29/6/11

Muerte en tránsito



W.G.G
Amanecía, un gris enchastrado de naranjas cubría la playa San Miguel del Puerto San Martin. Aquel treinta de Abril, el Mercedes rojo se estacionaba con veinticinco mil kilos de soja al final de una columna como de veinte camiones que aguardaban la autorización para ingresar al puerto. Estaba fresco y había llovido toda la noche. Un grupo de palomas y gorriones picoteaban los restos de granos desperdigados sobre el cemento. Un poco mas allá, tres o cuatros camioneros tomaban mate y cada tanto lanzaban estertóreas carcajadas.

Iván chasqueó la lengua contra los dientes buscando sacarse un resto de medialuna escondido en el agujero de una muela recién sacada. Como a las cinco y media se había detenido a desayunar en una estación de servicio y aprovechó para comprar un paquete de marlboro y pilas para la linterna. Sintonizó LT 8, el panorama informativo estaba por comenzar. Prendió un cigarrillo y tras pegarle la primer pitada con furia, recostó el asiento un poco mientras con la otra mano saludaba a Edson, un brasileño con el cual había compartido largas esperas en los meses pasados. No le hizo mucha fiesta porque quería descansar un poco y el carioca hablaba hasta por los codos. Despues de estirar las piernas, entornó los parpados y suspiró profundamente.

—Diez días mas y no vuelvo a subirme en mi vida a un puto camión —le había dicho unos días atrás a Sofía su mujer, con los ojos nublados por la emoción. La imagen de sus hijitos, Joaquín y Anabella, llorando porque no iba a pasar semana santa con ellos, no lo dejaba ni un instante.— Te juro que será mi ultimo viaje y después me consigo un laburo fijo acá en el pueblo.



Iván tenia veintiocho años y hacia ya diez, desde que terminó la secundaria, que era camionero. Primero transportando electrodomésticos desde Brasil y ahora acarreando soja y maíz a los puertos santafesinos. Trabajaba mas que nada para Bunge y Monsanto.

Movió el dial deteniéndose en una melodía de Víctor Heredia que le encantaba, se llamaba Mara y la cantaba con Joan Manuel Serrat. Empezó a tararearla pensando que en unos ocho días estaría con su familia en Plaza Clusellas y de allí no lo sacaría ni el camión mas hermoso. Ahora sólo le restaba esperar un par de horas. Hasta que le dieran el visto bueno a la carga que llevaba, de lo contrario el garrón seria tremendo. Si le encontraban gorgojos en la soja, tendría que aguardar unas cuarenta y ocho horas para que los efectos de las pastillas de fosfina se evaporasen. Se suponía que las empresas cerealeras en estos casos deberían proveerle al camionero en transito, alojamiento y comida. En el mejor de los casos, les daban un sándwich de mortadela con una botella de agua y tenían que esperar en los transportes recién fumigados. Unicamente deseaba que hoy no tuviese que transitar ese penoso tramite. A veces se sentaba por horas en una sillita de plástico a la vera de la ruta, bajo un árbol, cuando lo encontraba, y con un libro más la radio portátil trataba de entretenerse hasta que los efectos del veneno se desvaneciesen. De a tanto le arremetían unos dolores de cabeza terribles seguidos por nauseas. Su mujer le decía que eran esas porquerías que le ponían a los granos.

—Deja esa mierda de trabajo —le recriminaba siempre Sofia.— Es como trabajar en una cámara de gas a cielo abierto.

—Pensá en la buena plata que deja esta mierda de trabajo, como lo llamas vos. En un tiempito podremos cambiar la camioneta, que ya no da más, y terminar de pagar el chalecito —le respondía el joven, tratándose de convencer que el riesgoso sacrificio valía la pena.

Cerca del mediodía, cuando el comentarista de deportes comentó sobre las elevadas chances que tenia Rosario Central para descender de categoría, Iván, un canalla de ley, antes de quedarse dormido musitó: —¡Ni en tus sueños queridito!

Se despertó con la respiración entrecortada, bajó el vidrio con desesperación. Le faltaba el aire y la cabeza le zumbaba como si tuviese una colmena adentro. Abrió la puerta y al tratar de descender se le doblaron las rodillas, por poco se clava de cabeza, un providencial manotón al espejo retrovisor lo salvó del golpe. Confundido y con los ojos nublados trató de enfocar a las dos personas paradas a la derecha de su acoplado. Por la camioneta roja, intuyó que eran dos empleados de la empresa de fumigaciones que trabajaba para la cerealera. Los tipos lo observaban con curiosidad, el mas gordo preguntó:

—¿Se siente bien jefe?

—Un poco mareado nomás, pero creo que estoy bien, solo necesito un poco de aire fresco —dijo Iván pestañando repetidamente para aclarar la vista.— ¿Hay gorgojos?

