17/9/12

El aventón


 
 

 
 W.G.G




Aquella alborada de agosto me tomó desprevenido, estaba más fría y oscura de lo que hubiese imaginado. El día anterior el termómetro había llegado a pisar los veintisiete grados y la tardecita terminó siendo bastante agradable. Los charcos sobre la propulsores alvearenses, regalo de una copiosa lluvia nocturna, lucían congelados y la primera bocanada de vapor me hizo recular en búsqueda del abrigo apropiado. Mi hermana amenizaba un concierto de ronquidos tras una trasnochada en Kuka y mi abuela había salido bien temprano a ayudar a una amiga que se mudaba a nuestro barrio, o algo así.

Aquí (valga el paréntesis para la acotación) debo hurgar entre mis recuerdos para darle un anclaje creíble al relato. Han transcurrido treinta y tres años y no es sencillo reconstruir lo acaecido, mas allá que la esencia de ello quedó firmada a fuego en mi memoria.

Era gélida la jornada, lo deduzco porque fue entonces que perdí una gruesa campera inflable, regalo de mi tía Hilda, que solo usaba cuando pelaba el frio. También lo de la Chola ausente es dato fidedigno, aunque no su destino. El café con leche con tostadas y dulce casero esperándome en la mesa del comedor, me hicieron percatar que ya era demasiado tarde para manguearle unos pesos para el colectivo y la comida. Podría haber despertado a Sigrid, lo más probable era que además de ligarme una ristra de insultos, mi hermanita mayor tampoco tuviese un centavo. No me quedaba otra que patear hasta Alvear Oeste, cruzando los dedos para que un alma benevolente me diera una cola por el camino.


30/8/12

Ni a Los Ojos del Perro


Los-perros-ven-en-blanco-y-negro.jpg



A los ojos del perro todo luce blanco y negro dice el mito popular, tantas veces exhibido como verdad irrefutable. Pero esta aseveración no resiste el mínimo análisis científico pues nuestros queridos canes si pueden ver en tecnicolor. Lo interesante es que hay un ser viviente que si posee esta característica y se lo halla en el sur del continente americano. Se trata del argentum obtusus y habita las tierras de ese gran país que tiene como capital a la ciudad de Buenos Aires.






La mitad de los afectados (estamos hablando de un virus) ve todo blanco y la otra mitad todo negro. No hay tonalidades, ni siquiera existen los grises, aunque encontramos unos pocos especímenes inmunes, cuyos ojos aun aprecian los vivos y diferentes tonos que hay en la naturaleza, más no tienen cabida entre los seres de su especie y terminan apartándose.



13/7/12

Lo Sabíamos Muy Bien

W.G.G




           Cortaba ramas secas de los helechos que colgaban bajo el balcón del frente de casa cuando lo vi. Había llovido durante la siesta (siempre garúa sobre New Orleans) y tres horas después, el sol levantaba vapores asesinos que a punto estaban de tronchar mi espíritu jardinero. Apoyé la tijerita de podar sobre el borde de la escalera y bajé un par de peldaños buscando una vista mejor. Pese a los veinticinco años transcurridos, reconocí al instante el andar cansino, la figura encorvada. Debía haber bajado del trolebús en St. Charles y venia caminando por Lousiana Avenue con un pequeño bolso colgando de su mano derecha. Moví la cabeza sin poder escapar del asombro y sali trotando a su encuentro.
 





           Estaba más gordo y pelado, el escaso cabello, recién recortado, lucia teñido de canas. Sus hundidos ojos resaltaban el narizón de siempre.
            Nos fundimos en un abrazo, fuerte y sentido el mio, el suyo frio y lejano, casi obligado.        
— ¡Pablo, hermanito del alma, que alegría verte! —exclamé sin retirarle los brazos de la espalda. — ¿Por qué carajo no avisaste que venias?, te hubiésemos ido a buscar al aeropuerto.
           —No quería molestarlos, ya me instalé en un hotelucho a cuadra y media de Cannal Street, solo quería pasar un rato a verte —dijo fríamente, con los ojos clavados en mis canteros con flores. Era como si le incomodara el estar allí.

