Chorreaba
el cielo una llovizna caladora de huesos. En la playa del Hotel Delano, en
South Beach, el día más horrible del año se desgastaba en los ojos de un mesero
recién ascendido y dos acomoda reposeras que aun resistían atrincherados en la
caseta. ¿Fecha?, diciembre del año 1999, hacía año y pico que había arribado a
Miami procedente de Aruba, isla del caribe holandés donde (junto a mi esposa
Daniela) residimos por casi una década, teniendo allá dos bellos arubianitos.
El mar
de un turquesa turbio se sumaba al frio para desalentar a posibles bañistas.
Solo las gaviotas parecían disfrutar los chapuzones. Un tubo
principal de las cloacas de aquel sector de Miami se había roto y miles de
litros de aguas negras se volcaron al océano, como a unos seiscientos metros
del hotel. Esa jornada, como en las tres anteriores, nos iríamos casi en
blanco. Solo el mísero salario de cinco veinticinco dólares por hora. En un
trabajo como el nuestro, la propina se constituye en el setenta por ciento de
los ingresos. El sueldo apenas te alcanza para los descuentos.


