31/12/12

No Era Para Nosotros mi Vida



W.G.G
           
      —Por algo sucede, cuando no es para vos, no es para vos y no hay vuelta que darle, no te aflijas en vano mi vida —le había dicho más de una vez Alejandra, con un determinismo insoportablemente sínico. Nunca había creído en el destino, pero ahora  sentado en la primera hilera de sillas enfrentadas a la monumental pecera, recordaba la muletilla de su mujer mientras buscaba desesperado el papelito en sus bolsillos.

            El espectáculo era sublime, dos focas jugueteaban con tres belugas blancas. Las ballenas perseguían a los “perros de mar” dándole mordisquitos cariñosos cuando los alcanzaban. Esta tierna escena poco importaba a Pablo, se incorporó y con el rostro crispado volvió a revisar frenéticamente su camisa, los pantalones y la campera. Dos sillas a su derecha un niño gordo y pelirrojo lo observaba con curiosidad, el perturbado individuo parecía atraerlo mucho más que los acuáticos danzarines.

Eran las cuatro y cuarenta de un plomizo y frio día de noviembre y el acuario de Atlanta comenzaría a cerrar sus puertas en apenas quince minutos. Solo disponía de ese tiempo para recorrer los lugares donde pudiese haber extraviado el bendito billete.

Siete minutos atrás se enteró de que era uno de los dos ganadores del powerball record en la historia de los Estados Unidos. Sucedió cuando, tras ponerse de acuerdo con su esposa y sus hijos sobre el lugar donde se encontrarían, enfiló nuevamente hacia el tanque de vidrio donde se encontraban las focas y las belugas. Los niños querían comer donas y él deseaba apreciar una vez más a aquellos animalitos a los que amaba tanto. En la entrada al anfiteatro de cristal, vio un televisor que difundía los números ganadores. Eran los suyos. Había lanzado un grito ronco y entrecortado buscando apoyo en una columna salvadora ante la súbita bajada de presión que puso a temblequear sus piernas. Luego se derrumbó en la silla en la cual se encontraba ahora tardando solo un par de minutos en percatarse de que no encontraba el ticket premiado.

4/12/12

Emilio, el Caminante




 
w.g.g


 
            Colapsaba el día, se derretían las alturas chorreando colores sobre el rio Paraná. Un abanico de naranjas, rojos y amarillos opacaba  todo lo demás volviendo difuso el horizonte. En ese  instante no existía nada, solo aquel atardecer, y el dolor de la belleza obligó al hombre a detener su marcha y apoyar la viga sobre la arena. Entrecerró los ojos buscando el enfoque perfecto y disparó el obturador incorporando el paisaje al álbum mental donde almacenaba los instantes sublimes de su existencia. Con que poco se conformaba Emilio, aquel era otro de esos momentos que justificaban su poco apego a lo material. A los setenta y siete años derrochaba fuerza y optimismo. Poseía una salud de toro y el cariño de una inmensa familia.

—¿Qué más puede necesitarse para ser feliz? —comentaba cuando veía a alguien complicarse inútilmente la vida.


Desde los catorce años laburaba de albañil, doce horas al día, seis días a la semana. Heredó el oficio de su padre y se lo legó a sus cuatro hijos varones.


—Si uno trabaja mucho, se entretiene y no le sobra el tiempo para ponerse a pensar en tonterías — repetía a sus nietos.

Poseía el paranaense una gran pasión por el caminar y eran la huerta y el partido radical sus únicos vicios permitidos. A pie, iba y volvía de la construcción, no importaba lo lejos que está se encontrase. A veces lo separaban de la obra, diez, quince o hasta veinte kilómetros, no eran nada para él. Salía de madrugada y regresaba con la luna como compañera.

En un anochecer, al comienzo de su último retorno, es donde lo ubica mi relato. Había trabajado en la construcción de la cabaña de un amigo a la vera del rio, unos cientos de metros arriba de la toma vieja. Apenas seis kilómetros lo distanciaban de su casa en la esquina de Soler y Vucetich. Salió más temprano de lo habitual pues era noche de miércoles, noche de comité y se acercaban las elecciones. Encontró en el camino una viga de buena madera que le vendría de perlas para apuntalar el techo de su galponcito, enclenque desde la pasada tormenta y sin pensarlo dos veces se cargó el pesado listón al hombro.

