w.g.g
Una
tormenta de agua y granizo había maltratado, una vez más, al sur mendocino
el día anterior. La tarde era húmeda, ardiente. Los hilos de vapor se elevaban
desde la alfalfa recién cegada incorporándose a un horizonte nebuloso e
inestable. Dos de la tarde, hora terrible de la siesta cuyana. Sensación
térmica, cuarenta y dos grados y ascendiendo. Un barniz transparente parecía
recubrir todo, desdibujando el paisaje hasta darle esa pastosa irrealidad de
las horas en que mandan las iguanas.
Treinta
y pico años más tarde me parece, es más, estoy convencido, que en aquel
entonces a nosotros, niños al umbral de la adolescencia y con las duracell
recargadas, no nos afectaba el calor. Pasado el mediodía era el momento mágico
en el que nos escapábamos de nuestros cancerberos y dejábamos fugar las
fantasías más recónditas.



