Walter Greulach
Dibujo de Leo Noboa
Una isla paradisíaca, de treinta por quince kilómetros de extensión, bordeada por el mar caribe. Cientos de palmeras repletas de jugosos cocos, una extensa playa de fina arena blanca y el agua de un turquesa inimaginable. Uno de los diez mejores destinos turísticos en el mundo...ah, me olvidaba comentarles la linda y constante brisa casi huracanada.
El flacuchento hombre, en lucha desigual contra la naturaleza, trataba de abrir la sombrilla y el viento impiadoso se la cerraba una y otra vez. Para colmo de calamidades, acababa de pegarle un palazo en el tobillo al turista alemán que, impaciente, esperaba a su lado. Al fin, después de mas de cinco minutos, clavó con fuerza la estaca y en un esfuerzo sobrehumano, abrió el parasol blanco y negro que rugió furioso sacudido por la ventisca. Lanzó un grito al aire, no de triunfo, sino de dolor, pues se había pellizcado la mano con el mecanismo que cerraba la sombrilla.
—¡Mierda con el viento puto! —insultó, sintiendo como dos lagrimones se deslizaban por sus mejillas.—¡A quien carajo se le puede ocurrir acercarse al mar en un día como este! —agregó, sin importarle que el germano pudiese entender algo de español. Se alejó pateando el suelo con rabia, mientras pestañeaba repetidamente, intentando sacarse la arena que arañaba sus ojos.
Un pelícano gordo y viejo pegó un inusual aullido que al humillado ser le sonó a carcajada. Aquella tarde de junio, solo los windsurfers parecían estar felices.
Marco, desde la caseta, observó divertido como el veterano acomoda-reposeras se acercaba, profiriendo un variado repertorio de insultos. Sin poder contener la risa le dijo:
—Rebelde la sombrilla, licenciado, ¿no?
Oscar ignoró el comentario y arrojó con fuerza, dentro de una bolsa negra, tres toallas y dos cobertores que había recogido de pasada.
—¡Cansado, harto, podrido es lo que estoy! —protestó mientras apoyaba la mano en la esquina de la pequeña cabaña para tomar aliento.
—Pensá en positivo, haces ejercicio, estas en un lugar hermosísimo y la linda brisa impide que el sol asesino te calcine en unos pocos minutos y todavia te pagan…
Oscar esbozó una sonrisa pero al instante se puso serio nuevamente.
—No, en serio Marco, tenemos que idear algo para escaparnos de esta vida miserable.
Marco lo miró con aburrimiento. ¡Tantas veces en estos últimos ocho años había escuchado y pronunciado frases similares! Eran expresiones de deseo que nunca pasaban de eso.