi imposible no darse cuenta de la presencia de los cosechadores, su proverbial despiste lo hacía todo posible.

Escuchaba entretenido la conversación de mis padres mientras saboreaba un pedazo de pan casero y me servía un vaso de tinto con soda. Era viernes, el año…setenta y siete, cursaba el primero de la ENET en Alvear y los fines de semana volvía a la finca de la Línea de los Palos en Jaime Prats.

Al otro día tempranito nos fuimos para el maizal, nos acompañaban Valerio Ríos y el mayor de sus hijos, el Ernesto. Estaba fresco y nublado, había empezado a chispear y el cielo amenazaba con una tormenta que nunca llegaría. Mi madre se hallaba en la escuela terminando unas tareas para la semana próxima.

Serian las once y treinta cuando divisamos al Peugeot 404 blanco entrando por el sendero que lindaba con la chacra del vecino. Nos llamó la atención la polvareda que lo acompañaba. Volqué el cajón lleno de mazorcas dentro del acoplado estacionado al costado de la hijuela y miré extrañado. El auto traía a la rastra unos metros de alambre de púas y unos cuantos palos que debían haber sido parte de una ex tranquera.

26/9/10

EL CUPIDO TELEQUINETICO


W.G.Greulach
             Al fondo, el perezoso astro, acolchado por nubes, se zambullía antes que de costumbre en el lecho cordillerano. Abajo, un choco flaco y sarnoso franqueaba sin prisa la avenida a la altura de Ika Renault. Al aire tañían inútilmente las campanas invitando a misa, pues los friolentos feligreses nunca abandonarían el calor de sus hogares.
La verdulería, la cerealera y la concesionaria habían cerrado temprano este día.  En la pequeña ciudad sureña el único movimiento humano percibido, parecía estar en la terminal de ómnibus (había arribado el directo de Mendoza), y en las puertas de la ENET 1, donde los enmamelucados estudiantes salían del turno de taller.
A las seis y media de la tarde, el locutor de turno de LV23, a través de un destartalado aparato de radio ubicado en una repisa sobre las bananitas Dolca, en el kiosco enfrente del colegio, anunciaba los dos grados bajo cero. Efrain Lezik miró aburrido el plomizo cielo y cerró hasta el mentón la camperita de lana que llevaba debajo del mameluco azul. Por suerte, pensó, llevaba puestas dos camisetas y los calzoncillos largos y había traído el impermeable relleno con plumas de ganso.
—Si no nieva está noche, le pasa raspando, —acotó el Kiosquero mientras acomodaba un Tony y dos Fantasías.
—Aha, —dijo el joven con desgano a la vez que, disimuladamente, buscaba con la vista a la hija del dueño del local. Aunque no le había dirigido palabra alguna, se hallaba ridículamente enamorada de ella.
—Ni el Nippur, ni El Gráfico han llegado todavía —dijo Don López sin presentir la verdadera razón de su visita.
Se demoró cuatro o cinco minutos ojeando una Mecánica Popular. Chequeaba cada tanto la puerta y la ventana que daban a la casa familiar con el corazón estrujado.
—Vuelvo mañana entonces —se despidió parcamente, sin intentar disimular la tristeza que lo embargaba.
Con la nariz goteando y las orejas doloridas por el frio, Efraín enfiló lentamente hacia su casa. Había comenzado a caer agua nieve cuando traspasó la esquina del correo. Se detuvo unos segundos y cerró los parpados con fuerza, tratando de cincelar en su mente los rasgos de la criatura que lo desquiciaba. Estático al medio de la vereda, con los músculos crispados, el joven dejo escapar dos tibios lagrimones que inauguraron el sendero para un llanto irracional.


