20/10/14

Allá en el lejano norte… alguna vez

 
                                 



            Lo primero que acarició sus oídos ese amanecer fue la voz de Mónica aporreando una chamarrita de Jorge Méndez sobre amores perdidos. Hacía tiempo que no la escuchaba cantar cosas de su tierra, más de quince años sin exagerar. Debía ser el tema de la promoción ganada un par de días atrás lo que la mantenía excitada. Un gran anhelo cumplido; directora artística de la productora publicitaria neoyorkina Road Eight. Ahora si podría decirse que la familia terminaba de afianzarse económica y espiritualmente en el país del norte. Tras sus espaldas quedaba un cuarto de siglo en Miami con tres libros de cuentos y dos novelas como legado. Federico Hugo Wollman se sentía bien conforme con su vida. Nada más podía pedir.

Abrió los ojos con una sonrisa de complacencia dibujada en el rostro, gesto que tardo en borrársele una fracción de segundo. Cristina y Néstor, acompañados de Juan Domingo y Evita, lo saludaban desde un gran afiche estampado en la pared. Un sorbo de saliva se atoró en su garganta, pestañó con fuerza un par de veces intentando borrar la imagen. Un dolor de cabeza descendía desde la coronilla esparciéndose por su sien. La boca pastosa con sabor a vomito le terminó de confirmar sus sospechas, estaba destilando una tremenda guayaba.

No era el poster político, inexistente hasta ayer, ni siquiera la resaca alcohólica lo que más lo incomodaba, acababa de caer en cuenta que aquella no era su cama, que no estaba en su pieza y que no llevaba puesta su ropa de dormir. ¡Vaya borrachera debía haberse pegado! ¿Pero de dónde?, si anoche no tomó ni un traguito de tinto. Para colmo de males hacia un frio de pelarse, calculó con suerte unos cincuenta grados Fahrenheit. ¿Cómo era posible si estaban en verano? Hugo respiró entrecortadamente, el parpado derecho comenzó a titilarle. No entendía que carajo estaba sucediendo. Era un domingo de fines de julio en Coral Gables, en el condado de Miami. Anoche se habían acostado con el aire acondicionado al tope y casi noventa grados allá afuera.



Se sentó embargado por el temor y la curiosidad. Una puntada en el medio del cerebro lo obligó a cerrar los ojos. Con desesperación buscó el celular. No lo encontró, ni siquiera existía su pantalón, o la mesita de luz donde solía apoyarlo. Solo un despintado velador de lata engrampado en el medio del respaldo de la cama queen y un aparatoso ropero que rozaba el techo, vestían la pequeña habitación.  El tic-tac del  reloj ubicado a la altura de su nuca, en el borde de la ventana, lo hizo girar la cabeza. Era la hora siete y veintiocho minutos, tendría que apurarse, a las ocho y treinta presentaría una antología de relatos fantásticos de jóvenes escritores del sur de la Florida, en una librería de La pequeña Habana. Le habían otorgado la honra de prologar la edición 2015.

Al pararse pisó con miedo las gastadas baldosas, como si el piso pudiese engullirlo en cualquier momento. Todo lucia irreal, como anestesiado. Un espejo en la puerta del armario le devolvió la figura de un ser diferente. El corazón se ralentizó unos latidos, para luego acometer con fuerza contra su pecho. Asustado, estudió con atención ese rostro de cachetes y parpados sobresalientes, definido por una ridícula chiva de pelos entrecanos. En realidad era otro Hugo el que estaba allí, uno encorvado,  más gordo y pelado, con una cara rasgada por arrugas. Unos aguachentos ojos, sostenidos por infladas ojeras lo escrutaban desde el vidrio.

Con los nervios de punta, revolvió todo el ropero y no pudo reconocer ni una sola ropa. Al final se vistió con un vaquero, más una camiseta, camisa, pulóver y campera inflable y se asomó con miedo a lo que parecía ser el living de una casita de barrio. En el fondo, y junto a una puerta abierta que daba al patio trasero, se encontraba la cocina-comedor.

