El Guionista de Dios...¿o del Diablo? ha tenido una buena acogida en estos primeros días de circulación en el dificil y saturado mercado de libros.
En España, Brasil y Miami ha recibido comentarios favorables y ya mandé nuevos libros a Amazon.com pues se encontraba "out of stock".
La semana próxima llega a Argentina, estará disponible en algunas librerías de diferentes ciudades.
Solo me resta agradecerles nuevamente por perder el tiempo leyéndome. Espero poder seguir brindándoles nuevos relatos en este blog.
Un fuerte abrazo para todos, con mucho afecto...Walter Gerardo Greulach
19/4/09
UN GUERRERO DE AQUELLOS...

Walter G Greulach
Transcurría la primavera de 1986, mediados de octubre, si mal no recuerdo. El colorido contraste de árboles y flores, sumado al alegre trino de las aves, insuflaba a nuestros espíritus quijotescos una inyección de utopías. Combustible necesario para intentar transformar una sociedad anquilosada y temerosa, tras siete años de una terrible dictadura militar. Ese celeste domingo la pasamos en el parque Sarmiento, organizamos un improvisado picnic que rematamos con un partidito de futbol. Hombres y mujeres mezclados en una bataola divertidísima. Todo fue un preámbulo para la jornada militante que se avecinaba.
Era noche de pintadas en el barrio Jardín. El vecindario cordobés se convertía en una caldera política por aquellos días. Se aproximaban las elecciones estudiantiles en la Universidad Nacional de Córdoba y debíamos luchar durísimo para retener la conducción estudiantil. Conformábamos el Frente Santiago Pampillón, por esos días, la única agrupación estudiantil de izquierda que dominaba una importante federación en Argentina.
La guerra de las pintadas alcanzaba su punto de ebullición la semana anterior a la esperada votación. A diferencia de los demás grupos políticos con los cuales teníamos habituales enfrentamientos del tipo oral (insultos de todo calibre), los muchachos de Perón se hacían entender a golpes y cadenazos. No existía nada que los irritase más, que encontrar a los “zurditos” blanqueando un muro que acababan de pintar.
Transcurría la primavera de 1986, mediados de octubre, si mal no recuerdo. El colorido contraste de árboles y flores, sumado al alegre trino de las aves, insuflaba a nuestros espíritus quijotescos una inyección de utopías. Combustible necesario para intentar transformar una sociedad anquilosada y temerosa, tras siete años de una terrible dictadura militar. Ese celeste domingo la pasamos en el parque Sarmiento, organizamos un improvisado picnic que rematamos con un partidito de futbol. Hombres y mujeres mezclados en una bataola divertidísima. Todo fue un preámbulo para la jornada militante que se avecinaba.
Era noche de pintadas en el barrio Jardín. El vecindario cordobés se convertía en una caldera política por aquellos días. Se aproximaban las elecciones estudiantiles en la Universidad Nacional de Córdoba y debíamos luchar durísimo para retener la conducción estudiantil. Conformábamos el Frente Santiago Pampillón, por esos días, la única agrupación estudiantil de izquierda que dominaba una importante federación en Argentina.
La guerra de las pintadas alcanzaba su punto de ebullición la semana anterior a la esperada votación. A diferencia de los demás grupos políticos con los cuales teníamos habituales enfrentamientos del tipo oral (insultos de todo calibre), los muchachos de Perón se hacían entender a golpes y cadenazos. No existía nada que los irritase más, que encontrar a los “zurditos” blanqueando un muro que acababan de pintar.
13/4/09
Un toque mágico

Walter Greulach
Es un toque mágico, una bocanada de sentimientos que nos inunda, un simple click y volamos a otro sitio y a otro lugar. Hay fragancias que nos retrotraen a situaciones pasadas, momentos esenciales en nuestra historia personal.
El viernes pasado caminaba de la piscina al hotel. Antes de la puerta pasé por un túnel de jazmines que comenzaban a florecer. Entonces saltó la chispa…me encontré a miles de kilómetros, en mi adorado terruño. El jazmín, enredado en la ventana de mi cuarto, inundaba de exquisito aroma las noches de verano. Después de la lluvia, ese airecito fresco era como un bálsamo tras el sofocante día.
Imágenes que llevamos almacenadas y que a veces en los momentos de flaqueza, de decepción, nos pegan la cachetada necesaria para seguir pensando que la vida es buena.
Dos días a la semana trabajo en el Pool Bar y allí otro olor me dispara al etéreo mundo del recuerdo…el de la menta. En esos instantes mi cuerpo está en South Beach, pero mi espíritu se introduce en el lugar mas profundo del canal de riego. Esperando, junto a primos y hermanas, el agua que mi viejo ha soltado trescientos metros arriba, desde el canal principal y llega atiborrada de hojas de álamo. Un fresco torbellino mojando nuestros pies. Las plantas de menta que crecen en la orilla se humedecen y desprenden su seductora esencia.
