10/2/12

Diario de un oncólogo arrepentido




      29 de febrero
No es que desperté esta mañana y tomé así por así la decisión de abandonar todo y marcharme al campo. Lo de ayer a la tarde  fue el detonante, pero el proceso había sido lento, desgastante, mortificador. Por tres décadas y pico había venido violando el juramento hipocrático, al principio con poca noción de la barbaridad que estaba (estábamos) cometiendo. En los años recientes, a medida que se iban esclareciendo las cosas (siempre estuvieron claras pero no queríamos aceptarlo), fui adquiriendo conciencia y me descubrí tal cual era, un minúsculo engranaje del mas monumental y maquiavélico de los negocios. 
          Tuvo que sucederme esto para decir basta, para sacar la cabeza del inmundo hoyo e intentar (por poco tiempo lo se) respirar aire puro. Aunque no voy a engañar a nadie con hacerme el ético a esta altura de mi vida. Seria distinto si lo hubiese hecho mucho tiempo atrás, cuando recién empezaba a practicar y no tenia adonde caerme muerto. Ahora con medio millón en la cuenta bancaria, mis hijos criados y lejos, sumado a millares de pacientes enterrados con mi ayuda, seria la madre de los cínicos si me hago el quijote verde.

   Me costó poco entender como se maneja la inmundicia esta, seguís las directivas del establishment médico, utilizas el catálogo de drogas y tratamientos que te recomienda el “Big Pharma” (la multinacional farmacéutica), no cuestionas nada y con el tiempo tu billetera va engordando.
Cuando joven (estudiaba en Boston) era idealista por exageración. Por aquellos años  mis padres me convencieron de abandonar el seminario para estudiar medicina. Creí que desde esa profesión podría aportar. Yo quería transformar el mundo, ayudar a los pobres, construir una sociedad mas humana. Salud al alcance de todos era mi caballito de batalla.
Me da asco y vergüenza acordarme de ello. Cuantas veces (verdugo disfrazado de doctor) firmé la orden de ejecución, sabiendo que en muchos casos existían mejores soluciones. Que la cirugía, la quimio y la sala de rayos solo acelerarían el desenlace, agudizando el sufrimiento de mis pacientes. En cuantas ocasiones me mofé o hasta fingí indignarme cuando me consultaban sobre métodos holísticos alternativos. Siempre ignorando las estadísticas serias que mostraban otra realidad. Me rasgué el delantal cuando alguien mencionó los nombres prohibidos de  Max Gerson, Jason Vale o Burzynski, los verdaderos David en esta lucha desigual.
Los oncólogos (casi todos, aunque debo decir que hay loables excepciones), somos una especie de aves carroñeras, alimentándonos de los despojos que nosotros mismos ayudamos a crear y, como gran parte de los agentes de salud, nos constituimos en un grupo de autómatas idiotizados por el dinero, sin respeto al prójimo, en falta con la vida misma. 
 La cosa no va a cambiar en un futuro próximo, el sistema parece hoy mas aceitado que nunca.

Ahora, para mí, es demasiado tarde. Podría salir a gritar a los cuatro vientos que se esta cometiendo una atrocidad, que en el 90% de los casos la quimioterapia no cura, sino que mata, que la cirugía de tumores cancerosos encapsulados es  innecesaria, que (¡Dios mio, si todo está tan claro!) se están atacando los síntomas y no las causas, que en la dieta se encuentra el secreto mágico, resetear el cuerpo es la clave. Podría denunciar el genocidio más grande del nuevo milenio… pero pocos me oirían, se encuentran adoctrinados por los medios de comunicación y por la clase política corrupta.
El otro día, en un asombro que dio paso al terror, descubrí que un senador de nuestro país, (la nación más desarrollada del mundo), es a su vez accionario de una empresa farmacéutica, dueño de una cadena de medios y presidente honorario del ente que rige a la corporación medica. No me hubiese extrañado (no quise investigarlo) que tuviese también unas fichas puestas en la industria alimenticia que nos envenena, provocándonos la mayoría de las enfermedades. De esta forma el círculo cerraría perfectamente.
Podría implorar que eduquen a los niños en la forma en que deben alimentarse, que acaben con la comida chatarra y fomenten la ingestión de productos orgánicos y la realización de ejercicio físico (cosas que por otra parte nunca practiqué en mi vida), pero… ¿a quién le puede interesar?, o mejor dicho a los que tienen el poder no les interesa. La salud no es negocio, eso esta clarísimo.
Ahora (y lo repito hasta el hartazgo, rezando porque el diablo se apiade de mi) es demasiado tarde. Sobre todo porque los papeles apoyados en mi mesita de luz, certifican un cáncer de páncreas en grado terminal (ni un mes se arriesgan a regalarme los malditos) y un estimado colega me recomienda empezar mañana mismo la quimioterapia.

Última página del diario personal del fallecido doctor John Wilbur Jackson, encontrado en su casa de campo en Massachusetts, en diciembre del 2011. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me alegra que alguien tenga el coraje de denunciar esta gran farsa que es la medicina usada solamente como negocio.

Muy bueno señor.
Julio Ricarbo