 — ¿Qué ha sido de tu vida viejo? ¿Qué haces en Estados Unidos, de vacaciones, o que? ¿Cuándo llegaste? ¿Me hubieses mandado un correo electrónico o u mensaje en Facebook por lo menos? ¿Viniste solo?

Con esos ojos miel, tímidos y tristes, que tan bien conocía, me estudió por unos segundos mientras parecía meditar la respuesta como intimidado por la metralla de preguntas.
          
           —De verdad… ni yo sé que hago acá. La cosa allá no está para nada fácil. Me quedé sin laburo tiempo atrás y llevo meses sin encontrar uno. Me estaba consumiendo los pocos ahorros que tengo, así que me la jugué y vine. Aunque con casi cincuenta pirulos, creo que no fue una buena decisión —dijo con voz entrecortada.

13/6/12

El Hombre al que Parió el Viento





W.G.G
  



            El viento chiflaba entre las copas de los aguarigay que rodeaban el gallinero. Acompañaba su melodía, el retintinear de las hojas recién nacidas, alegres por la proximidad de la primavera y el susurro de las cortaderas que abanicaban al rio. Un torrente de aguas danzarinas desbordaba la acequia llevándose la basura que tapizaba el fondo. Había turno de riego ese amanecer en la  finca de San Pedro del Atuél, transcurría manso aquel  catorce de septiembre.

Una hectárea de pasto ralo por aquí, media de pimientos y tomates recién plantados por allá. Delante del humilde rancho, dos tamariscos, un durazno y un nogal. Tras los chiqueros una huertita con retoños de acelgas, papas, lechuga y zanahorias. Contra la huella, del lado derecho de la entrada,  eucaliptus, de la izquierda, membrillos intercalados con manzanos. Dos chocos somnolientos descansando al reparo de la ramada y a solo un par de metros del mala cara atado bajo un parral, unas diez  gallinas picoteando granos de maíz.

Calma envolvente, solo matizada por los rumores de la naturaleza. Tranquilidad a punto de quebrarse, por lo menos en aquella alborada en que comienza mi historia y termina la de él.


1/6/12

Epílogo - AQUÍ ARRIBA TODO ES CELESTE Y LIMPIO


1024new10004 La luna entre nubes de un cielo azul



Me muevo entre nubes blancas, grises, esponjosas y suaves. Sigo ascendiendo hacia el sol. Abajo se va quedando mi gente, mi tierra. Desde lo alto bajan rayos que inundan mis pupilas. Escucho música clásica, como de arpas, chelos y violines. Me siento liviano, pletórico de energía.  


No creí que todo iba a terminar así, la cosa se me complicó terriblemente. No entiendo como pude pensar, ni siquiera un segundo, que la bruja travesti podía salvarme. La solución estuvo todo el tiempo enfrente mio, adentro mio. Mis hijos, mis padres y sobre todo Luciana, ellos eran en quienes debía apoyarme, no en la gran maestra mafiosa. Fui perdiendo la confianza, minando mi autoestima, ahogandome en un poso depresivo. Creo que mi estado de ánimo fue como un imán para los accidentes y poco a poco se fueron transformando en una obsesión insoportable.


Ahora, aquí arriba, todo es celeste y limpio, por donde mire, no se ve nada, solo aire infinito. Tiempo que no disfrutaba de una paz tan grande. La melodía me adormece, obligándome a bajar los parpados. Continúo subiendo. Atrás dejo los meses mas horrible de mi vida.


En el momento presente están este avión y Londres. Vuelo hacia la capital británica, los juegos me esperan. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me duermo feliz, sintiendo la cálida mano de Luciana que envuelve la mía.

31/5/12

III LA MALDICIÓN EXTENDIDA












          Entré por la puerta de la cocina en puntitas de pie. Luciana lavaba ropa en el fondo y los niños no habían regresado del colegio. Tras entornar la puerta, bajé las persianas y me recosté panza arriba en la cama grande. Todavía sentía un ligero dolor en el área del ex apéndice, tres semanas después de la operación aun me costaba caminar con normalidad. Tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano a la tardecita y empezar a entrenar. Cuarenta y cinco días me separaban de la fecha límite para ingresar a los juegos y en cuarenta y tres se correría el selectivo final, la serie mundial en Madrid. No pensaba que iba a ser necesario salir del país para alcanzar la marca, pero no me quedaba alternativa… siempre y cuando no me sucediera otra desgracia.