A dos cuadras de mi casa está el Flamingo Park, con sus doce manzanas, canchas deportivas y sus paseos llenos de eucaliptos. Otra vez los fogonazos alumbran mi mente… las nebulizaciones caseras, el azúcar sobre las hojas y la dificultosa escalada (quizá el árbol mas difícil de subir).
Aromas de ayer y la angustiosa necesidad de percibirlos en el presente. La albaca y el locro del día patrio. El hinojo, los conejos de papá y la increíble habilidad de Tito Barón para hacer avioncitos con el corazón de esa planta.
Hierbas medicinales, inviernos gélidos. Como un tesoro guardábamos las hojas secas del tilo, cedrón y burro. Acá té en bolsitas con poco sabor, pero el recuerdo llega igual… este humito aromático que penetra en nuestras fosas nasales, es el mismo del té de mi madre, después de uno de sus atentados contra el hígado.
Mordisqueo un tomate y zummm… cosecha y piel con picazón. Canastos llenos y pesados, eran dos hectáreas pero parecían mil. Con qué ganas comíamos el sandwich de pan casero y jamón al final de la jornada.
Las coníferas del jardín botánico de Miami Beach me produjeron la última imagen esta mañana…mi tío en lo alto, cortando la rama mas recta para Navidad y el día que con mi primo prendimos las velitas y el pino también.
¿No les pasa a ustedes?... No importa como y donde uno esté. Siempre habrá olores estimulando nuestra memoria, mecanismos de autodefensa, antibióticos contra el pesimismo. Sirven, vaya si sirven. Pero es bueno, por nosotros y por nuestros hijos, que sigamos acopiando, constantemente en el presente, vivencias positivas para adornar nuestro incierto futuro.
Como diría una estimada colega periodista de Venezuela: Amanecerá y veremos…
Primavera del 2001
Es un toque mágico, una bocanada de sentimientos que nos inunda, un simple click y volamos a otro sitio y a otro lugar. Hay fragancias que nos retrotraen a situaciones pasadas, momentos esenciales en nuestra historia personal.
El viernes pasado caminaba de la piscina al hotel. Antes de la puerta pasé por un túnel de jazmines que comenzaban a florecer. Entonces saltó la chispa…me encontré a miles de kilómetros, en mi adorado terruño. El jazmín, enredado en la ventana de mi cuarto, inundaba de exquisito aroma las noches de verano. Después de la lluvia, ese airecito fresco era como un bálsamo tras el sofocante día.
Imágenes que llevamos almacenadas y que a veces en los momentos de flaqueza, de decepción, nos pegan la cachetada necesaria para seguir pensando que la vida es buena.
Dos días a la semana trabajo en el Pool Bar y allí otro olor me dispara al etéreo mundo del recuerdo…el de la menta. En esos instantes mi cuerpo está en South Beach, pero mi espíritu se introduce en el lugar mas profundo del canal de riego. Esperando, junto a primos y hermanas, el agua que mi viejo ha soltado trescientos metros arriba, desde el canal principal y llega atiborrada de hojas de álamo. Un fresco torbellino mojando nuestros pies. Las plantas de menta que crecen en la orilla se humedecen y desprenden su seductora esencia.
A dos cuadras de mi casa está el Flamingo Park, con sus doce manzanas, canchas deportivas y sus paseos llenos de eucaliptos. Otra vez los fogonazos alumbran mi mente… las nebulizaciones caseras, el azúcar sobre las hojas y la dificultosa escalada (quizá el árbol mas difícil de subir).
Aromas de ayer y la angustiosa necesidad de percibirlos en el presente. La albaca y el locro del día patrio. El hinojo, los conejos de papá y la increíble habilidad de Tito Barón para hacer avioncitos con el corazón de esa planta.
Hierbas medicinales, inviernos gélidos. Como un tesoro guardábamos las hojas secas del tilo, cedrón y burro. Acá té en bolsitas con poco sabor, pero el recuerdo llega igual… este humito aromático que penetra en nuestras fosas nasales, es el mismo del té de mi madre, después de uno de sus atentados contra el hígado.
Mordisqueo un tomate y zummm… cosecha y piel con picazón. Canastos llenos y pesados, eran dos hectáreas pero parecían mil. Con qué ganas comíamos el sandwich de pan casero y jamón al final de la jornada.
Las coníferas del jardín botánico de Miami Beach me produjeron la última imagen esta mañana…mi tío en lo alto, cortando la rama mas recta para Navidad y el día que con mi primo prendimos las velitas y el pino también.
