1/7/13

Sin Retorno






Letanías de oportunidades perdidas, imágenes que cual flashes intentan alumbrar una mente ya indefensa.

Sombras lúgubres que se entrecruzan ondulantes, siniestras y de fondo un aullido, como de clavo hiriendo el pizarrón, destrozando mis oídos ya sin tímpanos.

16/6/13

Fue casi mi mejor Sueño

W.G.G






            Lo que ahora reflejan mis pupilas al alzar los párpados esta madrugada es un par de nalgas turgentes y un sexo femenino recientemente depilado. Esto es realmente interesante pues no se trata del de mi mujer. Primero, porque nunca en mi vida podría atraer a un hembrón de semejante nivel y segundo porque pisando los cuarenta estoy más solo que loco malo. Entonces… ¿qué está pasando? No tengo ni una remota puta idea, pero que linda que es Dios mio. ¿Dónde me encuentro? ¿De quién es esta cama grande? Tampoco tengo calzoncillo y cuando enfoco mi atención a mi amigo alborotado, caigo en cuenta que además de estar sin un pelo, este muñeco no es el mío, más quisiera tener uno así yo. ¡Mira vos, no sabía que se podían tatuar!, susurro estudiando curioso el dragón humeante grabado en mis bolas. Debe ser dolorosísimo.


Inhalo aire profundamente y lo retengo en mis pulmones, debo serenarme, analizar esta confusa pero excitante realidad. ¿Qué pasó anoche? ¿Acaso me emborraché y quien sabe cómo acabé junto a esta ninfa? A ver… estuve hasta cerca de la medianoche en el café con el Coco y el Tato, pero recuerdo bien haber vuelto a casa sobrio. Y aunque fuese así, a estas piernas, a este tórax, a estos brazos, no los reconozco. Tengo los músculos bien marcados. ¡Unos abdominales de la puta madre! ¿Dónde está mi pancita gelatinosa, mis canillitas flacas, mi ombligo extraviado? ¿Qué es esto por favor? ¿Quién carajos soy?

7/6/13

Quizá porque se me Antojó Creerle

                                       550 dias

W.G.G
 
Al Moncho Iturbe no era que le desagradara tanto la vida, solo le disgustaba la forma en que la vida lo había tratado siempre. Era poseedor de una soledad rayana en lo absoluto y esa medianoche peor aún, porque su ser más preciado, el único receptáculo de sus palabras y caricias acababa de fallecer.

Han pasado ya veintiocho calendarios por mi pared y todavía retengo con inusitada claridad la historia que el chino Pandiani nos narró una noche de quilmes y maníes en el café Nostalgias, allá en Córdoba, sobre la Obispo Trejo. El chino era un porteño de ley, un fabulador innato, tenía esa cualidad de hacer de la nada un show y en verdad que nos divertía, por lo menos en esos momentos en que teníamos ganas de escucharlo. La anécdota de su supuesto vecino en caballito, fue lo único que tras tanto tiempo me quedó registrado. Quizá porque en algún instante de su verborrágico relato me identifiqué con el Moncho Iturbe y envidié su velada extraordinaria. Quizá simplemente porque entonces se me antojó por vez primera y última creerle al chino Pandiani.

Se acomodó en el rincón predilecto y apoyó el borde superior de la silla en la pared, como lo hacía siempre. Estiró las piernas y bostezó abotargado por la tristeza y el aburrimiento. Se sacó la húmeda campera de lana y la tiró en la esquina de la mesa. Aquel jueves, pasada la medianoche, venia de enterrar a michifus en la plaza del barrio. La tumba la cavó bajo un banco, protegido por el olmo, su viejo amigo, el mismo que lo cobijara en tantas tardes de hastío. Una fina y pegajosa llovizna tapizó su camino al Farolito. Tuvo suerte de que el cielo no se desvencijara hasta segundos después de ingresar al bar.