4/11/12

El Incomprendido (o de como Romeo Ultimó a Julieta)


W.G.G

Los rayos del sol recién nacido iluminaron con desgano la casucha de madera y chapa. Escondiéndose detrás de las montañas de basura el astro rey había evitado, al menos por unos minutos, tener que alumbrar tan desagradable paisaje.

            En la cuadra 8 de la sección 25 de la Villa Misericordiosa un barbado hombre casi en harapos, sumergido en una angustia indescriptible, se despedía de su ser mas preciado. Arrodillado junto el sucio catre de lona, enjuagábase una lágrima con la mano izquierda mientras con la derecha peinaba tiernamente la cabeza de ella.

            Romeo, es mejor que pase sus ultimas horas en una institución especializada, así le evitamos sufrimientos innecesarios le dijo el médico de la clínica con una pose de falsa humanidad.

Él se negó terminantemente e insistió en llevársela a la villa.

A nuestro nidito de amor le explicóallí compartiremos los últimos momentos de vida.

Le pidió unos calmantes para hacer más llevadera su agonía y salió llorando con ella en brazos ante la mirada atónita del personal de la clínica. Un remise lo esperaba en la calle.

            Ahora a la distancia las palabras del profesional  retumbaban en sus oídos: Una enfermedad nerviosa degenerativa, de carácter terminal, le quedan tan solo unos días de vida. 

            A mi también Romeo susurró quedamente.

La vida carecía de sentido sin su Julieta, ya no tenia dudas que el camino a la eternidad lo emprenderían juntos.

8/10/12

El Libro de Los Estados de Ánimo


 

W.G.G
                                                                          I
           
          
           Oscar Fritz Herztog retorna al terruño que lo acunó de niño, un atardecer de primavera, en el año doce del tercer milenio. El verde frescor de Olmos y casuarinas sale a recibirlo. Abre la tranquera y se encamina hacia la casa que él mismo (junto a su abuelo, padre y hermanos) edificó a finales de los cuarenta.

            Sobre Línea de los palos, a unos seis kilómetros del pueblito de Jaime Prats, se encuentra la finca de solo nueve hectáreas, aunque en su niñez le parecieran todo un continente. Poco luce diferente, allí esta la hijuela entre dos filas de membrillos, el lugar en donde con Rainer su primo mayor, y en una play boy robada un amigo de Real del Padre, vieron la primera mujer desnuda. Por allá, el roble centenario dividiendo los chiqueros vacíos y los restos de madera del entrañable refugio que, hasta con puertas y ventanas, erigieron con Edgardo y Roberto sobre el árbol amigo. Los mismos ladridos (otros perros) proveniente de las casuchas emplazadas en los tres puntos estratégicos, según su abuelo, para custodiar la casa. El horno a leña, al costado del gallinero (que como mucho alberga hoy seis gallinas y uno o dos gallos) y la visión instantánea de las nochecitas de empanadas lechón y pan casero que solían disfrutar con la alemanada de la zona. El bosquecito de pinos junto a la vivienda y el momento de escoger la rama más derecha para la noche buena o la belleza de verlos emblanquecidos por alguna rara nevada de julio o agosto.

Hertzog regresa tras cincuenta y tantos inviernos. Setenta y tres años matizaron de gris sus cabellos. El paso largo y decidido disfraza su edad, va sin miedos, convencido de lo que debe hacer. Sin tristezas, con la curiosidad de un bebe que vuelve a introducirse al vientre materno. No hay nostalgia, se dice una vez mas, no se añora lo que no puede volver a vivir. O por lo menos eso se forzó a creer cuando puso el primer pie en Alemania,  creer que allá en la fría y distante cuna de sus antepasados, estaba el único futuro posible.


17/9/12

El aventón


 
 

 
 W.G.G




Aquella alborada de agosto me tomó desprevenido, estaba más fría y oscura de lo que hubiese imaginado. El día anterior el termómetro había llegado a pisar los veintisiete grados y la tardecita terminó siendo bastante agradable. Los charcos sobre la propulsores alvearenses, regalo de una copiosa lluvia nocturna, lucían congelados y la primera bocanada de vapor me hizo recular en búsqueda del abrigo apropiado. Mi hermana amenizaba un concierto de ronquidos tras una trasnochada en Kuka y mi abuela había salido bien temprano a ayudar a una amiga que se mudaba a nuestro barrio, o algo así.