 Quería relajarme, analizar lo sucedido en el antro del manosanta. Lo recomendable seria no comentarle nada a mi esposa, no creo que lo entendiera. Nadie debía enterarse de lo acontecido esa mañana.


Apagué el celular, abracé con fuerza el osito de felpa de mi hija, que habia recogido a la pasada  y bajé los parpados. Buscaba proyectar en mi mente una imagen que me trajera paz, que me ayudase a descansar. Una y otra vez el desagradable rostro de la tarotista se me aparecía. Abrí los ojos inquieto, justo en el momento que sonaba el teléfono de casa y un instante después Luciana se aparecía y sorprendida al encontrarme, exclamaba:


—Ah, llegaste, no te escuché. Mas tarde me contás que tal te fue en lo del medico. Ahora contesta el teléfono, te llama una tal Cristina.
           —¿Quién es? —me preguntó  fingiendo desinterés mientras me entregaba el tubo.

21/5/12

II GRAN MAESTRA CRISTINA, TAROTISTA

W.G.G


No fui inmediatamente. Necesitaba al menos unos días de convalecencia, en los cuales me devoró la ansiedad. Una semana más tarde, como a las nueve de la mañana,  me hallaba parado abajo de la oficina (o de la covacha) de Cristina la bruja mayor. Buenos Aires, casi llegando a 25 de junio, pleno microcentro de la ciudad


—Puta que buena locación, —pensé— le debe ir re bien a la guacha.


Unos escalones de mármol blanco me acercaron al segundo piso, donde me recibió una maciza puerta de madera, a media altura y a la derecha, una placa de bronce decía: Gran Maestra Cristina, Tarotista.


Aspiré con ganas, el corazón aceleró su tamborileo. Miré la pequeña ventana que coronaba la escalera, como planeando una vía de escape. Había comenzado a chispear y un grupo de torcazas buscaban la protección del alero. Me pregunté si es que habría niebla, o era mi estado de ánimo el que pintaba de gris el paisaje. El dedo no alcanzó el timbre, lo detuve en la mitad del trayecto.





6/5/12

LAS SIETE PLAGAS... Y UN CHIN MAS

                          I   CUANDO ESTAS DE CULO...
             
                                                            
W.G.G
           —¿Qué te pasa ahora? —inquirió Luciana esforzándose por despegar sus lagañosos ojos y mantenerlos abiertos.
            Me encontraba de rodillas sobre las baldosas, como rezando, con los antebrazos apoyados en la cama y las pupilas borrosas por el llanto. Puños y dientes apretados y esa hiriente punzada bajo el hígado que me convertía en un patético bicho bolita humano.
—No sé que mierda tengo, es un pinchazo fuertísimo, como a la altura del apéndice —contesté con voz forzada conteniendo la respiración.
—¡Hay mi querido, te han caído las siete plagas de Egipto! — acotó mirándome con pena mientras se incorporaba cubriéndose los hombros con un sweater de lana blanca.
Afuera, un clima gélido había cristalizado las calles de la ciudad capital de Entre Rios. Unos rayitos de sol se filtraban por entre las nubes, calentando apenas el aire paranaense. Era domingo, finales de febrero, año 2012 y me encontraba coronando los peores cinco meses de mi vida.
         —Te preparo un tecito de cedrón y te lo tomas con una cafiaspirina. Tranquilizate, ya se te va a pasar, por ahí es solo un pedo atajado —intentó calmarme mi esposa a la vez que me ayudaba a sentarme en un sillón del living.