9/9/10

DEL NOVIAZGO INTERMINABLE ENTRE EL JAPONES Y LA CHICHI

W.G.Greulach

            Llevo tiempo desenmarañando esta historia. Como en todos mis relatos basados en hechos reales, necesitaba exprimir mi memoria al máximo hasta encontrar el marco correcto que contuviese  al singular personaje que hoy les acerco.
            Nos concentraremos especialmente en las dos décadas largas que duró el noviazgo, desde principios de los sesenta hasta fines de los ochenta. El romántico escenario, un triángulo con vértices en Real del Padre, Jaime Prats y  General Alvear. El principal protagonista, mi tío Mario Tamura, un inefable y simpático japonés, especie única de play boy criollo.


23/8/10

LOS FANTASMAS DEL CINE TEATRO CASA ESPAÑA



Walter Gerardo Greulach            

           Tras doblar por la Sagrado Corazón de Jesús y cortar en diagonal la plaza principal, miré la hora en mi casio de plástico negro. Eran las veinte y cuarto de un lunes de verano del año setenta y nueve. En las palmeras que adornaban el sitio público un puñado de loros, a coro con un par de urracas, armaban una bataola infernal, aunque a mí en ese crepúsculo todo me sonaba a melodía. Bella resultaba la tardecita aquella cuando caminaba con la escases de prisa que solo puede acarrear un adolescente de quince junios, en un pequeño poblado del interior provincial. El olor de rosas y geranios endulzaba la tibia brisa y todo se barnizaba con un naranja oscuro, con esa paz poética que es capaz de disfrutar un espíritu libre y feliz.
            Presioné el timbre dos veces y me hice un paso al costado, esperando con ansiedad que alguien abriese la puerta. Rogaba que mi amigo estuviese presente. La intención era invitarlo al cine teatro Casa España. Hoy había función a tarifa rebajada y la primera película me involucraba directamente. Gustavo fue por años el compañero de butaca inseparable. Amantes fanáticos del cine, al grado de asistir, semana tras semana, a los “estrenos” de las dos salas de la ciudad. Razón vital para que si o si me acompañara esa noche especial.


18/7/10

ASESINATO EN LIBERTADOR SUR

W.G.G



            —Hágalo de la forma en que lo crea conveniente, no me interesan los detalles. El profesional es usted, solo me interesa que no sufra, un trabajo limpio y rápido. La mata y la desaparece para siempre, —dice con voz fría y pausada, y con un marcado acento puntano.
            Estoy a punto de volcar el agua en el inodoro, pero mi mano queda congelada. Debajo del lavabo y por un hueco mal tapado, se filtra la conversación de la mesa que da a esa parte del baño. Debían haber llegado poco tiempo atrás, pues al pasar por allí no divisé a nadie. Ruego que los aromas de mi forzada deposición no los pongan en alerta. Entorno la tapa, me subo la ropa con sumo cuidado y espero.

23/6/10

DE SOCIO, EL CHUPA CABRA Versión final





W.G.Greulach


A Valeriano Paredes la vida nunca le había resultado sencilla. Aparte del mal de Chagas, la mujer que lo engañaba y la manga de piedra que le tiró hasta la última fruta, debía agendarle ahora un encuentro con el chupa cabra.


Omar García, el policía de turno, ni escuchó al chacarero llegando a los tropezones por la puerta principal del destacamento de Jaime Prats. Estaba despatarrado sobre un sillón enfrente del televisor blanco y negro. No era que la película que emitía canal seis esa madrugada lo tuviese atrapado. Después de dos sándwiches de pan casero, chorizo y huevo frito, lubricados con dos vasotes de vino patero, estaba abrazado a Orfeo desde que el reloj traspasó la medianoche.


— ¡Buenas noches oficial! Perdone lo joda tan tarde, —vociferó nervioso Paredes mientras trataba de ocultar bajo el felpudo, una bosta de vaca desprendida de su alpargata izquierda. Dos broches rojos de plástico achicaban sus botamangas.