Aquí (valga el paréntesis para la acotación) debo hurgar entre mis recuerdos para darle un anclaje creíble al relato. Han transcurrido treinta y tres años y no es sencillo reconstruir lo acaecido, mas allá que la esencia de ello quedó firmada a fuego en mi memoria.

Era gélida la jornada, lo deduzco porque fue entonces que perdí una gruesa campera inflable, regalo de mi tía Hilda, que solo usaba cuando pelaba el frio. También lo de la Chola ausente es dato fidedigno, aunque no su destino. El café con leche con tostadas y dulce casero esperándome en la mesa del comedor, me hicieron percatar que ya era demasiado tarde para manguearle unos pesos para el colectivo y la comida. Podría haber despertado a Sigrid, lo más probable era que además de ligarme una ristra de insultos, mi hermanita mayor tampoco tuviese un centavo. No me quedaba otra que patear hasta Alvear Oeste, cruzando los dedos para que un alma benevolente me diera una cola por el camino.


30/8/12

Ni a Los Ojos del Perro


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A los ojos del perro todo luce blanco y negro dice el mito popular, tantas veces exhibido como verdad irrefutable. Pero esta aseveración no resiste el mínimo análisis científico pues nuestros queridos canes si pueden ver en tecnicolor. Lo interesante es que hay un ser viviente que si posee esta característica y se lo halla en el sur del continente americano. Se trata del argentum obtusus y habita las tierras de ese gran país que tiene como capital a la ciudad de Buenos Aires.






La mitad de los afectados (estamos hablando de un virus) ve todo blanco y la otra mitad todo negro. No hay tonalidades, ni siquiera existen los grises, aunque encontramos unos pocos especímenes inmunes, cuyos ojos aun aprecian los vivos y diferentes tonos que hay en la naturaleza, más no tienen cabida entre los seres de su especie y terminan apartándose.



13/7/12

Lo Sabíamos Muy Bien

W.G.G




           Cortaba ramas secas de los helechos que colgaban bajo el balcón del frente de casa cuando lo vi. Había llovido durante la siesta (siempre garúa sobre New Orleans) y tres horas después, el sol levantaba vapores asesinos que a punto estaban de tronchar mi espíritu jardinero. Apoyé la tijerita de podar sobre el borde de la escalera y bajé un par de peldaños buscando una vista mejor. Pese a los veinticinco años transcurridos, reconocí al instante el andar cansino, la figura encorvada. Debía haber bajado del trolebús en St. Charles y venia caminando por Lousiana Avenue con un pequeño bolso colgando de su mano derecha. Moví la cabeza sin poder escapar del asombro y sali trotando a su encuentro.
 





           Estaba más gordo y pelado, el escaso cabello, recién recortado, lucia teñido de canas. Sus hundidos ojos resaltaban el narizón de siempre.
            Nos fundimos en un abrazo, fuerte y sentido el mio, el suyo frio y lejano, casi obligado.        
— ¡Pablo, hermanito del alma, que alegría verte! —exclamé sin retirarle los brazos de la espalda. — ¿Por qué carajo no avisaste que venias?, te hubiésemos ido a buscar al aeropuerto.
           —No quería molestarlos, ya me instalé en un hotelucho a cuadra y media de Cannal Street, solo quería pasar un rato a verte —dijo fríamente, con los ojos clavados en mis canteros con flores. Era como si le incomodara el estar allí.

 — ¿Qué ha sido de tu vida viejo? ¿Qué haces en Estados Unidos, de vacaciones, o que? ¿Cuándo llegaste? ¿Me hubieses mandado un correo electrónico o u mensaje en Facebook por lo menos? ¿Viniste solo?

Con esos ojos miel, tímidos y tristes, que tan bien conocía, me estudió por unos segundos mientras parecía meditar la respuesta como intimidado por la metralla de preguntas.
          
           —De verdad… ni yo sé que hago acá. La cosa allá no está para nada fácil. Me quedé sin laburo tiempo atrás y llevo meses sin encontrar uno. Me estaba consumiendo los pocos ahorros que tengo, así que me la jugué y vine. Aunque con casi cincuenta pirulos, creo que no fue una buena decisión —dijo con voz entrecortada.