Su esposa tomaba mate mientras doblaba ropa para meterla en una gran valija ubicada sobre una mesa de vidrio sostenida por unas aparatosas patas de caño. El tema que entonaba ahora con voz acongojada era una de sus favoritas, canción para mi muerte de Sui Generis. Mónica lucia peor que él, como azotada por los años. Aunque tras la maraña de pelos su amado rostro, inocente y gentil, aún seguía allí. Parecía como si los kilos que le sobraban a Hugo hubiesen sido tomados de aquella escuálida criatura. Sintió una pena desgarradora por ella. ¿Qué había sido de su atlética y saludable Moní, aquella que se había acostado junto a su lecho anoche? Volvió a preguntarse, esta vez con rabia, ¿qué mierda era todo aquello? Un fuerte pellizco en la parte interna del brazo no sirvió para sacarlo de la increíble realidad que estaba padeciendo.

—Hola Moní, bu… buen día mi amor —la saludó en un tono apenas audible.

—Hola —contestó la mujer sin convicción alguna. No se dignó a mirarlo y continuó guardando sus cosas.

—¿Hace frio no? —acotó sintiéndose estúpido, sin poder agregar una palabra. Y aunque miles de interrogante se acumulaban a borbotones en su garganta, la frialdad de ella lo detenía en seco.

Mónica alzó la vista lentamente y lo miró con ojos ausentes. El hombre pudo apreciar cierto temor en su mirada, pero más que nada asco y desprecio. Ahora apreciaba con claridad el moretón gigante que le cubría la mitad del rostro, parte que hasta ese momento le había permanecido oculta. El ojo, cerrado por un parpado de un negro violáceo, era sostenido por un abultado pómulo.

Le arremetieron ganas de abrazar y besar a ese indefenso ser que tanto quería y que en este mundo inexplicable parecía sufrir horrores.

—¿Qué te pasó mi cielo? Dejame ver —dijo acercándose a la vez que alargaba un brazo en el intento de tocar su hombro.

—¡Ni te atrevas a tocarme animal! ¡Casi me matás anoche alcohólico de mierda! ¿Cómo podés ser tan cínico?—le gritó entre sollozos y se retiró un par de pasos. —¡Ni te me acerqués o te doy con la plancha desgraciado! Ya viene Diego a buscarme, me voy con mis viejos. Te juro que voy a conseguir una orden de restricción con la policía. No puedo más Hugo, ya te di muchas oportunidades.

Cinco minutos después todavía se hallaba shoqueado, mirándola como petrificado, cuando entró su hijo como una tromba por la puerta de calle y lo enfrento con los puños cerrados por la rabia.

—¡No podés ser tan hijo de puta papá! Prometiste que no ibas a tomar de nuevo, que no le ibas a pegar nunca más bestia del demonio. Si la tocás otra vez te mato ¿Me oíste? —el joven le escupió la frase final con vehemencia.

Hugo pensó que en cualquier momento le rompían la cara y retrocedió alarmado mientras veía a los suyos abandonarlo

—Les voy a contar a todos la mierda que sos papá. A tus padres y hermanas, en tu trabajo, en el partido. En todos lados, te lo prometo —alcanzó a decirle antes de azotar la puerta.

El torbellino de emociones que lo habían azotado desde que despertó, lo dejó anímicamente extenuado. El odio en la mirada de aquellos a quienes más quería fue como un puñal horadando su pecho. Cayó malherido sobre una silla derrumbándose como una maza gelatinosa, con los ojos empapados de pena e impotencia. Y pese a que era consciente de lo ilógico e irreal de todo aquello, lloró  sin poder contener esa profunda angustia que estremecía su cuerpo.