29/5/13

Las Parcas Llegaron con el Viento




W.G.G



            Podríamos acotar que aquel pueblito enclavado en el medio de la nada, en el interior profundo de nuestro país, parecía un espejismo enjabonado sobre la ruta, de esos que alucinan al conductor después de kilómetros y kilómetros por las desoladas pampas. Pintoresco, acogedor (por lo menos ante el primer vistazo), poseía algo insanamente artificial cuando se lo apreciaba con más detenimiento.


            Arroyito Azul no debía tener más de setecientos habitantes. Todas sus calles estaban impecablemente asfaltadas y en los postes de las farolas  relucía el bronce artísticamente tallado. Unas ochocientas casitas, inquietantemente similares y vacías, se apiñaban sobre la avenida principal y sus ocho cortes transversales, la mayoría lucían recién arregladas. Una escuela primaria, correo, registro civil, capilla, dos almacenes y el edificio de la sede municipal alegremente decorado, matizaban el paisaje urbano. Aunque lo que realmente acaparaba la atención del mas que ocasional visitante era la fachada del club social y deportivo Patria. Con las puertas azul marino y el techo de un rojo furioso, ocupaba cuatro cuadras completas en las se desperdigaban una cancha de futbol con pasto sintético y tribunas para cinco mil personas, cuatro canchas de bocha, una gran pileta con trampolines a distinta altura y un polideportivo (rodeado de una pista de atletismo de tartán) con relucientes baldosas verdes. Un conjunto de redes y tableros permitían la práctica de casi cualquier actividad atlética.


            El caserío se apiñaba al final de un amplio valle, entre el arroyo de las piedras y los cerros dorados. Transcurrió la mayoría de su historia como un paradisiaco lugar donde un pueblo feliz vivía del cultivo de tierras bastante fértiles. Llegó a tener cuatro mil seiscientos pobladores en el censo del noventa. Hace como veinte años llegaron ELLOS, los compradores de tierra y su suerte quedó hecha añicos.

2/5/13

Los Cien Mil y Un Universos de Heriberto Andrada




 W.G.G

            Desde chiquito, allá en su Bowen natal, al Tito lo embelesó todo lo que estuviese relacionado con el azar. Con el tiempo llegó a tachar de su vocabulario las palabras Dios y destino, navegando a la deriva por un rio de casualidades que estimulaban el momento en el que debía tomar decisiones cardinales. Como si en cada una estuviese jugando a una ruleta en que todo resultado podía ser viable.

            A tal punto llegó su afición a esta especie de “casualistica” (valga el término aunque no exista) que tras obtener los doctorados en física y matemática en la U.B.A, comenzó el más inquietante de los juegos: el de la bifurcación de su universo personal. Lo desvelaba el saber que habría sucedido si en determinada coyuntura, hubiese enfilado por otra senda.

12/4/13

Asesino Serial Del Año: Capítulos Nueve y Diez

                                               
Capítulo noveno
La venganza
I
                                                         
 Sabía que sus pensamientos no podían ser monitoreados. Se lo dijo bien claro el creador el día del encuentro en la cafetería.
 —Elabora tus planes mentalmente muchacho —le recalcó el cretino. — Ni los jueces, ni siquiera yo, podremos saber nunca lo que estás pensando. Sólo tendrás intimidad en tu mente.
 En base a esto y con el dolor y la rabia saturándole las terminales nerviosas, Lucas empezó a planear la dulce venganza. Tenía claro que sólo una cosa podría realizar para perjudicar a Morgandus…hacerle perder el concurso de mundigramas. Así y todo quería llevarlo hasta el último instante. Incentivar su esperanza al punto de que se creyese ganador y allí, en el movimiento postrero de sus veintitrés años de marcp, asestarle el golpe final que lo devastara.
 No creyó poder odiar tanto como en esas horas previas al final. El fallecimiento de su madre potenció el asco y la indignación hacia la persona que parecía gozar con su sufrimiento. Trató de disimular el vendaval de emociones que lo desestabilizaban. No le convenía que el cretino vislumbrase su estado de ánimo.
 Telefoneó a Leticia para anunciarle que se haría cargo de los gastos del funeral y reservó el pasaje a Argentina para el día siguiente. Todo debía, aparentemente, seguir el curso normal.
 — Prepará a Julio, Checho y Paula, que apenas termine el entierro me los llevo a vivir al sur —mintió, sintiendo cómo se le desgarraba el pecho. Éste había sido el plan original, pero ahora, sin la razón de su vida, no encontraba motivo para seguir con la farsa del mundo capsular.
 Buscó un grueso cuaderno negro, escondido bajo una baldosa floja de la cocina y con un marcador rojo subrayó el nombre de Eugène Toussant. Su objetivo número treinta y tres vivía en Naples, una ciudad a dos horas y media de viaje, al noroeste de Miami.