¿No les pasa a ustedes?... No importa como y donde uno esté. Siempre habrá olores estimulando nuestra memoria, mecanismos de autodefensa, antibióticos contra el pesimismo. Sirven, vaya si sirven. Pero es bueno, por nosotros y por nuestros hijos, que sigamos acopiando, constantemente en el presente, vivencias positivas para adornar nuestro incierto futuro.
Como diría una estimada colega periodista de Venezuela: Amanecerá y veremos…
Primavera del 2001
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DE LA VIDA Y OTRAS HIERBAS...
6/3/09
El ocaso en que descubrí a un tal Gerald.
Con admiración y respeto, dedicado al maestro Gerald Thomas
El sol amenazaba con dejarnos en tinieblas, mientras la tarde, impávida, se esforzaba muy poco por evitarlo. Tres o cuatro turistas, tirados panza arriba, se empecinaban en disfrutar de los raquíticos haces de luz en la playa floridana.Aquel jueves de febrero me encontraba al final de la rutinaria tarea de acomoda- reposeras en la playa del National. Metía toallas y cobertores sucios en una bolsa negra, al tiempo que repasaba mentalmente los rótulos que se me habían ido adosando a lo largo de mis cuarenta y pico de infructiferos años. Hijo en Mendoza, estudiante en Córdoba, locutor en Entre Ríos, cocinero en Aruba, mozo en Miami y ahora también “beach attendant”. No muy prometedor para alguien que a los diecisiete años se pensaba el sucesor de Borges o al menos un pichón de Cortazar.
Mi colega Jairo, el chapín, me miró con desgano, señalándome la salida del hotel.
—Atiéndalo usted Walter —me dijo con fingido respeto, a la vez que agarraba una sombrilla tirada en la arena, simulando encontrarse muy ocupado.
—Semejante amabilidad me confunde —pensé divertido. Mi compañero solo hacia esto cuando tenía catalogado al huésped de turno como mal tipeador. Luego me contaría que ya lo había atendido otras veces y nunca recibió mas de cinco dólares.
Cerré con fuerza la bolsa y le salí al encuentro. Mediría unos pocos centímetros más que yo, de cincuenta y tantos años, tez blanca, pelo negrísimo y nariz prominente. Surcó por mi cabeza la idea de que me encontraba en presencia de alguien famoso y rico, un excéntrico personaje de esos que bajan del norte. Desbordaba personalidad. Un tipo con aura dominante, como dicen por ahí.
—¿Puedo ayudarlo señor, se hospeda usted en el National Hotel? —pregunté, con la misma cantaleta repetida mas de mil veces.
Me contestó que se estaba quedando en el cuarto 706 y su nombre era Gerald Thomas. Pese a su blancura casi espectral, descarté que se tratase del director británico de cine fallecido varias décadas atrás.
—Solo quiero que me cuide un rato estas cosas, mientras me pego un baño en el mar —agregó cortésmente, dándome una envoltorio de plástico con ropa y un par de lentes. Un billete de veinte dólares me ayudó a hacer la tarea más placentera.
Estaba un poco fresco, salíamos de un frente frío que bajó los termómetros a treinta y pico, por eso me extraño la naturalidad con la que mr.Thomas se zambulló en el océano.
Unos quince minutos más tarde regresó por sus pertenencias. Le agradecí con un aporreado ingles que denunciaba mi no pertenencia a estas tierras. Me interrogó de donde venia y al contestarle Argentina se le iluminaron los oscuros ojos.
—Ahh, Buenos Aires —exclamó en un español aportuguesado— una de las ciudades mas bellas del mundo. La mixtura justa entre la modernidad europea y el pintoresquismo sudamericano.
Sacudió con la mano unas gotas que pendían de su cabello, se colocó los lentes y agregó :—Hace pocos meses estuve allá, dando unos talleres de teatro en el San Martín. También voy regularmente a Córdoba, al festival internacional.
—¿Es usted un actor de teatro? —pregunté entre curioso y avergonzado por no poder aun reconocerlo.
—Director de teatro —acotó y volviendo al tema de la ciudad porteña que lo tenía fascinado, agregó :—Cuna de Borges y Cortazar, dos geniales escritores que ha dado la lengua española.Catalogó al famoso ginebrino como el más universal de los autores modernos y resaltó el compromiso social y la consecuencia de Julio, a quien dijo haber conocido poco antes de su muerte.
A esa altura yo estaba embobado, me pellizqué disimuladamente para saber si no soñaba. Me encontraba frente a un intelectual de primerísimo nivel y hablando de mis dos mas grandes amores. Luego le tocó el turno a “Rayuela” y el sismo que provocó en la aburguesada literatura de aquel entonces. “Casa tomada” era para él el mejor cuento del franco-argentino, para mi: “La noche boca arriba“. Del genio ciego elogiamos “Borges y yo”, cuento sobre el cual había realizado un cortometraje.