13/6/12

El Hombre al que Parió el Viento





W.G.G
  



            El viento chiflaba entre las copas de los aguarigay que rodeaban el gallinero. Acompañaba su melodía, el retintinear de las hojas recién nacidas, alegres por la proximidad de la primavera y el susurro de las cortaderas que abanicaban al rio. Un torrente de aguas danzarinas desbordaba la acequia llevándose la basura que tapizaba el fondo. Había turno de riego ese amanecer en la  finca de San Pedro del Atuél, transcurría manso aquel  catorce de septiembre.

Una hectárea de pasto ralo por aquí, media de pimientos y tomates recién plantados por allá. Delante del humilde rancho, dos tamariscos, un durazno y un nogal. Tras los chiqueros una huertita con retoños de acelgas, papas, lechuga y zanahorias. Contra la huella, del lado derecho de la entrada,  eucaliptus, de la izquierda, membrillos intercalados con manzanos. Dos chocos somnolientos descansando al reparo de la ramada y a solo un par de metros del mala cara atado bajo un parral, unas diez  gallinas picoteando granos de maíz.

Calma envolvente, solo matizada por los rumores de la naturaleza. Tranquilidad a punto de quebrarse, por lo menos en aquella alborada en que comienza mi historia y termina la de él.


1/6/12

Epílogo - AQUÍ ARRIBA TODO ES CELESTE Y LIMPIO


1024new10004 La luna entre nubes de un cielo azul



Me muevo entre nubes blancas, grises, esponjosas y suaves. Sigo ascendiendo hacia el sol. Abajo se va quedando mi gente, mi tierra. Desde lo alto bajan rayos que inundan mis pupilas. Escucho música clásica, como de arpas, chelos y violines. Me siento liviano, pletórico de energía.  


No creí que todo iba a terminar así, la cosa se me complicó terriblemente. No entiendo como pude pensar, ni siquiera un segundo, que la bruja travesti podía salvarme. La solución estuvo todo el tiempo enfrente mio, adentro mio. Mis hijos, mis padres y sobre todo Luciana, ellos eran en quienes debía apoyarme, no en la gran maestra mafiosa. Fui perdiendo la confianza, minando mi autoestima, ahogandome en un poso depresivo. Creo que mi estado de ánimo fue como un imán para los accidentes y poco a poco se fueron transformando en una obsesión insoportable.


Ahora, aquí arriba, todo es celeste y limpio, por donde mire, no se ve nada, solo aire infinito. Tiempo que no disfrutaba de una paz tan grande. La melodía me adormece, obligándome a bajar los parpados. Continúo subiendo. Atrás dejo los meses mas horrible de mi vida.


En el momento presente están este avión y Londres. Vuelo hacia la capital británica, los juegos me esperan. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me duermo feliz, sintiendo la cálida mano de Luciana que envuelve la mía.

31/5/12

III LA MALDICIÓN EXTENDIDA












          Entré por la puerta de la cocina en puntitas de pie. Luciana lavaba ropa en el fondo y los niños no habían regresado del colegio. Tras entornar la puerta, bajé las persianas y me recosté panza arriba en la cama grande. Todavía sentía un ligero dolor en el área del ex apéndice, tres semanas después de la operación aun me costaba caminar con normalidad. Tendría que hacer un esfuerzo sobrehumano a la tardecita y empezar a entrenar. Cuarenta y cinco días me separaban de la fecha límite para ingresar a los juegos y en cuarenta y tres se correría el selectivo final, la serie mundial en Madrid. No pensaba que iba a ser necesario salir del país para alcanzar la marca, pero no me quedaba alternativa… siempre y cuando no me sucediera otra desgracia.


 Quería relajarme, analizar lo sucedido en el antro del manosanta. Lo recomendable seria no comentarle nada a mi esposa, no creo que lo entendiera. Nadie debía enterarse de lo acontecido esa mañana.


Apagué el celular, abracé con fuerza el osito de felpa de mi hija, que habia recogido a la pasada  y bajé los parpados. Buscaba proyectar en mi mente una imagen que me trajera paz, que me ayudase a descansar. Una y otra vez el desagradable rostro de la tarotista se me aparecía. Abrí los ojos inquieto, justo en el momento que sonaba el teléfono de casa y un instante después Luciana se aparecía y sorprendida al encontrarme, exclamaba:


—Ah, llegaste, no te escuché. Mas tarde me contás que tal te fue en lo del medico. Ahora contesta el teléfono, te llama una tal Cristina.
           —¿Quién es? —me preguntó  fingiendo desinterés mientras me entregaba el tubo.

