—¿Qué más puede necesitarse
para ser feliz? —comentaba cuando veía a alguien complicarse inútilmente la
vida.
Desde los catorce años
laburaba de albañil, doce horas al día, seis días a la semana. Heredó el oficio
de su padre y se lo legó a sus cuatro hijos varones.
—Si uno trabaja mucho, se
entretiene y no le sobra el tiempo para ponerse a pensar en tonterías — repetía
a sus nietos.
Poseía el paranaense una
gran pasión por el caminar y eran la huerta y el partido radical sus únicos
vicios permitidos. A pie, iba y volvía de la construcción, no importaba lo
lejos que está se encontrase. A veces lo separaban de la obra, diez, quince o
hasta veinte kilómetros, no eran nada para él. Salía de madrugada y regresaba
con la luna como compañera.
En un anochecer, al comienzo
de su último retorno, es donde lo ubica mi relato. Había trabajado en la
construcción de la cabaña de un amigo a la vera del rio, unos cientos de metros
arriba de la toma vieja. Apenas seis kilómetros lo distanciaban de su casa en
la esquina de Soler y Vucetich. Salió más temprano de lo habitual pues era
noche de miércoles, noche de comité y se acercaban las elecciones. Encontró en
el camino una viga de buena madera que le vendría de perlas para apuntalar el
techo de su galponcito, enclenque desde la pasada tormenta y sin pensarlo dos
veces se cargó el pesado listón al hombro.