Luego le conté de mi pasión temprana por el teatro, allá en los ochenta, en tierras cordobesas y como la cruda vida me alejó de la mas autentica expresión artística del ser humano.
Cuando las sombras amenazaban la vieja casucha de madera, agarró su bolsita marrón y se despidió. Un grupo de alborotadas gaviotas, cuervos y palomas, habían armado un zafarrancho por un puñado de papas fritas que algún gracioso desparramó en la arena. Nos alejamos unos pasos del bullicio y aproveché para comentarle sobre mi libro de cuentos “El guionista de Dios…¿o del Diablo?”, que desde hacia unos días había salido humildemente al mercado.
—¿Bose escribió un libro? —preguntó sorprendido— me gustaría leerlo.
—Mañana sin falta se lo traigo, será un honor para mí. —exclamé sinceramente.
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MEMORIAS DE UNA CASETA DE PLAYA
18/2/09
¿LA MENTIRA MEJOR CONTADA?
A Leo Noboa, amigo y critico como hay pocos...
Mi mejor amigo me miró a los ojos, intuí que diría algo que iba a molestarme muchisimo. —¿Vas a hablarme de nuevo sobre la mentira mejor contada, —me dijo socarronamente...
El amodorrado sol expulsó con pereza los rayos finales, antes de perderse entre los cerros. Las sombras, más alargadas que de costumbre, parecían empeñarse en formar curiosas figuras ante los ojos de Ernesto Ebaldo Schuster. Cabizbajo y aburrido bordeó el Correo, y cruzando la avenida principal entró a la plaza mayor de la pequeña ciudad. Las últimas tres consultas le habían resultado tediosas e interminables. Movía automáticamente la cabeza, asintiendo sin escuchar, tras cada frase del paciente de turno.
¿Qué hacia allí?, se preguntó, tratando de ayudar a unos desequilibrados mentales, cuando el mismo se sentía la persona mas traumada de la tierra. Buscó el banco más lejano, a salvo de ocasionales transeúntes, y se dejó caer con desgano. Elevó su mirada sobre un par de palmeras, asentándola sobre la iluminada cruz de la iglesia del Sagrado Corazón. Desde el alto madero,un gigantesco cristo parecía recriminarle sus negros pensamientos. El grupo de palomas y tortolitas, dos metros a su derecha, comenzaron una sinfonía en U mayor. Entrecerró los ojos y bajó la cabeza, estaba fatigado, deprimido.
A lo lejos, la banda de música de la policía, ensayaba una estridente marcha militar. Si hubiese sido una melodía fúnebre, Ernesto no habría notado gran diferencia.
A dos cuadras de allí estaba su hogar, sin embargo en esa tardecita, como en las de los tres últimos meses, buscaba siempre una excusa que retrasara el regreso. La casa lucia ahora fría e inmensa. Alguna vez fue un nido de vida, repleto de risas y amor. El nexo final con un feliz pasado se quebró en diciembre. Treinta años de matrimonio mandados al diablo por su estúpida y empecinada afición.Su cansado cerebro comenzó a estirar una enredada madeja de recuerdos…
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EL TEMPORIZADOR Y OTROS EXTRAÑOS RELATOS
8/1/09
MAXIMILIANO Y SU PIEDRA AZUL

A Alfredo Moleker, mi compadre del alma...
Walter Greulach
La impúdica luna se exhibía descarada con más estrellas que de costumbre. El reciente apagón en gran parte del país favorecía su bacanal nocturno. Enormes cactus alineados al costado del polvoriento camino parecían soldados de un silente ejército preparando su ofensiva.
Apenas terminaba de trabajar en la estación de servicio y retornaba caminando lentamente. No había sido una jornada normal y monótona como tantas pasadas. Lo que acababa de encontrar, y llevaba celosamente guardado en el bolsillo me tenia bastante animado.
Cuando cambié de dirección adentrándome en el escarpado atajo bordeado por aloes, me llegó claro el sonido de las olas en su eterno ataque a las rocas. El olor a algas mezclado con el de la sal y la húmeda arena me obligó a respirar profundo. Amaba ese aroma, me traía imágenes de distintas playas en diferentes épocas.
Como a medio kilómetro del cunucu, no aguanté mas y me senté sobre una enorme roca que solitaria vigilaba la costa centro este de la isla. Miré con admiración la piedra azul engarzada en un anillo de…¿oro? La luz lunar producía rojizas fulguraciones en su pulida superficie. Alcé mi mano y lo moví de izquierda a derecha buscando arrancarle nuevos reflejos. Entonces por un instante, me pareció observar un fino hilo luminoso que se elevaba perdiéndose en el negro infinito. Fue algo casi invisible, que se repetía cada vez que la sortija apuntaba a determinada parte del cielo. Lo que mas me intrigó fue el delicioso escalofrío que estremeció mi cuerpo en aquel momento.