28/1/13

De Jaime al Centro de la Tierra



                                Cueva Ventana                                                                                                                                                                                                             

w.g.g




Una tormenta de agua y granizo había maltratado, una vez más, al sur mendocino el día anterior. La tarde era húmeda, ardiente. Los hilos de vapor se elevaban desde la alfalfa recién cegada incorporándose a un horizonte nebuloso e inestable. Dos de la tarde, hora terrible de la siesta cuyana. Sensación térmica, cuarenta y dos grados y ascendiendo. Un barniz transparente parecía recubrir todo, desdibujando el paisaje hasta darle esa pastosa irrealidad de las horas en que mandan las iguanas.


Treinta y pico años más tarde me parece, es más, estoy convencido, que en aquel entonces a nosotros, niños al umbral de la adolescencia y con las duracell recargadas, no nos afectaba el calor. Pasado el mediodía era el momento mágico en el que nos escapábamos de nuestros cancerberos y dejábamos fugar las fantasías más recónditas.

13/1/13

Sangre Maldita





 

 W.G.G

         Siempre (desde niñito) tuve una tremenda curiosidad por conocer la historia de mis ancestros paternos. En cada ocasión que sacaba el tema a colación, mis mayores se iban distraídamente por las ramas y terminaban aportándome poco o nada. Llegué a pensar que ni siquiera mi padre sabía con certeza cuál era su origen. Me había contado que mi abuelo Adolfo García nació en el sur, cerquita de Bariloche, que administraba un hotel a orillas del Nahuel Huapi, y que allí conoció a mi abuela Maria que trabajaba limpiando los cuartos. Que se casaron en el 66 y en el 67 se mudaron a Rosario, donde unos meses después vino al mundo Edgardo, mi padre. Aquí al sur de esta ciudad, en el barrio Saladillo Sud, echamos anclas los García y hemos llevado hasta ahora una vida linda, relativamente tranquila. De mis bisabuelos solo pude sacarle que se llamaban Julio y Eva y que llegaron desde la madre patria, no sabe de que zona, ni siquiera si tenían hermanos o dejaron algún otro hijo allá en su tierra.

            Tecleo estas letras en mi laptop, protegido por las penumbras de la habitación. Han pasado dos días desde la revelación y aun mi espíritu se sacude henchido de culpa y vergüenza. ¡Como si yo, mi padre o mi abuelo tuviésemos la culpa de algo! Creo, es más estoy seguro, que nadie leerá estas líneas jamás. Este testimonio irá derecho a la lata que haré desaparecer por el mismo hueco del que nunca debió haber salido. Una lata que me reveló la podredumbre que corre por mis venas. Mantendré el doloroso silencio de los míos, que más me queda.

            Es extraño, afuera llueve a rabiar y aunque los cristales están empañados, puedo ver la luna llena apoyada en una esquina de la ventana. Un lunón hermoso, intimidante, como el pasado que me asfixia y me obliga a descargar mis sentimientos en una hoja de cuaderno.