21/5/12

II GRAN MAESTRA CRISTINA, TAROTISTA

W.G.G


No fui inmediatamente. Necesitaba al menos unos días de convalecencia, en los cuales me devoró la ansiedad. Una semana más tarde, como a las nueve de la mañana,  me hallaba parado abajo de la oficina (o de la covacha) de Cristina la bruja mayor. Buenos Aires, casi llegando a 25 de junio, pleno microcentro de la ciudad


—Puta que buena locación, —pensé— le debe ir re bien a la guacha.


Unos escalones de mármol blanco me acercaron al segundo piso, donde me recibió una maciza puerta de madera, a media altura y a la derecha, una placa de bronce decía: Gran Maestra Cristina, Tarotista.


Aspiré con ganas, el corazón aceleró su tamborileo. Miré la pequeña ventana que coronaba la escalera, como planeando una vía de escape. Había comenzado a chispear y un grupo de torcazas buscaban la protección del alero. Me pregunté si es que habría niebla, o era mi estado de ánimo el que pintaba de gris el paisaje. El dedo no alcanzó el timbre, lo detuve en la mitad del trayecto.





6/5/12

LAS SIETE PLAGAS... Y UN CHIN MAS

                          I   CUANDO ESTAS DE CULO...
             
                                                            
W.G.G
           —¿Qué te pasa ahora? —inquirió Luciana esforzándose por despegar sus lagañosos ojos y mantenerlos abiertos.
            Me encontraba de rodillas sobre las baldosas, como rezando, con los antebrazos apoyados en la cama y las pupilas borrosas por el llanto. Puños y dientes apretados y esa hiriente punzada bajo el hígado que me convertía en un patético bicho bolita humano.
—No sé que mierda tengo, es un pinchazo fuertísimo, como a la altura del apéndice —contesté con voz forzada conteniendo la respiración.
—¡Hay mi querido, te han caído las siete plagas de Egipto! — acotó mirándome con pena mientras se incorporaba cubriéndose los hombros con un sweater de lana blanca.
Afuera, un clima gélido había cristalizado las calles de la ciudad capital de Entre Rios. Unos rayitos de sol se filtraban por entre las nubes, calentando apenas el aire paranaense. Era domingo, finales de febrero, año 2012 y me encontraba coronando los peores cinco meses de mi vida.
         —Te preparo un tecito de cedrón y te lo tomas con una cafiaspirina. Tranquilizate, ya se te va a pasar, por ahí es solo un pedo atajado —intentó calmarme mi esposa a la vez que me ayudaba a sentarme en un sillón del living.








3/4/12

ATAJO A LA NADA


W.G.G

La sombra que nos tira el arbolito no alcanza ni para cubrir el hormiguero que nos ha desalojado del lugar, obligándonos a recibir al sol de frente y sin filtros. Al costado del sendero de tierra, con Azul a más de trescientos kilómetros tras nuestras espaldas, nos rostizamos esperando el transporte que nos saque de este peladero del demonio.  Salimos cinco días atrás de Mar del Plata sin un peso en los bolsillos, con dos mochilas gigantes de las que penden ollas y zapatillas. Como provisión, una bolsa de pan duro y de bebida solo la transpiración, pues a esta altura creo que ni saliva juntamos. El regreso al sur mendocino, que como mucho debería habernos insumido tres jornadas, se está convirtiendo en una verdadera pesadilla.
Tres aguiluchos desplumados esperan pacientes desde el único árbol, además del nuestro, que quiebra la planicie en kilómetros a la redonda. Principios de febrero del ochenta y dos, una de la tarde, cuarenta grados y subiendo. Carlitos voltea la cabeza y me mira sin verme, sus ojos atisban el humeante panorama donde el camino se zambulle en el cielo.
—¿Que hacemos acá mocha, a quien carajo se le puede haber ocurrido subir a ese camión de mierda? —exclama el menor de los Martini con un hilo lastimoso de voz. 
—A Carlitos, ¿a quién otro? —contesto más resignado que molesto, carraspeando con fuerza para eliminar un molesto trocito de pan atorado en mi garganta y cierro los ojos obligado por el resplandor.