9/6/10

LA VENGANZA DE LAS ALMAS INDIAS

W.G.Greulach


Tras las montañas, pispeaba la luna favorita de los lobos. El viento chiflaba entretenido enredándose entre álamos y sauces llorones. Completaba la curiosa melodía, el rumor del agua al rozar los peñascos y el tintineo casi imperceptible de las hojas.
A unos treinta metros del arroyo, un conjunto de tres carpas se distribuía en los escasos espacios donde no existían árboles. El jubiloso bullicio que rodeó a la cena, con posterior mateada, había dado paso a una reposada charla, interrumpida por largos silencios y el molesto canto de un par de lechuzas. El círculo de ocho adolescentes rodeaba un raquítico fogón, donde se tiznaba una pava casi sin agua.

—En el restaurante del camping encontré un folleto con una curiosa leyenda sobre un cementerio indio que está aquí cerca, —dije como al descuido, intentando reavivar una charla ya muerta desde hacía rato.

—Ahá, —murmuró Gustavo, alzando a la mitad un parpado para mirarme con desgano.

—Siempre me fascinó contar historias de terror y más en ambientes como el de aquella noche, pero mi adormilada audiencia estaba más por entrar a roncar a las carpas que por escuchar al pesado del mocha hablando huevadas.

—Dice que cuando, a la medianoche, la luna alumbra las tumbas, las almas de los indios comienzan a vagar por la zona matando a los hombres blancos que encuentran a su paso. Buscan desquitarse de aquellos que los exterminaron siglos atrás.

Esperé unos segundos, ya nada podía agregar para captar su atención. El peti Almada se re enganchó. Abrió los ojos entusiasmado y después de un largo eructo, descargó el desafío.

—Son las once y media, tenemos luna llena. ¿A ver quién se anima a dar un paseíto por el dichoso lugar?

10/1/10

Realmente no estoy tan solo (¿Quién te dijo que te fuiste?)


Walter G. Greulach

A la negra y la María, las primeras "nenas" que conocí...

El sulky rojo y blanco corría rápidamente por la entalcada calle que lindaba con el hospital. La velocidad le era imprimida por dos chocos sarnosos, encariñados con las ruedas del carruaje.

Reticente a calentarnos, el sol, en complicidad con las nubes, disfrutaba el ignorarnos.
La negra manejaba al Tito, el matungo que Valerio Ríos nos solía prestar. A su lado, la María, Sigrid y yo nos amuchabamos, obligados más por el frío que por el reducido espacio.

31/10/09

COMPETIR EN LO QUE SEA...A COMO DIESE LUGAR

W.G.G

La esperanza de que unas nubes amigas entorpecieran la labor asesina del sol en esa siesta, pronto se desvaneció. El polideportivo municipal de General Alvear se asemejaba a un espejo hirviendo. Pequeños hilos de vapor, producto de un chaparrón tempranero, se elevaban por todas partes, dándole un toque dantesco al complejo público, inaugurado poco tiempo atrás.
La pileta estaba atestada de niños, era una jornada perfecta para disfrutar de los dos estanques de agua y la moderna (para aquel entonces) plataforma de cemento. Los pocos atrevidos que se encontraban en la cancha de básquet o en el campo, donde se hallaba la improvisada pista de atletismo, lo hacían obligados. Con ese insoportable calor, se disputaban algunos clasificatorios para los provinciales.

30/10/09

INMACULADA DEFENSA


Walter Greulach


Si hubo algo que identificó al negro Carmona durante su extensa trayectoria como entrenador, fue su pasión casi enfermiza por las tácticas defensivas.Profesor de educación física de varios colegios secundarios, entre ellos el mío, lo conocí a mediados de los setenta. Su color de piel acentuado por el sol, parecía más que negro, azul oscuro. De ademanes ampulosos, sonrisa amplia y labia generosa. Poseía la virtud de hacer creíble lo inverosímil, lógico lo ridículo.Relataba a quien quisiera (o no quisiera) oírlo, la historia de su bisabuelo africano, Zulú creo. Un gran guerrero que con solo un puñado de subordinados, derrotó a cientos de colonizadores europeos mucho mejor pertrechados.