31/12/12

No Era Para Nosotros mi Vida



W.G.G
           
      —Por algo sucede, cuando no es para vos, no es para vos y no hay vuelta que darle, no te aflijas en vano mi vida —le había dicho más de una vez Alejandra, con un determinismo insoportablemente sínico. Nunca había creído en el destino, pero ahora  sentado en la primera hilera de sillas enfrentadas a la monumental pecera, recordaba la muletilla de su mujer mientras buscaba desesperado el papelito en sus bolsillos.

            El espectáculo era sublime, dos focas jugueteaban con tres belugas blancas. Las ballenas perseguían a los “perros de mar” dándole mordisquitos cariñosos cuando los alcanzaban. Esta tierna escena poco importaba a Pablo, se incorporó y con el rostro crispado volvió a revisar frenéticamente su camisa, los pantalones y la campera. Dos sillas a su derecha un niño gordo y pelirrojo lo observaba con curiosidad, el perturbado individuo parecía atraerlo mucho más que los acuáticos danzarines.

Eran las cuatro y cuarenta de un plomizo y frio día de noviembre y el acuario de Atlanta comenzaría a cerrar sus puertas en apenas quince minutos. Solo disponía de ese tiempo para recorrer los lugares donde pudiese haber extraviado el bendito billete.

Siete minutos atrás se enteró de que era uno de los dos ganadores del powerball record en la historia de los Estados Unidos. Sucedió cuando, tras ponerse de acuerdo con su esposa y sus hijos sobre el lugar donde se encontrarían, enfiló nuevamente hacia el tanque de vidrio donde se encontraban las focas y las belugas. Los niños querían comer donas y él deseaba apreciar una vez más a aquellos animalitos a los que amaba tanto. En la entrada al anfiteatro de cristal, vio un televisor que difundía los números ganadores. Eran los suyos. Había lanzado un grito ronco y entrecortado buscando apoyo en una columna salvadora ante la súbita bajada de presión que puso a temblequear sus piernas. Luego se derrumbó en la silla en la cual se encontraba ahora tardando solo un par de minutos en percatarse de que no encontraba el ticket premiado.

4/12/12

Emilio, el Caminante




 
w.g.g
              Al abuelo de Daniela, mi esposa

            Colapsaba el día, se derretían las alturas chorreando colores sobre el rio Paraná. Un abanico de naranjas, rojos y amarillos opacaba  todo lo demás volviendo difuso el horizonte. En ese  instante no existía nada, solo aquel atardecer, y el dolor de la belleza obligó al hombre a detener su marcha y apoyar la viga sobre la arena. Entrecerró los ojos buscando el enfoque perfecto y disparó el obturador incorporando el paisaje al álbum mental donde almacenaba los instantes sublimes de su existencia. Con que poco se conformaba Emilio, aquel era otro de esos momentos que justificaban su poco apego a lo material. A los setenta y siete años derrochaba fuerza y optimismo. Poseía una salud de toro y el cariño de una inmensa familia.

—¿Qué más puede necesitarse para ser feliz? —comentaba cuando veía a alguien complicarse inútilmente la vida.


Desde los catorce años laburaba de albañil, doce horas al día, seis días a la semana. Heredó el oficio de su padre y se lo legó a sus cuatro hijos varones.


—Si uno trabaja mucho, se entretiene y no le sobra el tiempo para ponerse a pensar en tonterías — repetía a sus nietos.


Poseía el paranaense una gran pasión por el caminar y eran la huerta y el partido radical sus únicos vicios permitidos. A pie, iba y volvía de la construcción, no importaba lo lejos que está se encontrase. A veces lo separaban de la obra, diez, quince o hasta veinte kilómetros, no eran nada para él. Salía de madrugada y regresaba con la luna como compañera.


En un anochecer, al comienzo de su último retorno, es donde lo ubica mi relato. Había trabajado en la construcción de la cabaña de un amigo a la vera del rio, unos cientos de metros arriba de la toma vieja. Apenas seis kilómetros lo distanciaban de su casa en la esquina de Soler y Vucetich. Salió más temprano de lo habitual pues era noche de miércoles, noche de comité y se acercaban las elecciones. Encontró en el camino una viga de buena madera que le vendría de perlas para apuntalar el techo de su galponcito, enclenque desde la pasada tormenta y sin pensarlo dos veces se cargó el pesado listón al hombro.