4/3/12

El oro de los mayas

                   
W.G.G

Para ser tan temprano, ya hay una humedad y un calor de los mil demonios, estos otoños miamenses son un chiste. Me siento pegajoso, incómodo,  para colmo no he podido cerrar un ojo, toda la maldita noche pensando huevadas. Ya son las seis y estoy sentado en mi cama,  respaldado en la pared, chupo unos mates mientras repaso por quinticienta vez los extraños hechos que, en solo medio año pusieron culo pa' rriva mi vida. Me hallo en una encrucijada única e irreversible. No me quedan dudas que mi porvenir quedará ligado para siempre a la decisión que estoy por tomar.
Nunca fui un oportunista, de astuto tengo muy poco, se puede decir que me han vivido cagando. Por honesto y huevón estoy donde estoy, un cuartito inmundo con un baño que pasa tapado, en el medio de Little Haití. Laburo por el mínimo en El Malecón, un restaurante cubano enclavado en el medio de Hialeah y mantengo la esquizofrénica utopía de vivir en el futuro de las pelotudeces que escribo.
Década y pico que mis pasos desgastan las calles de Miami, lo poco que ahorré en mis primeros años en la capital del imperio, me lo gasté en un casamiento por los papeles. Siempre me dijeron que si estaba legal iba a conseguir un mejor trabajo. Mierda, aquí estoy, cinco años con green card y peor que nunca.

25/2/12

DE ESAS AGUAS QUE REGABAN NUESTROS SUEÑOS

     

      Walter G. Greulach

          Una cortina de algodones cenizos amenguaban al criminal sol de enero. Al resguardo de dos sauces reposábamos tras traqueteada mañana. Un puñado de teros y un trio de urracas chapoteaban en ruidosa jarana más allá de la curva. Era domingo y la ruta a Jaime estaba vacía, ocasionalmente salía un auto del club Banco y se desplazaba sobre el puente, entre el vapor de la siesta, como en cámara lenta. Todo se mueve en cámara lenta a esa hora del día. A nuestras espaldas, en la estación de servicio de los Barroso, un flaco aindiado luchaba lo indecible para acomodar un bidón con veinte litros de Kerosene sobre la parilla de su bicicleta. Desde lejos nos llegaba el ronronear de alguna que otra avioneta tratando de sortear la despareja pista del Aero Club.
Mi recuerdo no atesora rostros, solo sensaciones como: plena naturaleza, paz, libertad, compañerismo. Podrían haber estado Tito, Néstor, Carlitos, quizás Iván o Gustavo, los nombres no vienen al caso. Nos veo sentados sobre el pedregullo musgoso, con el agua a la altura del pecho, las caras coloradas, la risa a flor de labios. Seguro era domingo, aventuremos un año, 1979. Estaríamos hablando sobre bueyes perdidos y vacas voladoras.Gastábamos minutos esperando que nos bajara el asadito y el par de porrones que nos acabábamos de embuchar.

10/2/12

Diario de un oncólogo arrepentido




      29 de febrero
No es que desperté esta mañana y tomé así por así la decisión de abandonar todo y marcharme al campo. Lo de ayer a la tarde  fue el detonante, pero el proceso había sido lento, desgastante, mortificador. Por tres décadas y pico había venido violando el juramento hipocrático, al principio con poca noción de la barbaridad que estaba (estábamos) cometiendo. En los años recientes, a medida que se iban esclareciendo las cosas (siempre estuvieron claras pero no queríamos aceptarlo), fui adquiriendo conciencia y me descubrí tal cual era, un minúsculo engranaje del mas monumental y maquiavélico de los negocios. 
          Tuvo que sucederme esto para decir basta, para sacar la cabeza del inmundo hoyo e intentar (por poco tiempo lo se) respirar aire puro. Aunque no voy a engañar a nadie con hacerme el ético a esta altura de mi vida. Seria distinto si lo hubiese hecho mucho tiempo atrás, cuando recién empezaba a practicar y no tenia adonde caerme muerto. Ahora con medio millón en la cuenta bancaria, mis hijos criados y lejos, sumado a millares de pacientes enterrados con mi ayuda, seria la madre de los cínicos si me hago el quijote verde.