3/4/12

ATAJO A LA NADA


W.G.G

La sombra que nos tira el arbolito no alcanza ni para cubrir el hormiguero que nos ha desalojado del lugar, obligándonos a recibir al sol de frente y sin filtros. Al costado del sendero de tierra, con Azul a más de trescientos kilómetros tras nuestras espaldas, nos rostizamos esperando el transporte que nos saque de este peladero del demonio.  Salimos cinco días atrás de Mar del Plata sin un peso en los bolsillos, con dos mochilas gigantes de las que penden ollas y zapatillas. Como provisión, una bolsa de pan duro y de bebida solo la transpiración, pues a esta altura creo que ni saliva juntamos. El regreso al sur mendocino, que como mucho debería habernos insumido tres jornadas, se está convirtiendo en una verdadera pesadilla.
Tres aguiluchos desplumados esperan pacientes desde el único árbol, además del nuestro, que quiebra la planicie en kilómetros a la redonda. Principios de febrero del ochenta y dos, una de la tarde, cuarenta grados y subiendo. Carlitos voltea la cabeza y me mira sin verme, sus ojos atisban el humeante panorama donde el camino se zambulle en el cielo.
—¿Que hacemos acá mocha, a quien carajo se le puede haber ocurrido subir a ese camión de mierda? —exclama el menor de los Martini con un hilo lastimoso de voz. 
—A Carlitos, ¿a quién otro? —contesto más resignado que molesto, carraspeando con fuerza para eliminar un molesto trocito de pan atorado en mi garganta y cierro los ojos obligado por el resplandor.



4/3/12

El oro de los mayas

                   
W.G.G

Para ser tan temprano, ya hay una humedad y un calor de los mil demonios, estos otoños miamenses son un chiste. Me siento pegajoso, incómodo,  para colmo no he podido cerrar un ojo, toda la maldita noche pensando huevadas. Ya son las seis y estoy sentado en mi cama,  respaldado en la pared, chupo unos mates mientras repaso por quinticienta vez los extraños hechos que, en solo medio año pusieron culo pa' rriva mi vida. Me hallo en una encrucijada única e irreversible. No me quedan dudas que mi porvenir quedará ligado para siempre a la decisión que estoy por tomar.
Nunca fui un oportunista, de astuto tengo muy poco, se puede decir que me han vivido cagando. Por honesto y huevón estoy donde estoy, un cuartito inmundo con un baño que pasa tapado, en el medio de Little Haití. Laburo por el mínimo en El Malecón, un restaurante cubano enclavado en el medio de Hialeah y mantengo la esquizofrénica utopía de vivir en el futuro de las pelotudeces que escribo.
Década y pico que mis pasos desgastan las calles de Miami, lo poco que ahorré en mis primeros años en la capital del imperio, me lo gasté en un casamiento por los papeles. Siempre me dijeron que si estaba legal iba a conseguir un mejor trabajo. Mierda, aquí estoy, cinco años con green card y peor que nunca.

25/2/12

DE ESAS AGUAS QUE REGABAN NUESTROS SUEÑOS

     

      Walter G. Greulach

          Una cortina de algodones cenizos amenguaban al criminal sol de enero. Al resguardo de dos sauces reposábamos tras traqueteada mañana. Un puñado de teros y un trio de urracas chapoteaban en ruidosa jarana más allá de la curva. Era domingo y la ruta a Jaime estaba vacía, ocasionalmente salía un auto del club Banco y se desplazaba sobre el puente, entre el vapor de la siesta, como en cámara lenta. Todo se mueve en cámara lenta a esa hora del día. A nuestras espaldas, en la estación de servicio de los Barroso, un flaco aindiado luchaba lo indecible para acomodar un bidón con veinte litros de Kerosene sobre la parilla de su bicicleta. Desde lejos nos llegaba el ronronear de alguna que otra avioneta tratando de sortear la despareja pista del Aero Club.
Mi recuerdo no atesora rostros, solo sensaciones como: plena naturaleza, paz, libertad, compañerismo. Podrían haber estado Tito, Néstor, Carlitos, quizás Iván o Gustavo, los nombres no vienen al caso. Nos veo sentados sobre el pedregullo musgoso, con el agua a la altura del pecho, las caras coloradas, la risa a flor de labios. Seguro era domingo, aventuremos un año, 1979. Estaríamos hablando sobre bueyes perdidos y vacas voladoras.Gastábamos minutos esperando que nos bajara el asadito y el par de porrones que nos acabábamos de embuchar.