4/11/12

El Incomprendido (o de como Romeo Ultimó a Julieta)


W.G.G

Los rayos del sol recién nacido iluminaron con desgano la casucha de madera y chapa. Escondiéndose detrás de las montañas de basura el astro rey había evitado, al menos por unos minutos, tener que alumbrar tan desagradable paisaje.

            En la cuadra 8 de la sección 25 de la Villa Misericordiosa un barbado hombre casi en harapos, sumergido en una angustia indescriptible, se despedía de su ser mas preciado. Arrodillado junto el sucio catre de lona, enjuagábase una lágrima con la mano izquierda mientras con la derecha peinaba tiernamente la cabeza de ella.

            Romeo, es mejor que pase sus ultimas horas en una institución especializada, así le evitamos sufrimientos innecesarios le dijo el médico de la clínica con una pose de falsa humanidad.

Él se negó terminantemente e insistió en llevársela a la villa.

A nuestro nidito de amor le explicóallí compartiremos los últimos momentos de vida.

Le pidió unos calmantes para hacer más llevadera su agonía y salió llorando con ella en brazos ante la mirada atónita del personal de la clínica. Un remise lo esperaba en la calle.

            Ahora a la distancia las palabras del profesional  retumbaban en sus oídos: Una enfermedad nerviosa degenerativa, de carácter terminal, le quedan tan solo unos días de vida. 

            A mi también Romeo susurró quedamente.

La vida carecía de sentido sin su Julieta, ya no tenia dudas que el camino a la eternidad lo emprenderían juntos.

8/10/12

El Libro de Los Estados de Ánimo


 

W.G.G
                                                                          I
           
          
           Oscar Fritz Herztog retorna al terruño que lo acunó de niño, un atardecer de primavera, en el año doce del tercer milenio. El verde frescor de Olmos y casuarinas sale a recibirlo. Abre la tranquera y se encamina hacia la casa que él mismo (junto a su abuelo, padre y hermanos) edificó a finales de los cuarenta.

            Sobre Línea de los palos, a unos seis kilómetros del pueblito de Jaime Prats, se encuentra la finca de solo nueve hectáreas, aunque en su niñez le parecieran todo un continente. Poco luce diferente, allí esta la hijuela entre dos filas de membrillos, el lugar en donde con Rainer su primo mayor, y en una play boy robada un amigo de Real del Padre, vieron la primera mujer desnuda. Por allá, el roble centenario dividiendo los chiqueros vacíos y los restos de madera del entrañable refugio que, hasta con puertas y ventanas, erigieron con Edgardo y Roberto sobre el árbol amigo. Los mismos ladridos (otros perros) proveniente de las casuchas emplazadas en los tres puntos estratégicos, según su abuelo, para custodiar la casa. El horno a leña, al costado del gallinero (que como mucho alberga hoy seis gallinas y uno o dos gallos) y la visión instantánea de las nochecitas de empanadas lechón y pan casero que solían disfrutar con la alemanada de la zona. El bosquecito de pinos junto a la vivienda y el momento de escoger la rama más derecha para la noche buena o la belleza de verlos emblanquecidos por alguna rara nevada de julio o agosto.

Hertzog regresa tras cincuenta y tantos inviernos. Setenta y tres años matizaron de gris sus cabellos. El paso largo y decidido disfraza su edad, va sin miedos, convencido de lo que debe hacer. Sin tristezas, con la curiosidad de un bebe que vuelve a introducirse al vientre materno. No hay nostalgia, se dice una vez mas, no se añora lo que no puede volver a vivir. O por lo menos eso se forzó a creer cuando puso el primer pie en Alemania,  creer que allá en la fría y distante cuna de sus antepasados, estaba el único futuro posible.