Puff, una cantidad, pero no se preocupe ya pusimos el fosfato de aluminio y en un par de días ya va a poder entrar al puerto —agregó el calvo mas petiso como esperando el agradecimiento del camionero.

—¿Pusieron las pastillas mientras yo estaba arriba? —inquirió sorprendido el muchacho sintiendo como su cien palpitaba dolorosamente.

—Fue solo una media hora atrás, pero no se preocupe, no le va a pasar nada, esto es inofensivo para el ser humano. Cuídese, nos vemos —se despidió como si nada el obeso de delantal azul.

Iván se apoyo con dificultad en el capó de su vehiculo y aspiró con dificultad, ahora le dolía el pecho y la zona de los riñones.

—Ya se me va a pasar —se alentó el camionero. No era la primera vez que se sentía así, aunque ahora parecía mas seria la cosa.

Buscó la silla replegable, la radio y el libro y se acomodó bajo un arbolito a la orilla de una cuneta. El vientito fresco lo reconfortó un poco. Cerró los ojos y visualizó los queridos rostros de Sofía y los chicos.

—Unos días mas Ivancito —se dio ánimo mientras abría una selección de cuentos del negro Fontanarrosa.

Edson el brasileño lo encontró muerto en la misma silla sólo unos minutos después.

3 comentarios:

WALTER GREULACH dijo...

SANTA FE | Trabajador de la empresa BUNGE muere intoxicado con Fosfuro de Aluminio
18 junio 2010, 1:08 PM
Archivado en: Novedades | Etiquetas: agrotóxicos, fumigaciones

Santa Fe, Argentina, 7 de mayo de 2010. Iván Podevils era de la localidad de Clusellas y tenía 28 años. Se ganaba la vida conduciendo camiones con grano hasta el Puerto San Lorenzo para la empresa Bunge.
El 30 de abril llegó como siempre a la playa San Miguel del Puerto San Martín pero le dijeron que traía el cereal con insectos y que había que fumigar la carga antes de bajarla. Dicen que echaron “fósforo de aluminio” con Iván en el interior de la cabina del camión.
Minutos más tarde se sintió descompuesto. Se acercó al puesto del supervisor, pero cayó y empezó a tener convulsiones. Los compañeros llamaron una ambulancia, pero al llegar, Iván estaba muerto.
Los camioneros (que pertenecen a Bunge y operan en Terminal 6) indignados hicieron una protesta y presentaron quejas, declarando a quien quisiera oírlos que no era la primera vez que sucedía. Según publica hoy el diario “La Voz de San Justo”, el padre de la víctima comentó que la médica forense encargada de la autopsia le informó que en 27 años de servicio nunca había visto un caso similar, ya que tenía todos los órganos desintegrados como si hubiera sufrido una caída desde un décimo piso.
Vicente Bouvier titular de la Federación Argentina de Transporte de Cargas cargó contra “práctica aberrante” de fumigar el cereal dentro de los camiones. “Iván transportaba 25 mil kilos de soja, era el último viaje que hacía porque me había dicho que dejaba el camión, que estaba siempre lejos de la familia…”, señaló Podevils.

“El cereal que llevaba Iván en su camión se fumiga, porque es soja”. Dijo su compañero Mario Guizzo. Los compañeros denuncian que los obligan a fumigar los camiones, les reparten comida y deben dormir en los mismos camiones fumigados. Si aceptan, afirman, no les dejan entrar al puerto.
Hoy, viernes 7 de mayo, trascendió que hay otro camionero intoxicado, internado en estado delicado, oriundo de Los Quirquinchos, con todas las caraterísticas de la intoxicación por plaguicidas, y que pertenece al mismo grupo y a la misma empresa Bunge.
“Paro cardiorespiratorio”
Ese es el dictámen. Todos, TODOS morimos cuando se detiene el corazón y ya no respiramos más.
¿Cuándo se franqueará el verdadero origen de la muerte? ¿Cuándo los profesionales de la salud honrarán a la verdad y pondrán: “Muerte a causa de exposición aguda a pesticidas”?
Esperamos ese momento, pues a partir de allí, la gente podrá conocer la realidad, y dejará de decir: “pero si nadie se muere con eso”.
Si. Se mueren con eso. Pero nadie tiene la valentía en un país sojero, de ponerlo por escrito.
Fuente: RENACE Argentina

Anónimo dijo...

Muchas gracias Gerardo.
Muy bueno como los que ya nos tenés acostumbrado.
Pudiste leer el relato de mi hijo, me refiero al viaje al sur. Que suerte tuvo en hacerlo este verano, pues el que viene parece que solo cenizas habrá!!

Cariños a tu familia.
Un abrazo
Robin

Anónimo dijo...

vaya susto Walter de plano me asutaste, un abrazo.
,estupendo, como siempre.....


SALUDOS Y BUENOS
DESEOS PARA TODOS

http://galaranovel.blogspot.com