17/10/09

UNA NOCHE EN JAIME PRATS




Walter Greulach

La noche recién estrenada destilaba aromas de jazmines. El monótono croar de los sapos, agrupados en la hijuela, ralentizaba el discurrir del tiempo. Arriba la cúpula infinita, tapizada con trillones de estrellas, enmarcaba un exuberante teatro colmado de paz y armonía.
Tirados panza arriba, en el centro de las cuatro hectáreas de tierna alfalfa, observaban deslumbrados la vía láctea. Un sinnúmero de luciérnagas iluminaban el campo verde.

24/8/09

De cómo un manco acabó con Kid el mocha

W.G.G


El flaco de rostro hundido y nariz recta se calzó los guantes, golpeando dos o tres veces sus puños para amoldarlos. El cumpa miró con fiereza al dubitativo muchacho que temblaba en la otra esquina, sintiendo un dulce escozor por el final inminente. Su cara recia, aindiada, era coronada por una cabellera de pelos finos y tiesos, peinada al medio. Sus ojos negros, parecían los de un depredador cebado, a punto de abalanzarse sobre la inocente presa. Una multitud de jóvenes rugía enfervorizada, saboreando la sangre por venir. Tenso el ambiente, electrificado el aire.

15/8/09

LOS LAURELES DEL GENERAL

Punta del Agua San Rafael Mendoza


W.G.G

El arroyito de aguas frescas y juguetonas corría inquieto, serpenteando los álamos y rociando algún que otro sauce llorón. El crepúsculo nos arrullaba con un sosiego revitalizador después de una movida y húmeda tarde de septiembre.

Terminábamos de armar las carpas y tras un picadito de futbol, nos refrescábamos en el cristalino hilo de agua. Arriba, dos canarios y un jilguero, moderaban sus trinos sintonizándolos con el plácido paisaje.

—Ponele agua a la pava, por favor, mientras enciendo el fuego, así nos tomamos unos buenos mates —le indicó el tano Piccinini al japonés Totake, quien reclinado contra una rueda de camión abandonada, lucia deslumbrado con el canto de las aves.
A unos cinco metros, cobijados por un inmenso tamarindo, cuatro o cinco escuchaban a Víctor Hugo Morales y Néstor Ibarra en Sport 80 por radio Mitre. El resto del grupo, encabezados por el gordo Fonzalida, traían leña para el asado nocturno. Habían juntado además, suficiente berro y espárragos para una suculenta ensalada.
Las excursiones a Punta del Agua (o a Rincón del Indio) para el día del estudiante, eran habituales por aquellos años. Salíamos después de clases, el viernes, en una camioneta de algún padre que nos llevaba, y volvía a buscarnos el domingo al anochecer. Después de dos horas de comernos todos los pozos y serruchos de la ruta 190, llegábamos a este oasis sanrafaelino, enclavado a la sombra del Nevado, a unos ochenta kilómetros de General Alvear. Una paz de otro planeta se respiraba en el distante y bello paraje.
El día hasta el atardecer transcurrió esplendido, el clima en esa bendecida zona es privilegiado. Hay que tener mucha mala suerte para vivir un feo temporal en Punta del Agua. No hay casi viento y llueve lo justo y necesario.
La noche que se avecinaba pareció ofrendarnos ese raro “privilegio”. Las traicioneras nubes negras, se entretejían ruidosas sobre nuestras cabezas. Tata Dios se deleitaba intimidándonos con su festival pirotécnico. Un viento frio, impregnado de tomillo y piquillín nos envolvió de repente. Las llamas crepitaron nerviosas presintiendo el feroz aguacero.
—¡Es solo un chaparrón! —dijo Gustavo Nedic, aunque ni el mismo se lo creía.
—Por las dudas apuremos el asado —contestó el tripa Prieto atizando los leños
ardientes con un palo seco de quebracho.
—Nunca vi una tormenta que se formara tan rápido como esta —atiné a decir en el mismo momento en que, como a veinte metros, un rayo partía un álamo incendiándolo al instante.
Entre enceguecidos y aturdidos, corrimos a guarecernos en el lugar más desguarnecido… el interior de las tiendas de campaña. Al segundo comprendimos el error y salimos, apiñándonos los diez alrededor de las pocas brazas que quedaban. El paisaje era apocalíptico, truenos, relámpagos, viento, lluvia y el árbol en llamas.