Se durmió al poco rato, buscando un amanecer distinto, allá en el lejano norte y no en esta pesadilla en donde era poco menos que una escoria humana. Antes de brindarse de lleno al abrazo de Orfeo, se preguntó que habría sido de su hija Laura, su preferida, la luz de sus ojos. ¿Dónde estaría en este endemoniado e inexplicable presente?


Alzó los parpados pasado el mediodía, ya no le dolía tanto la cabeza. Su cachete, aplastado sobre la mesa, se hallaba empapado por una viscosa baba olor a vino rancio. Una arcada casi lo tira de la silla. Sintió asco de ese cuerpo amorfo que ahora habitaba. Lamentablemente nada había cambiado tras la siesta, aun se encontraba en la pequeña vivienda de barrio. Solo y odiado como perro rabioso.

El agua de la canilla estaba helada, se lavó la cara mojándose luego  la nuca y la frente. Se sintió un poco mejor, con la mente más despejada. Después de comer una banana y una manzana que encontró sobre la heladera, decidió averiguar quien era este Hugo Federico Wollman. Aunque no creía que pudiese encontrarle explicación racional al sinsentido aquel.

El reloj arriba del televisor le mostró una continuidad temporal, lunes de la última semana de julio del 2015. Un diario bajo la puerta le certificó lo intuido, estaba en otro lugar, Paraná, la ciudad capital de la provincia de Entre Ríos, Argentina. Donde se había casado con Mónica en el 89 y de la cual emigraron hacia EE.UU unos meses después huyendo de la hiperinflación alfonsinista. Eran  tiempos de los primeros saqueos a supermercados y el dólar a seis mil pesos. La idea era ahorrar y volver cuando la situación mejorase.

Ahora poseían una casita propia en el barrio Lomas del mirador. Ya no estaban en la habitación con baño que alquilaban en épocas de malaria, a fines de los ochenta, sobre Ramirez y Vucetich. Sus dos hijos eran entrerrianos y no estadounidenses. A primera vista nadie de la familia viajó nunca al país norteño. Su esposa no trabajaba y parecían sobrevivir con lo justo. Según los papeles de la obra social más algunas fotocopias de notas médicas justificando ausencias, Huguito era un ñoqui modelo que trabajaba para la secretaria de prensa de la municipalidad paranaense. Afiliado a la Cámpora, cobraba también un plan social con documento falso que halló en una cajita de vino bajo la cama grande. Un puñado de fotos lo mostraban en tribunas, dirigiendo la barra brava del club Belgrano. En otras salía en bares o en mítines políticos, siempre en poses provocativas, de patotero de cuarta podríamos decir. Ni un retrato lo encuadraba junto a su esposa y sus hijos, eso lo llenó de pena confirmándole la mierda de persona en la que se hallaba enfundado. Poco a poco debería ir asimilándolo, no le quedaba otra. El gordo Wollman era un inútil corrupto que vivía de la teta del estado, no parecía tener moral o principio alguno.

La sorpresa más linda se la llevó al encontrar un destartalado armario en el patio del fondo. Una valija se encontraba adentro, aquella con la que arribó desde Córdoba apenas graduado en la U.N.C, allá por el 88. Fotos, ahora si con gente conocida y estimada. También apuntes de la carrera de filosofía y letras, pero más que nada los cuadernos con sus primeros cuentos y poemas de adolescente. Sus ojos permanecieron llorosos mientras, por hora y cuarenta minutos, repasó esas preciadas reliquias de su temprana juventud compartida con el borracho golpeador.