9/2/12

ESCABECHITO (Epílogo)




            Seis años pasaron desde la muerte del diputado nacional y del último encuentro con el mercader de delicatesen, Tito se había retirado a disfrutar de su jubilación a orillas del Traful, en la villa del mismo nombre. Compró una casa quinta, pequeña pero confortable, realizando así el sueño de toda una vida.
Aquel mediodía de marzo leía la edición dominical de La mañana, sentado en una reposera a la vera del lago. A cada tanto sacaba con un tenedor un pedazo de escabeche de un frasco apoyado sobre una mesita replegable de campin. También había un plato con cuadraditos de queso gouda, pan casero y una botella con un pinot noir de novela. Sus ojos pasaban de las páginas del periódico a una boyita roja y blanca que, como a cuatro metros de distancia, se bamboleaba sosteniendo un anzuelo. La caña de pescar apoyada en una horqueta, de fondo Paco de Lucia y su guitarra, mezclado con el trinar de los pájaros y el arrullo de las olas. Un cielo azul en alevosía, el verde de las coníferas, la transparencia del lago, el blanco de las montañas nevadas… que más podía aspirar nuestro querido Tito, toda la paz del mundo rendida a sus plantas.
            Tras un par de minutos la tanza comenzó a temblar y la boya se sumergió un instante volviendo luego a emerger. Nada de esto acaparó la atención del hincha granate, un reportaje a doble página en el centro del diario lo había congelado.

6/2/12

ESCABECHITO (segunda parte)

         ConejoEscabeche1


                                                  -DOS-
Seis meses transcurrieron y pese a que Tito dio vuelta Buenos Aires buscando al bendito flaco, no encontró ni la más remota pista. Por alguna poderosa razón se retiró del mercado, se lo había engullido la tierra. Pensó en realizar otra tanda de análisis más exhaustivos en el laboratorio, pero prefirió no levantar la perdiz y evitar que otros se pusieran al tanto de lo sucedido. 
Walter, otro de los pocos adictos al escabechito, le reclamaba novedades a cada momento, diciéndole que extrañaba horrores las conservas. Nunca le confió lo del laboratorio y cuando sacaba el tema, trataba de eludirlo de cualquier manera. Quería tapiar el recuerdo para siempre en su memoria y con el desgaste de las horas lo estaba logrando. Entonces llegó la fatídica carpeta asignándole a su departamento la nueva investigación.

3/2/12

ESCABECHITO


W.G.G

                       -UNO-

—¡Puta si hay tipos raros en este mundo! Gente a la que el término exótica no le cabe, simple y llanamente una parva de locos de mierda —reflexionaba  el detective Gabriel Alberto Giannoni mientras releía asombrado el informe del laboratorio sobre el contenido del frasco con forma de conejo y sentía un sabor entre acido y amargo escalando por su laringe.
            Había degustado por años esas exquisitas conservas y ahora que se enteraba de su verdadero contenido, le asqueaba el hecho de haberse convertido en una especie de adicto a ellas. Allí estaba como encandilado en la entrada del laboratorio, mas no le interesaba tanto desentrañar el misterio de la procedencia de los frascos, como el elaborar un plan de acción para que familiares y amigos no se enteraran en que consistía el apetitoso manjar con que los agasajaba en cuanta ocasión podía.

8/1/12

EL OTRO RAFA - EPÍLOGO



W.G.G

        La  mano temblorosa asió mi muñeca. Una voz idéntica a la mía lo excusó de toda presentación. Allí estaba el otro Rafa, arrodillado junto a mi cama, corporizado en un acto más satánico que divino. El horror y no la presión de sus dedos me hizo  soltar el frasco, el cual al tocar el piso pareció estallar en un estruendo interminable. Tardé años en enfrentarme a sus ojos, en comprender que no soñaba y que estaba allí realmente, en asimilar sus ruegos para que no tomara las pastillas. Dos brazos musculosos me abarcaron apretándome con fuerza, los segundos caían lentos indescifrables. No pude, ni quise moverme un centímetro, ni siquiera cuando apoyó sus labios en mi frente. Sus ojos…  mis ojos, me miraban con abismal dulzura.
            Comencé a sentirme mejor, era el encuentro con alguien con el cual habíamos compartido todos los segundos de vida. Al fin lo asumí parte de mi sangre y una hermosa sensación, mezcla de esperanza y amor baño mis terminales nerviosas. No tengo idea cuantos minutos desgastamos llorando así abrazados.