17/9/12

El aventón


 
 

 
 W.G.G




Aquella alborada de agosto me tomó desprevenido, estaba más fría y oscura de lo que hubiese imaginado. El día anterior el termómetro había llegado a pisar los veintisiete grados y la tardecita terminó siendo bastante agradable. Los charcos sobre la propulsores alvearenses, regalo de una copiosa lluvia nocturna, lucían congelados y la primera bocanada de vapor me hizo recular en búsqueda del abrigo apropiado. Mi hermana amenizaba un concierto de ronquidos tras una trasnochada en Kuka y mi abuela había salido bien temprano a ayudar a una amiga que se mudaba a nuestro barrio, o algo así.

Aquí (valga el paréntesis para la acotación) debo hurgar entre mis recuerdos para darle un anclaje creíble al relato. Han transcurrido treinta y tres años y no es sencillo reconstruir lo acaecido, mas allá que la esencia de ello quedó firmada a fuego en mi memoria.

Era gélida la jornada, lo deduzco porque fue entonces que perdí una gruesa campera inflable, regalo de mi tía Hilda, que solo usaba cuando pelaba el frio. También lo de la Chola ausente es dato fidedigno, aunque no su destino. El café con leche con tostadas y dulce casero esperándome en la mesa del comedor, me hicieron percatar que ya era demasiado tarde para manguearle unos pesos para el colectivo y la comida. Podría haber despertado a Sigrid, lo más probable era que además de ligarme una ristra de insultos, mi hermanita mayor tampoco tuviese un centavo. No me quedaba otra que patear hasta Alvear Oeste, cruzando los dedos para que un alma benevolente me diera una cola por el camino.


30/8/12

Ni a Los Ojos del Perro


Los-perros-ven-en-blanco-y-negro.jpg



A los ojos del perro todo luce blanco y negro dice el mito popular, tantas veces exhibido como verdad irrefutable. Pero esta aseveración no resiste el mínimo análisis científico pues nuestros queridos canes si pueden ver en tecnicolor. Lo interesante es que hay un ser viviente que si posee esta característica y se lo halla en el sur del continente americano. Se trata del argentum obtusus y habita las tierras de ese gran país que tiene como capital a la ciudad de Buenos Aires.






La mitad de los afectados (estamos hablando de un virus) ve todo blanco y la otra mitad todo negro. No hay tonalidades, ni siquiera existen los grises, aunque encontramos unos pocos especímenes inmunes, cuyos ojos aun aprecian los vivos y diferentes tonos que hay en la naturaleza, más no tienen cabida entre los seres de su especie y terminan apartándose.



13/7/12

Lo Sabíamos Muy Bien

W.G.G




           Cortaba ramas secas de los helechos que colgaban bajo el balcón del frente de casa cuando lo vi. Había llovido durante la siesta (siempre garúa sobre New Orleans) y tres horas después, el sol levantaba vapores asesinos que a punto estaban de tronchar mi espíritu jardinero. Apoyé la tijerita de podar sobre el borde de la escalera y bajé un par de peldaños buscando una vista mejor. Pese a los veinticinco años transcurridos, reconocí al instante el andar cansino, la figura encorvada. Debía haber bajado del trolebús en St. Charles y venia caminando por Lousiana Avenue con un pequeño bolso colgando de su mano derecha. Moví la cabeza sin poder escapar del asombro y sali trotando a su encuentro.
 





           Estaba más gordo y pelado, el escaso cabello, recién recortado, lucia teñido de canas. Sus hundidos ojos resaltaban el narizón de siempre.
            Nos fundimos en un abrazo, fuerte y sentido el mio, el suyo frio y lejano, casi obligado.        
— ¡Pablo, hermanito del alma, que alegría verte! —exclamé sin retirarle los brazos de la espalda. — ¿Por qué carajo no avisaste que venias?, te hubiésemos ido a buscar al aeropuerto.
           —No quería molestarlos, ya me instalé en un hotelucho a cuadra y media de Cannal Street, solo quería pasar un rato a verte —dijo fríamente, con los ojos clavados en mis canteros con flores. Era como si le incomodara el estar allí.