Entre sorprendido y asustado guardé la piedra y transité al trote los últimos metros de mi recorrido.
Walter Greulach
La impúdica luna se exhibía descarada con más estrellas que de costumbre. El reciente apagón en gran parte del país favorecía su bacanal nocturno. Enormes cactus alineados al costado del polvoriento camino parecían soldados de un silente ejército preparando su ofensiva.
Apenas terminaba de trabajar en la estación de servicio y retornaba caminando lentamente. No había sido una jornada normal y monótona como tantas pasadas. Lo que acababa de encontrar, y llevaba celosamente guardado en el bolsillo me tenia bastante animado.
Cuando cambié de dirección adentrándome en el escarpado atajo bordeado por aloes, me llegó claro el sonido de las olas en su eterno ataque a las rocas. El olor a algas mezclado con el de la sal y la húmeda arena me obligó a respirar profundo. Amaba ese aroma, me traía imágenes de distintas playas en diferentes épocas.
Como a medio kilómetro del cunucu, no aguanté mas y me senté sobre una enorme roca que solitaria vigilaba la costa centro este de la isla. Miré con admiración la piedra azul engarzada en un anillo de…¿oro? La luz lunar producía rojizas fulguraciones en su pulida superficie. Alcé mi mano y lo moví de izquierda a derecha buscando arrancarle nuevos reflejos. Entonces por un instante, me pareció observar un fino hilo luminoso que se elevaba perdiéndose en el negro infinito. Fue algo casi invisible, que se repetía cada vez que la sortija apuntaba a determinada parte del cielo. Lo que mas me intrigó fue el delicioso escalofrío que estremeció mi cuerpo en aquel momento.
Entre sorprendido y asustado guardé la piedra y transité al trote los últimos metros de mi recorrido.
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EL TEMPORIZADOR Y OTROS EXTRAÑOS RELATOS
25/12/08
NI UNA VEZ EN LA VIDA

WALTER GREULACH
Se despertó sobresaltado, le pesaba la cabeza y sentía la boca pastosa. El corazón latía apresurado. Una aguda puntada en el oído derecho le obligó a cerrar los ojos con fuerza. «Triste, solo e inmensamente desamparado», fue la primera frase que se proyectó inaugurando su mente esa mañana. Dos cosas lo sorprendieron en aquel insulso momento. El terrible dolor de estómago con el que se había acostado, ya no existía, y las molestas goteras —regalo del huracán Wilma— habían desaparecido.
Se vistió con la remera que tenía escrito "Viva el río en Paraná", la bermuda verde pálido y las ojotas marrones. De la boutique "Me cago en la elegancia", como solía criticarlo un amigo. Pensaba levantarse a las seis treinta y eran ya las nueve y media. El maldito reloj despertador había fallado una vez más. ¿Lo habría puesto anoche? Solo recordaba haber tenido la intención.
Aquel 30 de diciembre —mientras caminaba por Harding rumbo al supermercado Publix— Mauricio Iparraguirre repasó el peor año de su ahora miserable vida. En enero recibió la triste noticia desde Entre Ríos. Su abuelo materno, Lorenzo, había fallecido dos días después de cumplir los 99. Fue un cándido ser humano que con suma dedicación y cariño suplió la ausencia de sus padres, fallecidos en un incendio cuando él solo tenía cuatro años. Ahora, su ilusión de compartir juntos el centenario quedaba hecha añicos. Nunca se perdonaría el no haberlo ido a visitar en los últimos doce años. Las palabras de amor y agradecimiento que planeaba decirle quedarían eternamente atascadas en su garganta.
Cruzó la calle sesenta y nueve esquivando a un grupo de jóvenes que iban al parque a jugar al fútbol. «Rosarinos», pensó al observar las camisetas de Newel's y Central. En los primeros años del nuevo milenio, miles de argentinos arribaron a Miami. Con el estatus de país con visa waiver, sus habitantes no necesitaban más que presentar su pasaporte para entrar al país del norte. Lentamente fueron aglutinándose en Miami Beach, especialmente en el área donde vivía Mauricio. A esta zona, comenzó a conocérsela como la pequeña Buenos Aires.
En marzo comenzó a tener problemas para orinar. Los fuertes dolores y las gotas de sangre que expulsaba lo impulsaron a hacerse una serie de chequeos. Le costó dos mil dólares enterarse de que tenía un ramificado cáncer de vejiga. No poseía seguro médico y el tratamiento costosísimo le consumió en pocos meses los ahorros de más de diez temporadas. Era todavía una incógnita el tiempo que aún le quedaba de vida.
