—¡Puta llovizna! —maldigo cubriéndome la cabeza con una caja de cartón desarmada.
Hace horas que la espero escondido entre dos contenedores de basura. No deseo que ningún chismoso piense raro y llame al 911, o alguno de los empleados le informe a la “Madame”. Aunque hay tantos vagabundos desperdigados por ahí, que podría pasar por uno de ellos perfectamente.
—Estos días que usted anduvo merodeando por enfrente del bar, ella se quedaba en su oficina y si salía, lo hacía por la puerta de atrás, la de la cocina. Estaciona el Audi en un parqueo a dos cuadras de acá —me confesó Mauricio horas antes, como instándome a la confrontación.
—¿Por qué me contás esto Mauricio?, Te estás exponiendo a que te depidan del trabajo —le pregunté sin comprender que ganaba.
—Digamos que soy un romántico perdido, me parece que todos en la vida deben tener otra oportunidad, —contestó sonriendo y sin esperar mi agradecimiento retornó corriendo al hoyo de serpientes.












