
El rayo de luz calentó
apenas un punto de su frente, si es que a eso pudiese llamársele así, y unido
al coro de vocecillas fue suficiente para despertarla. Todas las mañanas
idéntico ritual, los mismos movimientos. Igual expectativa a la de aquel remoto
amanecer cuando asombrada vio el haz luminoso penetrando el resquicio que en una grieta de la pared se
revelaba.
La criatura se arrastró con
torpes balanceos, apoyándose en las extremidades superiores, unos cortos chonguitos
terminados en aletas. Dando coletazos con el muñón que nacía bajo su
cintura logró apoyar su gran ojo contra la rajadura, único vínculo que con la
realidad tenía. Esa iluminada hendidura que lo mantenía con vida tras tantos
años de encierro y que en el altillo del tercer piso evitaba la oscuridad
absoluta. No solo habían tapiado las ventanas sino que también se hallaban
cubiertas con gruesas cortinas. Alrededor de la puerta, una goma completaba lo
necesario para lograr esta negrura total.