 — ¿Qué ha sido de tu vida viejo? ¿Qué haces en Estados Unidos, de vacaciones, o que? ¿Cuándo llegaste? ¿Me hubieses mandado un correo electrónico o u mensaje en Facebook por lo menos? ¿Viniste solo?

Con esos ojos miel, tímidos y tristes, que tan bien conocía, me estudió por unos segundos mientras parecía meditar la respuesta como intimidado por la metralla de preguntas.
          
           —De verdad… ni yo sé que hago acá. La cosa allá no está para nada fácil. Me quedé sin laburo tiempo atrás y llevo meses sin encontrar uno. Me estaba consumiendo los pocos ahorros que tengo, así que me la jugué y vine. Aunque con casi cincuenta pirulos, creo que no fue una buena decisión —dijo con voz entrecortada.

13/6/12

El Hombre al que Parió el Viento





W.G.G
  



            El viento chiflaba entre las copas de los aguarigay que rodeaban el gallinero. Acompañaba su melodía, el retintinear de las hojas recién nacidas, alegres por la proximidad de la primavera y el susurro de las cortaderas que abanicaban al rio. Un torrente de aguas danzarinas desbordaba la acequia llevándose la basura que tapizaba el fondo. Había turno de riego ese amanecer en la  finca de San Pedro del Atuél, transcurría manso aquel  catorce de septiembre.

Una hectárea de pasto ralo por aquí, media de pimientos y tomates recién plantados por allá. Delante del humilde rancho, dos tamariscos, un durazno y un nogal. Tras los chiqueros una huertita con retoños de acelgas, papas, lechuga y zanahorias. Contra la huella, del lado derecho de la entrada,  eucaliptus, de la izquierda, membrillos intercalados con manzanos. Dos chocos somnolientos descansando al reparo de la ramada y a solo un par de metros del mala cara atado bajo un parral, unas diez  gallinas picoteando granos de maíz.

Calma envolvente, solo matizada por los rumores de la naturaleza. Tranquilidad a punto de quebrarse, por lo menos en aquella alborada en que comienza mi historia y termina la de él.


1/6/12

Epílogo - AQUÍ ARRIBA TODO ES CELESTE Y LIMPIO


1024new10004 La luna entre nubes de un cielo azul



Me muevo entre nubes blancas, grises, esponjosas y suaves. Sigo ascendiendo hacia el sol. Abajo se va quedando mi gente, mi tierra. Desde lo alto bajan rayos que inundan mis pupilas. Escucho música clásica, como de arpas, chelos y violines. Me siento liviano, pletórico de energía.  


No creí que todo iba a terminar así, la cosa se me complicó terriblemente. No entiendo como pude pensar, ni siquiera un segundo, que la bruja travesti podía salvarme. La solución estuvo todo el tiempo enfrente mio, adentro mio. Mis hijos, mis padres y sobre todo Luciana, ellos eran en quienes debía apoyarme, no en la gran maestra mafiosa. Fui perdiendo la confianza, minando mi autoestima, ahogandome en un poso depresivo. Creo que mi estado de ánimo fue como un imán para los accidentes y poco a poco se fueron transformando en una obsesión insoportable.


Ahora, aquí arriba, todo es celeste y limpio, por donde mire, no se ve nada, solo aire infinito. Tiempo que no disfrutaba de una paz tan grande. La melodía me adormece, obligándome a bajar los parpados. Continúo subiendo. Atrás dejo los meses mas horrible de mi vida.


En el momento presente están este avión y Londres. Vuelo hacia la capital británica, los juegos me esperan. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me duermo feliz, sintiendo la cálida mano de Luciana que envuelve la mía.