10/2/12

Diario de un oncólogo arrepentido




      29 de febrero
No es que desperté esta mañana y tomé así por así la decisión de abandonar todo y marcharme al campo. Lo de ayer a la tarde  fue el detonante, pero el proceso había sido lento, desgastante, mortificador. Por tres décadas y pico había venido violando el juramento hipocrático, al principio con poca noción de la barbaridad que estaba (estábamos) cometiendo. En los años recientes, a medida que se iban esclareciendo las cosas (siempre estuvieron claras pero no queríamos aceptarlo), fui adquiriendo conciencia y me descubrí tal cual era, un minúsculo engranaje del mas monumental y maquiavélico de los negocios. 
          Tuvo que sucederme esto para decir basta, para sacar la cabeza del inmundo hoyo e intentar (por poco tiempo lo se) respirar aire puro. Aunque no voy a engañar a nadie con hacerme el ético a esta altura de mi vida. Seria distinto si lo hubiese hecho mucho tiempo atrás, cuando recién empezaba a practicar y no tenia adonde caerme muerto. Ahora con medio millón en la cuenta bancaria, mis hijos criados y lejos, sumado a millares de pacientes enterrados con mi ayuda, seria la madre de los cínicos si me hago el quijote verde.

9/2/12

ESCABECHITO (Epílogo)




            Seis años pasaron desde la muerte del diputado nacional y del último encuentro con el mercader de delicatesen, Tito se había retirado a disfrutar de su jubilación a orillas del Traful, en la villa del mismo nombre. Compró una casa quinta, pequeña pero confortable, realizando así el sueño de toda una vida.
Aquel mediodía de marzo leía la edición dominical de La mañana, sentado en una reposera a la vera del lago. A cada tanto sacaba con un tenedor un pedazo de escabeche de un frasco apoyado sobre una mesita replegable de campin. También había un plato con cuadraditos de queso gouda, pan casero y una botella con un pinot noir de novela. Sus ojos pasaban de las páginas del periódico a una boyita roja y blanca que, como a cuatro metros de distancia, se bamboleaba sosteniendo un anzuelo. La caña de pescar apoyada en una horqueta, de fondo Paco de Lucia y su guitarra, mezclado con el trinar de los pájaros y el arrullo de las olas. Un cielo azul en alevosía, el verde de las coníferas, la transparencia del lago, el blanco de las montañas nevadas… que más podía aspirar nuestro querido Tito, toda la paz del mundo rendida a sus plantas.
            Tras un par de minutos la tanza comenzó a temblar y la boya se sumergió un instante volviendo luego a emerger. Nada de esto acaparó la atención del hincha granate, un reportaje a doble página en el centro del diario lo había congelado.

6/2/12

ESCABECHITO (segunda parte)

         ConejoEscabeche1


                                                  -DOS-
Seis meses transcurrieron y pese a que Tito dio vuelta Buenos Aires buscando al bendito flaco, no encontró ni la más remota pista. Por alguna poderosa razón se retiró del mercado, se lo había engullido la tierra. Pensó en realizar otra tanda de análisis más exhaustivos en el laboratorio, pero prefirió no levantar la perdiz y evitar que otros se pusieran al tanto de lo sucedido. 
Walter, otro de los pocos adictos al escabechito, le reclamaba novedades a cada momento, diciéndole que extrañaba horrores las conservas. Nunca le confió lo del laboratorio y cuando sacaba el tema, trataba de eludirlo de cualquier manera. Quería tapiar el recuerdo para siempre en su memoria y con el desgaste de las horas lo estaba logrando. Entonces llegó la fatídica carpeta asignándole a su departamento la nueva investigación.

3/2/12

ESCABECHITO


W.G.G

                       -UNO-

—¡Puta si hay tipos raros en este mundo! Gente a la que el término exótica no le cabe, simple y llanamente una parva de locos de mierda —reflexionaba  el detective Gabriel Alberto Giannoni mientras releía asombrado el informe del laboratorio sobre el contenido del frasco con forma de conejo y sentía un sabor entre acido y amargo escalando por su laringe.
            Había degustado por años esas exquisitas conservas y ahora que se enteraba de su verdadero contenido, le asqueaba el hecho de haberse convertido en una especie de adicto a ellas. Allí estaba como encandilado en la entrada del laboratorio, mas no le interesaba tanto desentrañar el misterio de la procedencia de los frascos, como el elaborar un plan de acción para que familiares y amigos no se enteraran en que consistía el apetitoso manjar con que los agasajaba en cuanta ocasión podía.