Se despertó sobresaltado, le pesaba la cabeza y sentía la boca pastosa. El corazón latía apresurado. Una aguda puntada en el oído derecho le obligó a cerrar los ojos con fuerza. «Triste, solo e inmensamente desamparado», fue la primera frase que se proyectó inaugurando su mente esa mañana. Dos cosas lo sorprendieron en aquel insulso momento. El terrible dolor de estómago con el que se había acostado, ya no existía, y las molestas goteras —regalo del huracán Wilma— habían desaparecido.
Se vistió con la remera que tenía escrito "Viva el río en Paraná", la bermuda verde pálido y las ojotas marrones. De la boutique "Me cago en la elegancia", como solía criticarlo un amigo. Pensaba levantarse a las seis treinta y eran ya las nueve y media. El maldito reloj despertador había fallado una vez más. ¿Lo habría puesto anoche? Solo recordaba haber tenido la intención.
Aquel 30 de diciembre —mientras caminaba por Harding rumbo al supermercado Publix— Mauricio Iparraguirre repasó el peor año de su ahora miserable vida. En enero recibió la triste noticia desde Entre Ríos. Su abuelo materno, Lorenzo, había fallecido dos días después de cumplir los 99. Fue un cándido ser humano que con suma dedicación y cariño suplió la ausencia de sus padres, fallecidos en un incendio cuando él solo tenía cuatro años. Ahora, su ilusión de compartir juntos el centenario quedaba hecha añicos. Nunca se perdonaría el no haberlo ido a visitar en los últimos doce años. Las palabras de amor y agradecimiento que planeaba decirle quedarían eternamente atascadas en su garganta.
Cruzó la calle sesenta y nueve esquivando a un grupo de jóvenes que iban al parque a jugar al fútbol. «Rosarinos», pensó al observar las camisetas de Newel's y Central. En los primeros años del nuevo milenio, miles de argentinos arribaron a Miami. Con el estatus de país con visa waiver, sus habitantes no necesitaban más que presentar su pasaporte para entrar al país del norte. Lentamente fueron aglutinándose en Miami Beach, especialmente en el área donde vivía Mauricio. A esta zona, comenzó a conocérsela como la pequeña Buenos Aires.
En marzo comenzó a tener problemas para orinar. Los fuertes dolores y las gotas de sangre que expulsaba lo impulsaron a hacerse una serie de chequeos. Le costó dos mil dólares enterarse de que tenía un ramificado cáncer de vejiga. No poseía seguro médico y el tratamiento costosísimo le consumió en pocos meses los ahorros de más de diez temporadas. Era todavía una incógnita el tiempo que aún le quedaba de vida.
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EL GUIONISTA DE DIOS...¿O DEL DIABLO?
24/12/08
SIN RETORNO

Walter Greulach
Letanías de oportunidades perdidas, imágenes que cual flashes intentan alumbrar una mente ya indefensa.
Sombras lúgubres que se entrecruzan ondulantes, siniestras y de fondo un aullido, como de clavo hiriendo el pizarrón, destrozando mis oídos ya sin tímpanos.
Gozos y dolor, pasión y desamor, destierro y añoranzas, todo mezclado en cruel desfile frente a unas estáticas pupilas.
El arrepentimiento de no haber ido un poco mas lejos.
La cómoda cobardía que engendra al conformismo.
Lo que nunca fue siempre por culpa de los otros.
Honda pesadumbre que oprime un pecho carente de latidos.
El deslizarse desnudo por un tobogán metálico engrasado. Al final un tanque con las heladas aguas del llanto de aquellos a los que hicimos daño.
Intento aferrarme al recuerdo de un beso, de una sonrisa, de la mirada de un niño, a un simple atardecer tomados de la mano.
Es en vano, mis articulaciones no responden a los débiles impulsos de un agujereado cerebro.
Se acerca el final, un helado viento congela mi reseca piel. Ya no hay futuro, el pasado huye conmigo.
Destilo angustioso los últimos segundos de una insulsa vida.
Pude haberlo hecho mejor.
Que si hay un Dios, me de el castigo merecido...
Letanías de oportunidades perdidas, imágenes que cual flashes intentan alumbrar una mente ya indefensa.
Sombras lúgubres que se entrecruzan ondulantes, siniestras y de fondo un aullido, como de clavo hiriendo el pizarrón, destrozando mis oídos ya sin tímpanos.
Gozos y dolor, pasión y desamor, destierro y añoranzas, todo mezclado en cruel desfile frente a unas estáticas pupilas.
El arrepentimiento de no haber ido un poco mas lejos.
La cómoda cobardía que engendra al conformismo.
Lo que nunca fue siempre por culpa de los otros.