Volvió a la vivienda y siguió revolviendo hasta el último rincón. Habían paquetes de cigarrillos y petacas con bebida escondidos por todas partes. Pasado un poco el olor a alcohol, ahora un nauseabundo aroma a nicotina salía por todos sus poros. En un cajón halló correspondencia de sus padres y hermanas. Se alegró que vivieran aun en el sur de Mendoza, los llamaría luego. El número de sobrinos no había cambiado y se llamaban igual. Su hijo apenas había terminado la secundaria, acababa de casarse y vivía en Villa Elisa. Laurita residía aun con ellos, el cuarto más alejado del living era el suyo y la cama estaba desarreglada y la ropa desparramada en el suelo. Se detuvo un minuto apreciando una foto ubicada sobre la cómoda, su hija estaba con otros muchachos en una fiesta en la costanera. Lucia vivaz, alegre, irradiaba luz. Aunque más flaca y desgarbada, no poseía las espaldas ni el duro cuerpo que los años de natación le habían regalado allá en Miami. Laurita no parecía haber cambiado tanto. Se moría de ganas de verla, abrazarla, hablar con ella. Si había un ser que podía llegar a creerle, esa era su hija. Sintió que una dulzura repentina empalagaba sus sentidos.

Se abandonó sobre el sofá del living y hojeó el periódico. El país hacia agua por proa y popa. El titanic kirchnerista se hundía sin dejar que nadie de afuera lo salvara. Inflación, corrupción de funcionarios públicos e inseguridad eran temas de todas las páginas. Macri lideraba las encuestas y, aleado con los radicales, muchos ya lo daban como el futuro presidente de los argentinos. Boca punteaba el campeonato de los treinta equipos y la selección acababa de ganar la copa América. En síntesis las mismas noticias que leyó ayer en Miami. Solo su vida y la de aquellos sobre los que tenía de alguna forma influencia directa aparecían alteradas. El resto había seguido el mismo curso en ambas realidades. Evidentemente su historia personal se bifurcaba en el momento en que tomó la decisión de abandonar el país. Cerró los ojos, aspiró profundamente y dejó que la parte fantasiosa de su mente tomara las riendas.

Apoyándose en la teoría de las cuerdas, en la idea de los universos paralelos, Hugo llegó a la conclusión que se encontraba en una línea espacio temporal creada un cuarto de centuria atrás. En esta realidad, él había optado por quedarse en Argentina. Mucha tinta derramó sobre este tema en sus escritos, es más, su segunda novela se titulaba “El vórtice” y narraba el constante cambio de realidades de un joven que en forma fortuita descubrió la guarida del conejo”. Así llaman algunos al punto de conexión interdimensional. En fin, siguió analizando el talentoso escritor devenido en lumpen camporista, de alguna forma que escapaba a su conocimiento, anoche franqueó el vórtice cayendo en este desapacible presente. ¿Qué habría pasado con el otro Wollman? ¿Estaría tan desorientado como él pero en Miami, disfrutando y estropeando las buenas cosas que tanto esfuerzo le habían costado conseguir.  El solo imaginar los desastres que produciría el obeso borrachín le devolvieron el dolor de cabeza. ¿Cómo cruzar nuevamente y recuperar lo que era suyo? No poseía ni la más remota idea, pero estaba seguro de una cosa, tenía que ver con el estado de sueño. ¿Y si estaba transitando por una pesadilla? Eso sería algo más lógico, aunque en su interior sabía que no era así. Un sueño no es lineal, ni tan claro y vivido. Tampoco dura tanto.

Pegó un saltó y corrió a manotear el teléfono que reposaba sobre la pared, a la entrada del comedor. Tecleó con dedo tembloroso el 001 y luego el número del celular de su mejor amigo en Miami. Alfredo era un periodista  puntano que vivía en el sur de la Florida desde mediados de los ochenta. Quería despejar su última duda.

Se alegró infinitamente cuando oyó la apreciada voz al final de la línea.

—Hola Freddy. ¡Buenas tardes mi hermanito! —saludó Hugo con la expectativa impresa en su voz.

—Hugo Wollman desde Argentina —contestó con la ilusión de que su amigo le dijera “¿Qué diablos estás haciendo allá si anoche mismo cenamos juntos en Novecento?”