28/7/09

EL ENTIERRO DEL CUATRO OJOS


W.G.G




El tock tock seco sobre la persiana de madera me hizo saltar de un brinco desde la cama. El movimiento fue lo suficientemente silencioso como para no despertar al cachito García. El operador de LV 24 Radio Rio Atuel, inquilino de mi abuela, dormía plácidamente en el otro aposento.
Serian alrededor de las catorce treinta de un verano asesino que incendiaba las veredas de General Alvear. Había llegado el momento del gran escape. Los Carcereri, Nelson y Sergio, me esperaban en el patio trasero.
—Dale Walter, —dijo el menor— vamos a llegar tarde.
—¡Bajá el volumen, que se va a enterar la Chola! —le susurré, a la vez que me encaramaba a la ventana y saltaba cayendo en cuclillas sobre la chipica hirviendo.
Verdad que el sol mataba y que era un riesgo para la salud, como sermoneaba mi vieja, salir a correr tras una pelota a esa hora de la siesta, pero como perderse el desafío con los aborrecidos salvajes del caserío vecino.
Nuestro grupo estaba compuesto por chicos de entre nueve y trece años. El centro neurálgico del barrio Comercio era la Propulsores Alvearenses y allí nos reuníamos todas las tardes. Yo me integraba los fines de semana, cuando bajaba de la finca de mis padres en Jaime Prats. No tenía el prototipo del jugador de fútbol, ni mucho menos, más el amor al deporte rey me impulsaba a tratar de superar todas mis limitaciones. Con once años, pesaba cuarenta y cinco kilos y medía un metro sesenta. Un esqueleto con una cabeza enorme y para colmo usaba lentes.
Ese sábado del 76, el enfrentamiento seria a la hora quince en el potrero situado al lado del supermercado Saponara. Una canchita con arcos enclenques y líneas marcadas con un palo de escoba nos estaba esperando.
—No se para que venís si no vas a jugar, ¡cuatro ojos! —me recibió ásperamente y con un chirlo en la cabeza el Juanca Fumarco.

12/7/09

BOLSA DE GATOS



W.G.G

Vivíamos el año 1982, en General Alvear, Mza. Creo que sucedió comenzando octubre, se me antoja que había flores por doquier y reinaba ese espíritu de renacimiento y alegría que impera durante la más linda de las estaciones. Si no fue así, no importa, mi cabeza atesoró la vivencia en un contexto primaveral.
Pepsi Cola organizaba una divertida estudiantina, con la búsqueda del tesoro como evento principal. Participaban en ella los dos cursos finales de las escuelas secundarias de la zona.
El sexto año de la E.N.E.T #1 se preparó con todo para capturar el primer premio. No sé si me olvido de alguien o pongo alguno que nunca estuvo, la memoria se divierte a veces adornando nuestros recuerdos. El grupo estaba conformado por el gordo Julio Fonzalida, el tripa Nestor Prieto, el loco Gustavo Nedic, el Tito Barón, el Rafa Rodríguez, el narigón Marcelo Núñez, mi cumpa Iván Barón y el Marito Hidalgo.
Acabábamos de superar la tercera o cuarta prueba, consistía en buscar revistas viejas, mientras más antiguas, más puntos se sumaban. Gracias a unas Caras y Caretas de principio del siglo XX, facilitadas por mi tío el ingeniero Ernesto Lust, habíamos logrado ponernos al tope de las posiciones. Un par de puntos atrás, nuestros eternos rivales de la escuela de agricultura nos soplaban la nuca.
Aun hoy, casi tres décadas después, me sigo preguntando en que mente afiebrada se anidó la desquiciada prueba que continuaba el juego. Teníamos que juntar la mayor cantidad de gatos y meterlos en una bolsa para presentárselos luego al jurado. Algo que lucía simple y divertido para nuestros cerebros adolescentes, se transformaría en un relato digno de Edgar Alan Poe.