Honda pesadumbre que oprime un pecho carente de latidos.
El deslizarse desnudo por un tobogán metálico engrasado. Al final un tanque con las heladas aguas del llanto de aquellos a los que hicimos daño.
Intento aferrarme al recuerdo de un beso, de una sonrisa, de la mirada de un niño, a un simple atardecer tomados de la mano.
Es en vano, mis articulaciones no responden a los débiles impulsos de un agujereado cerebro.
Se acerca el final, un helado viento congela mi reseca piel. Ya no hay futuro, el pasado huye conmigo.
Destilo angustioso los últimos segundos de una insulsa vida.
Pude haberlo hecho mejor.
Que si hay un Dios, me de el castigo merecido...
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EL GUIONISTA DE DIOS...¿O DEL DIABLO?
24/11/08
EL ULTIMO VIAJE DEL GRINGO JULIAN

Walter greulach
Los árboles y postes de luz pasan como espectros, opacando intermitentemente el extenso campo. Algunas vacas negras con blanco matizan, a lo lejos, el aburrido paisaje. El cielo limpio, interminable, parece profundizar un creciente sentimiento de desprotección.
El colectivero escucha a todo volumen, en una emisora de la zona, el panorama informativo del mediodía. La furia del mercado parece haberle puesto un punto final a esta etapa del capitalismo moderno. Caen estrepitosamente las bolsas y los especuladores se suicidan en masa. La presidenta argentina nos da otro mensaje en su papel de maestra ciruela. Boca y River siguen sin dar pie con bola. A mí, hoy, me da todo igual. Tengo puesto el piloto automático y ando sin ánimo para desactivarlo. Vuelvo a mis pagos, realizando el mismo ritual de las pasadas tres décadas. Compartir la navidad con mis padres y hermanas. El viaje de diecisiete horas entre Córdoba y el sur de Mendoza es desgastante. Cada parada en estos pueblitos polvorientos y chatos se me hace interminable.
Me pongo a ojear entonces una revista seudocientífica, buscando algo que aleje de mi cabeza los pensamientos negativos. El articulo trata sobre el poder insospechado de nuestra mente. El tema es tocado con un sensacionalismo repugnante. Al menos, ancla mi memoria a acontecimientos asombrosos de los que fui participe allá por la mitad de los años ochenta.
¿Cuándo empezó todo? En que puntual instante mi antiguo amigo lanzó el tema al aire, iniciando la sorprendente historia.
Los árboles y postes de luz pasan como espectros, opacando intermitentemente el extenso campo. Algunas vacas negras con blanco matizan, a lo lejos, el aburrido paisaje. El cielo limpio, interminable, parece profundizar un creciente sentimiento de desprotección.
El colectivero escucha a todo volumen, en una emisora de la zona, el panorama informativo del mediodía. La furia del mercado parece haberle puesto un punto final a esta etapa del capitalismo moderno. Caen estrepitosamente las bolsas y los especuladores se suicidan en masa. La presidenta argentina nos da otro mensaje en su papel de maestra ciruela. Boca y River siguen sin dar pie con bola. A mí, hoy, me da todo igual. Tengo puesto el piloto automático y ando sin ánimo para desactivarlo. Vuelvo a mis pagos, realizando el mismo ritual de las pasadas tres décadas. Compartir la navidad con mis padres y hermanas. El viaje de diecisiete horas entre Córdoba y el sur de Mendoza es desgastante. Cada parada en estos pueblitos polvorientos y chatos se me hace interminable.
Me pongo a ojear entonces una revista seudocientífica, buscando algo que aleje de mi cabeza los pensamientos negativos. El articulo trata sobre el poder insospechado de nuestra mente. El tema es tocado con un sensacionalismo repugnante. Al menos, ancla mi memoria a acontecimientos asombrosos de los que fui participe allá por la mitad de los años ochenta.
¿Cuándo empezó todo? En que puntual instante mi antiguo amigo lanzó el tema al aire, iniciando la sorprendente historia.
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EL TEMPORIZADOR Y OTROS EXTRAÑOS RELATOS
12/10/08
EL POETA PROFUGO
WALTER GREULACH
...Para mi amigazo de siempre, Sergio Fabian Coniglio...
Se evaporaba el día en un naranja tamizado de grises. Bajo el frescor de las frondosas tipas, bordeábamos la cañada comiendo medio kilo de pan criollo recién horneado. La lluvia caída por la mañana y parte de la tarde serpenteaba rumorosa por el arroyo canalizado. Antes de doblar por la esquina de Laprida, buscamos reponernos de la larga marcha ayudados por un antiguo banco de piedra.
Suspiré hondo buscando una pizca de paciencia ante la proximidad del nuevo disparate.
—Entonces… ¿Cómo se llama la tipa esa? —le dije con ojos de resignación y una risita chueca mordida en los labios.