31/5/12

III LA MALDICIÓN EXTENDIDA












          Entré por la puerta de la cocina en puntitas de pie. Luciana lavaba ropa en el fondo y los niños no habían regresado del colegio. Tras entornar la puerta, bajé las persianas y me recosté panza arriba en la cama grande. Todavía sentía un ligero dolor en el área del ex apéndice, tres semanas después de la operación aun me costaba caminar con normalidad. Tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano a la tardecita y empezar a entrenar. Cuarenta y cinco días me separaban de la fecha límite para ingresar a los juegos y en cuarenta y tres se correría el selectivo final, la serie mundial en Madrid. No pensaba que iba a ser necesario salir del país para alcanzar la marca, pero no me quedaba alternativa… siempre y cuando no me sucediera otra desgracia.


 Quería relajarme, analizar lo sucedido en el antro del manosanta. Lo recomendable seria no comentarle nada a mi esposa, no creo que lo entendiera. Nadie debía enterarse de lo acontecido esa mañana.


Apagué el celular, abracé con fuerza el osito de felpa de mi hija, que habia recogido a la pasada  y bajé los parpados. Buscaba proyectar en mi mente una imagen que me trajera paz, que me ayudase a descansar. Una y otra vez el desagradable rostro de la tarotista se me aparecía. Abrí los ojos inquieto, justo en el momento que sonaba el teléfono de casa y un instante después Luciana se aparecía y sorprendida al encontrarme, exclamaba:


—Ah, llegaste, no te escuché. Mas tarde me contás que tal te fue en lo del medico. Ahora contesta el teléfono, te llama una tal Cristina.
           —¿Quién es? —me preguntó  fingiendo desinterés mientras me entregaba el tubo.

21/5/12

II GRAN MAESTRA CRISTINA, TAROTISTA

W.G.G


No fui inmediatamente. Necesitaba al menos unos días de convalecencia, en los cuales me devoró la ansiedad. Una semana más tarde, como a las nueve de la mañana,  me hallaba parado abajo de la oficina (o de la covacha) de Cristina la bruja mayor. Buenos Aires, casi llegando a 25 de junio, pleno microcentro de la ciudad


—Puta que buena locación, —pensé— le debe ir re bien a la guacha.


Unos escalones de mármol blanco me acercaron al segundo piso, donde me recibió una maciza puerta de madera, a media altura y a la derecha, una placa de bronce decía: Gran Maestra Cristina, Tarotista.


Aspiré con ganas, el corazón aceleró su tamborileo. Miré la pequeña ventana que coronaba la escalera, como planeando una vía de escape. Había comenzado a chispear y un grupo de torcazas buscaban la protección del alero. Me pregunté si es que habría niebla, o era mi estado de ánimo el que pintaba de gris el paisaje. El dedo no alcanzó el timbre, lo detuve en la mitad del trayecto.





6/5/12

LAS SIETE PLAGAS... Y UN CHIN MAS

                          I   CUANDO ESTAS DE CULO...
             
                                                            
W.G.G
           —¿Qué te pasa ahora? —inquirió Luciana esforzándose por despegar sus lagañosos ojos y mantenerlos abiertos.
            Me encontraba de rodillas sobre las baldosas, como rezando, con los antebrazos apoyados en la cama y las pupilas borrosas por el llanto. Puños y dientes apretados y esa hiriente punzada bajo el hígado que me convertía en un patético bicho bolita humano.
—No sé que mierda tengo, es un pinchazo fuertísimo, como a la altura del apéndice —contesté con voz forzada conteniendo la respiración.
—¡Hay mi querido, te han caído las siete plagas de Egipto! — acotó mirándome con pena mientras se incorporaba cubriéndose los hombros con un sweater de lana blanca.
Afuera, un clima gélido había cristalizado las calles de la ciudad capital de Entre Rios. Unos rayitos de sol se filtraban por entre las nubes, calentando apenas el aire paranaense. Era domingo, finales de febrero, año 2012 y me encontraba coronando los peores cinco meses de mi vida.
         —Te preparo un tecito de cedrón y te lo tomas con una cafiaspirina. Tranquilizate, ya se te va a pasar, por ahí es solo un pedo atajado —intentó calmarme mi esposa a la vez que me ayudaba a sentarme en un sillón del living.