—Perdón…¿Quién dijo que es?

—Hugo Federico Wollman, tu amigo, el escritor —añadió con voz queda y temblorosa.

—Creo que está equivocado de número señor, no conozco a nadie con ese nombre.

Cortó sin agregar una palabra. Abatido por la tristeza y la incertidumbre. Para que insistir, estaba visto que nadie lo conocía al norte del rio Bravo. Se preguntó quién sería su mejor amigo aquí. ¿Existiría alguna persona que aún lo quisiese? El sonido del teléfono lo arrancó de sus cavilaciones. ¿Sería Freddy que lo llamaba de vuelta cagándose de risa?

—¡Hugote querido! —dijo una voz de hombre que le resultó sumamente afeminada— No te olvides de recoger con la camioneta a los muchachos de la barra. El escrache comienza a las ocho enfrente de la casa del empresario. No lleven palos ni cadenas. Esta vez solo lo vamos a reventar a huevazos. Ahh, me olvidaba. Terminamos el día en la casa del partido. Fernet con coca y naipes por guita hasta la madrugada Hugote. Decile a los muchachos que allí les llevo unos pesitos por los servicios prestados. ¡Viva Néstor y Cristina Carajo!!!

La voz de Laurita a sus espaldas le hizo soltar el aparato que quedo balanceándose por unos segundos. Se dio vuelta como en cámara lenta para enfrentar a su bebita querida y la primera recriminación le destruyó el esbozo de sonrisa que había intentado.

—¿Que le hiciste ahora a la vieja papi? Porque te empecinas en arruinarnos la vida a todos los que alguna vez te quisimos. Nunca pensé que pudiera llegar a odiarte como te odio hoy —agregó sollozando y envuelta en temblores…

 

 

 

No iba a resultar nada fácil, pensaba el hombre mientras con el alma escarchada miraba a su hija. ¿Cómo encontrar un hilo argumental que sustentase semejantes disparates? Si él se encontrase del otro lado, no lo creería ni por un instante.
—Laura sos la única que puede ayudarme. Bebé, necesito que me escuches solo un ratito. Sin interrumpirme. Es muy loco todo lo que me viene ocurriendo desde que desperté esta mañana. Antes que nada quiero confesarte que los quiero como a nadie en el mundo y que no soy yo quien les ha causado tantos sufrimientos en los pasados años.

Ella lo estudió con una triste sonrisa pendiendo de sus labios, la expresión de desconcierto fue tronchando en ira.

—No estoy para escuchar idioteces de la boca de un borracho. Me mudo hoy mismo de esta casa. No te soporto más, te has vuelto súper violento —le contestó dándole la espalda y marchándose hacia el cuarto.

Hugo la siguió sin dejar de rogarle. En su habitación, Laurita empezaba a empaquetar la ropa.

—Dejame sola papá. Borrate ya de nuestras vidas por favor.

El escritor no esperó su consentimiento. La historia fue brotando a borbotones mientras ella fingía no escucharlo. Ni siquiera elevó una vez su vista para observarlo. Le contó de sus vidas en Miami, de lo excelente nadadora y estudiante que era. Sobre su plan de viajar a Londres a realizar el doctorado en sociología. Del noviazgo con un muy buen chico de Hungría. De Mónica triunfando en su carrera, del aceitado matrimonio, de Diego establecido en New York con una beca en biología marina. Le habló de sus obras literarias, de cómo había logrado imponerse en el mercado latino y anglosajón, de los hermosos proyectos familiares que ahora lucían hecho trizas.
 La muchacha no dijo ni a. Sus pupilas volvieron a humedecerse y tras cerrar dos bolsos y una valija, por primera vez en media hora, lo observó con honda tristeza y enfiló hacia la puerta arrastrando los bultos.

— ¡Hijita, por Dios, creeme!

