Disfrutaba jugar con el peligro, en una actividad rayana en lo demencial. Era un adicto a esa infusión de adrenalina que recorre nuestras venas en los instantes de tensión al límite. Y cada vez forzaba más el umbral buscando un desenlace que a todas luces se aproximaba. Quizás por ello estaba en aquel momento acostado dentro de ese extraño supositorio dorado, inmovilizado de pies a cabeza y con cientos de sensores que cubrían su cuerpo desnudo. Una música de violines y chelos le llegaba a través de los auriculares.
—Para que te serenes —lo alentó Harvey Love, el tipo con más cara de loco que conoció en su vida.
—Calmarme, ja —masculló Luciano.
Tenía tensionado hasta los pelos, y el corazón, bombeando a mil doscientos por hora, lucia como si en cualquier momento se le saldría por entre las costillas. Pero en síntesis eso era lo que buscaba, lo incierto, lo inesperado…