8/1/12

EL OTRO RAFA - EPÍLOGO



W.G.G

        La  mano temblorosa asió mi muñeca. Una voz idéntica a la mía lo excusó de toda presentación. Allí estaba el otro Rafa, arrodillado junto a mi cama, corporizado en un acto más satánico que divino. El horror y no la presión de sus dedos me hizo  soltar el frasco, el cual al tocar el piso pareció estallar en un estruendo interminable. Tardé años en enfrentarme a sus ojos, en comprender que no soñaba y que estaba allí realmente, en asimilar sus ruegos para que no tomara las pastillas. Dos brazos musculosos me abarcaron apretándome con fuerza, los segundos caían lentos indescifrables. No pude, ni quise moverme un centímetro, ni siquiera cuando apoyó sus labios en mi frente. Sus ojos…  mis ojos, me miraban con abismal dulzura.
            Comencé a sentirme mejor, era el encuentro con alguien con el cual habíamos compartido todos los segundos de vida. Al fin lo asumí parte de mi sangre y una hermosa sensación, mezcla de esperanza y amor baño mis terminales nerviosas. No tengo idea cuantos minutos desgastamos llorando así abrazados.

11/12/11

EL OTRO RAFA (segunda parte)

                                             
                                -CUATRO-


¿Quién maneja a quien? Anoche intenté pasármela en vela y más allá de tomarme dos cafeteras llenitas, no lo logré. A las dos de la mañana estaba roncando a moco tendido. Él, como ha pasado siempre, se despierta a la misma hora en que yo abrazo a Orfeo. Hoy abrí los ojos a las tres de la tarde, el muy cretino se quedó despierto hasta las tres de la madrugada. Cada vez duermo más, estirando sus empalagosos días.
¿Quién maneja a quien? me pregunto.  Para el otro Rafa es fácil, posee un trabajo en el cual no debe rendirle cuentas a nadie, es el jefe. Hace y deshace a su antojo y todos le tienen aprecio. Por su culpa perdí mis últimos trabajos, me fue imposible cumplir los horarios. Moriría por tener sueños normales, distintos o no tenerlos directamente, llevar dos vidas es estresante, sobre todo cuando la verdadera es una mierda.
He probado toda clase de somníferos, don Oscar me recetó, como unos cinco años atrás, unos, según él, infalibles interruptores de sueño, testeados con éxito en pacientes aquejados por pesadillas insoportables. Conmigo fracasaron, solo me jodieron el estómago y ni siquiera dormía mejor. En una etapa de mi vida me obsesioné (como ahora) con la idea de ser Stuart, de incorporarme totalmente a su bella cotidianeidad. Pensé que si encontraba la forma de dormir mucho tiempo, en algún momento se produciría un clic y le diría adiós a este gastadero de días sin motivo. Una sobredosis de pastillas casi me mandan al otro mundo, no a de él, sino al celestial, o infernal, quien sabe. Creo estar más próximo a este último. Estuve nueve días inconsciente, nueve días plenos en Darwin. ¡Que feliz fui!  Descubrí que en ese estado él vivía normalmente, sin depender de mí para nada y que solo tenía que encontrar la forma de prolongar el coma indefinidamente.

18/11/11

EL OTRO RAFA (Primera parte)



W.G.G


          -UNO-

          
       —Desde siempre —musitó estirándose en el sofá y encendiendo un cigarrillo, de esos inodoros de plástico.
            —¿Cómo que desde siempre —preguntó el flaco pelón que estaba sentado a su derecha mientras rotulaba una carpeta con el nombre de Rafael Zarate.
            —Bueno, por lo menos desde que me acuerde. Con decirle que en mi cumpleaños número trece mi mejor amigo era un siquiatra y en vez de confites, lo que había para comer eran pastillas antidepresivas. Desde que portaba pañales hubo un cura locos en el centro de mi vida. El ultimo, Don Oscar, fue mi confidente por más de siete años, siento como si hubiese perdido a un padre —agregó el hombre con pesar.
            —Lo sé y espero serle tan útil como lo fue Don Oscar. Días antes de fallecer tuvo la cordialidad de acercarse a mi consultorio con su historia clínica y me pidió por favor que me hiciera cargo de su caso. No se podía marchar tranquilo sin saber que su salud estaba en las manos adecuadas, él también le tenía mucho aprecio —dijo el profesional apoyando la mano en el hombro del recostado.
            —No tiene ni idea lo que ese señor significaba para mí, no sé que voy a hacer ahora sin sus consejos —sollozo el hombre.
            —No se preocupe, confíe en mí, Don Oscar fue, además de mi mentor, un gran amigo y me encargaré de su caso por el tiempo que haga falta y sin cobrarle ni un centavo —dijo Felipe Giqueaux observando a Rafael como si de su ídolo de rock se tratase.