—Pobrecito, estas pirado de remate. Internate, busca apoyo por favor. Nosotros ya no podemos, ni queremos ayudarte. ¡Ja! Escritor famoso ¡Por favor! Eras bueno, tenías talento papi, me encantaban tus cosas cuando de pequeña me las leías. Lástima que nunca tuviste más aspiración que ser una sanguijuela etilizada viviendo del Estado. Solo un litro de tinto logra motivarte. Correte por favor, ya estuvo bueno. Chau y hasta nunca.

—Por favor hija, dame unos segundos, puedo probarte que no miento —dijo al borde de la desesperación. —Se le acababa de ocurrir una brillante idea. — Si no llego a convencerte juro que no volveré a  molestarlos nunca más.

—Promesas de un alcohólico, has hecho miles ya, las conozco muy bien. Realmente no estoy para perder tiempo.

— ¿Esa laptop que tenés allí, tiene google earth? Dejame enseñarte algo rapidito —acotó ignorando sus palabras de despedida.
Agarró la computadora portátil y la apoyó sobre el escritorio.

—Mirá, ahora estoy en Miami, voy a poner la dirección donde vivíamos allá. Mi editorial está a solo diez cuadras de casa. He caminado hacia ella en los últimos diez años. Me conozco casi de memoria todos los edificios de ese recorrido. Acercate y preguntame cosas.
  La curiosidad venció a la razón. La joven se acomodó frente al aparato mientras veía a su padre retirarse a la otra esquina del cuarto y sentarse en la cama.
Hugo parecía tener una memoria prodigiosa y pudo describirle con precisión fotográfica y metro a metro su paseo matutino. Laura estaba sorprendida y aunque no creía una palabra de la fábula de su viejo, no hallaba explicación lógica al esfuerzo que este había hecho para aprenderse tantos datos de memoria. Solo una cosa no concordaba, el lugar de la editorial, allí existía otro negocio.

—Y claro, —le aclaró el hombre— yo la fundé, es lógico que no esté en este presente. ¿Y, entonces qué? ¿Me crees? —preguntó ansioso.

—Esto no prueba absolutamente nada, solo acrecienta mi sospecha de que estas demente y has comenzado a delirar.

—Preguntame algo más. Paseame por todo Miami si querés.
—Basta papi, no sigas. Me voy.

— ¡Por favor Laurita, te lo ruego! No perdés nada. Abrí tu mente, recordá aquellas noches cuando eras niña y yo te leía mis cuentos antes de dormir. Había algunos de mundos paralelos, de encuentros interdimensionales. Entonces te apasionaban y te los creías ¿no? Dale volvé a sentarte y preguntá.

Recorrieron el campus del F.I.U (Universidad Internacional de Florida) donde habían estudiado sus hijos. La peatonal Lincoln Road, en Miami Beach, de punta a punta. Fueron al centro de Coral Gables y cruzaron a Coconut  Groves, llegaron hasta los mismos cayos. Todos esos lugares fueron propuestos por Laura, no por él.
La muchacha empezaba a rendirse frente a las evidencias. Solo un prodigio podría memorizar el mapa entero del sur de Florida y su padre, el borracho con el cerebro quemado, no lo era ni por asomo. Indagó por más de dos horas sobre la otra vida, excitada ante la posibilidad de rearmar su presente alrededor de un papá honorable.

—Tengo mis libros en la mente, estoy seguro que puedo reescribirlos. Se cuales son los resortes a tocar para poner a funcionar el circuito comercial. Conozco a muchos editores importantes, puedo convencerlos. En menos de un año estaremos mucho mejor, económica y espiritualmente, te lo prometo bebé.

—No me preguntes porque papi, pues es irreal y extraordinario todo lo que me has contado, pero te creo. Al menos mi corazón quiere creerte y eso me basta por ahora —exclamó a la vez que buscaba emocionada los brazos de Hugo.
Permanecieron minutos fundidos en un abrazo, húmedos en llanto, sin decir nada, luego ella se apartó un metro y lo miró con ojos preñados de cariño.