—Ana Luna. Vive a dos cuadras de nuestro depto, casi enfrente del observatorio. Esta re buena, preciosa. No sabes lo que es, —agregó convencido mientras suspiraba cubriéndose la cara con las manos y meneando la cabeza.
—Una luna al lado del observatorio. ¡Qué romántico? —dije conteniendo la carcajada—. ¿Hablaste con ella por lo menos?
—Aún no, para eso es que te necesito.
—¿A mí? ¿Estás loco o qué? ¿Queres que me le declare por vos? —le recriminé un poco enfadado ya.
—No, no, para un poco. Solo quiero que escribas el mejor de los poemas de amor, —me dijo, como si enfrente estuviese Pablo Neruda y no un mediocre aporreador de rimas.
—¡Ahora sí que la jodiste lindo! ¿Le vas a dar unos versos sin siquiera haber intercambiado una palabra? —De verdad mi amigo no dejaba ni un instante de sorprenderme.
—No se los voy a dar, se los voy a tirar por arriba de la reja, para que pegue en la ventana de su cuarto. A la tardecita siempre está allí.
A esa altura asumí que llevaba tiempo concibiendo el abordaje. Intenté persuadirlo de la insensatez del romántico proyecto.
...Para mi amigazo de siempre, Sergio Fabian Coniglio...
Se evaporaba el día en un naranja tamizado de grises. Bajo el frescor de las frondosas tipas, bordeábamos la cañada comiendo medio kilo de pan criollo recién horneado. La lluvia caída por la mañana y parte de la tarde serpenteaba rumorosa por el arroyo canalizado. Antes de doblar por la esquina de Laprida, buscamos reponernos de la larga marcha ayudados por un antiguo banco de piedra.
Suspiré hondo buscando una pizca de paciencia ante la proximidad del nuevo disparate.
—Entonces… ¿Cómo se llama la tipa esa? —le dije con ojos de resignación y una risita chueca mordida en los labios.
—Ana Luna. Vive a dos cuadras de nuestro depto, casi enfrente del observatorio. Esta re buena, preciosa. No sabes lo que es, —agregó convencido mientras suspiraba cubriéndose la cara con las manos y meneando la cabeza.
—Una luna al lado del observatorio. ¡Qué romántico? —dije conteniendo la carcajada—. ¿Hablaste con ella por lo menos?
—Aún no, para eso es que te necesito.
—¿A mí? ¿Estás loco o qué? ¿Queres que me le declare por vos? —le recriminé un poco enfadado ya.
—No, no, para un poco. Solo quiero que escribas el mejor de los poemas de amor, —me dijo, como si enfrente estuviese Pablo Neruda y no un mediocre aporreador de rimas.
—¡Ahora sí que la jodiste lindo! ¿Le vas a dar unos versos sin siquiera haber intercambiado una palabra? —De verdad mi amigo no dejaba ni un instante de sorprenderme.
—No se los voy a dar, se los voy a tirar por arriba de la reja, para que pegue en la ventana de su cuarto. A la tardecita siempre está allí.
A esa altura asumí que llevaba tiempo concibiendo el abordaje. Intenté persuadirlo de la insensatez del romántico proyecto.
EL PARTIDO QUE NUNCA FUE

WALTER GREULACH
Esta ha
sido una historia que por décadas retintineó en mi cabeza. Cual graciosa
anécdota fue presa de mi conocimiento a principios de los años setenta. Siendo
yo un niño insoportable, Ema mi abuela paterna me la contó. Por lo menos deseo
pensar en ella como culpable. La visualizó sentada en el gran sillón marrón. El
absorto puñado de nietos postrado a sus pies disfrutando de cada una de sus
ocurrentes historias asombrosas. No la tengo encuadrada como una gran lectora,
más bien era una original reproductora de leyendas populares. "¡María dame
la pata que es mía!" y "Jacinto el descabezado", fueron
adaptaciones suyas a relatos clásicos escritos siglos atrás.
A mi
querida abuela Ema ...
“El
partido que nunca fue” debió haber salido de sus labios. No sé si sucedió.
Invento o no, quedó grabado en un sitio especial de mi recuerdo teca.
Son
reales los nombres de los lugares, aunque no exacta su disposición geográfica.
No sucede así con las fechas y personajes.
Quizá en
algún amarillo trozo de diario o en un manuscrito reporte municipal se pueda
encontrar alguna prueba. Tal vez una mente centenaria pueda albergar el
distante recuerdo. Nada de ello importa, en realidad todo es solo una excusa
para justificar la pintoresca historia que paso a detallarles... No intente
exigir el inocente lector precisión alguna.
Etiquetas:
HISTORIAS DE PUEBLO CHICO
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