13/11/11

EL CURA Y EL JARDINERO (Llevado a la pantalla grande por mi amigo el director dominicano Manuel Paulino)

W.G.Greulach

https://www.youtube.com/watch?v=HLtScAss2Jc (Enlace al trailer de la pelicula)

            Se siente embotado, la cabeza le da vueltas, es como si le estuvieran pegando con las palmas de las manos en los oídos. Comienza a moverse lentamente pero sus pies están quietos. Se eleva entre ruidosos nubarrones cargados de estática, la electricidad entra por todos sus poros. Comienza a percibir una luz, una intensa energía que brota incontenible de su interior buscando una salida. Su cuerpo se hincha pleno de luminosidad. Su tórax, sus brazos, sus piernas comienzan a agrietarse y de repente explota cayendo en mil pedazos. Cada trocito tiene un ojo a través de los cuales ve como la tierra se acerca a mil por hora Presiente el golpe final, el dolor, miles de retinas nublándose, gritos, miedo, impotencia…  
             Entonces, como en tantas pesadillas, está sentado en el borde de la cama matrimonial, con ese ridículo traje de pato Donal que le ponían para ir al jardín de infantes. Ve por centésima vez como su madre humilla a su padre, lo trata de inútil, bruto, impotente. Le dice que gracias a Dios tiene a Julián el vecino que puede satisfacerla cuando ella quiere y que bien merecido se tiene los cuernos por maricón.    
             Como en cámara lenta y con un fondo que va cambiando lentamente del celeste al rojo observa a su querido progenitor.  El ser humano a quien más ama en esta tierra, saca el arma del cajón de la mesita de luz -en cada sueño el revolver es distinto- y le dispara a esa perra dos, tres, cuatro veces hasta quitarle el último halito de vida. El hombre fija luego su mirada en el niño y ese inolvidable rostro es una expresión de súplica, de ruego, un lacónico pedido de perdón. Una lágrima, que siempre le parece gigante, no le alcanza a llegar a la comisura de los labios cuando el tiro -con el que se vuela su padre la tapa de los sesos- retumba en un eco infinito.

30/10/11

VII - La víbora y el salto de las rosas

 
  W.G.G        
      Atardecía cuando bajé del trole. El aire estaba pegajoso y no había dejado de lloviznar en todo el día. Aparte del French Quarter, este es el lugar que más me atrae de New Orleans, quizás porque preserva ese ambiente colonial de siglos atrás, con sus magníficas residencias de madera enmarcadas en solidas columnas y frescos porches vestidos de reposeras y plantas colgantes. Hay templos por todas partes, jesuitas, dominicos, judíos, etc., etc., es como si doscientos años atrás se hubiesen peleado sin cuartel por la incorporación de los feligreses de la zona. Aunque lo que realmente me fascina es la línea de tranvías que divide en dos a St. Charles, y luego a Carrolton Ave., posee esos encantadores carros naranjas de principio de los mil ochocientos.
            Me interno al barrio por una de sus angostas calles, un aire mítico envuelve el paisaje, aquí el reloj se resiste a avanzar, como si mil duendes nos sobrevolaran custodiando la historia. Frente a la casa de Carina, un cementerio ocupa toda la cuadra, por su doble puerta de rejas oxidadas se vislumbran tumbas centenarias. Un cartel me informa algo del pasado del Lafayette Cementery.  Fue cerrado por falta de espacio en la segunda parte del siglo diecinueve, aquí hay enterrados un puñado de celebres cadáveres y cientos de muertos normales. Funcionarios públicos, músicos y cantantes de jazz, empleados ferroviarios y algunos tísicos anónimos, entre otros, comparten sus huesos. Si hasta Brad Pitt anduvo aquí en su entrevista con el vampiro.