—Ahora tengo cosas que hacer —lo saludó dándole un ruidoso beso en la mejilla — pero mañana temprano iremos a hablar con mamá y Diego. Te ayudaré a convencerlos, luego se lo contaremos a los abuelos. Mis viejitos han sufrido horrores y se van a alegrar muchísimo. Va a ser difícil explicarlo, es todo re re loco, pero te prometo que el domingo estaremos todos felices brindando y comiéndonos un asadito en el fondo de casa.
 

La noche comenzaba a descolgarse acechando  la capital entrerriana, una batería de rojos y naranjas ametrallaban el horizonte. Hugo estaba feliz, exultante, anhelaba el reencuentro con Mónica y su hijo. No le cabían dudas de que todo tendría solución y expulsarían al maldito alcohólico para siempre. Revisaba en el fondo del departamento los cuentos de su temprana juventud, pensando que con algunas mejoras podrían incluirse en un nuevo libro. Había tomado unos traguitos de vino, pero nada de lo que alarmarse. De repente se incorporó sobresaltado, los gritos desaforados de su suegro le llegaban desde el frente de la vivienda. Sintió la puerta de calle abrirse con violencia y un tropel de pasos que se aproximaban.

—Hijo de puta asesino, escoria, borracho de mierda. Ahora sí que terminaste de cagarnos la vida a todos —lo insultaba Andrés con ojos desorbitados y el rostro colorado de furia. — Mónica acaba de suicidarse por tu culpa —agregó mientras extraía un revolver del bolsillo de su campera y le apuntaba a la cabeza.

En el segundo anterior a que el primer proyectil le volara la tapa del cráneo, Hugo Federico Wollman no supo a ciencia cierta si su idílico pasado en Miami era parte de un universo paralelo, o solo invento de una mente alienada tratando de justificar la opresiva e insoportable realidad.
 

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Gladys Lucero
Buenisimoooo,
espero para la próxima!!

Anónimo dijo...

Susana Arnulphi

Muy bueno

Anónimo dijo...

Teovaldo Angel Pesce Pawlow

Me había reeeentusdiasmado con el relato pero bueno...esperaré una semana. Felicitaciones Walter...¡¡¡

Anónimo dijo...

Teresa Allevato

Lo espero con ansias!!! un abrazo a vos y Gracias!!!!

Anónimo dijo...

Aldo Rocamora

BUENISIMO...

Anónimo dijo...

Palmi Bernal de Gatto

Me gustooooo !!!

Walter Greulach dijo...

El domingo les prometo el final.

Un abrazo mis queridos lectores!!!!!!!!

Ío dijo...


Y otra vez que nos dejas con las ganas de llegar al final y saber qué ocurre.
Mañana ya es domingo, a ver qué le ha pasado a este pobre hombre.
Me está gustando, Walter, gracias.
Que disfrutes de un buen día¡

m.

Anónimo dijo...

Ceferino Escalante

Hugo.... Conocí un hugo ..intransigente kitchnerista exentrico alterable !!!no será su historia???

Walter Greulach dijo...

Por ahí es él Ceferino... Nunca se sabe. Un abrazo!!!

Ío dijo...


Por dios, Walter, pero no puede acabar así, si nos dejas con ganas de que siga, ay ay, yo quería otro final que explicase, uno mejor, para todos.
Pero no pero no, ha tenido que ser este, y es un buen final de cuento, terrible, y magnífico.
La insoportable (algunas veces) realidad del hombre que se imagina otras realidades, otros mundos.
Magnífico y magnífico, mi querido amigo.
Abrazos y que estés bien, fue un placer leerte, como siempre. Gracias¡

m.


(ni que decir tiene que yo había imaginado otras cosas, y quizá sería otro mundo para Hugo, pero nunca este final que le diste)