12/9/15

Gera, el revoltoso




El manto que arroja la luna llena bruñe el paisaje. La brisa concede fragancias a jazmines y albaca, a menta e hinojo, a eucaliptus y frutas maduras. Cada perfume enciende remembranzas en mi mente. Pestañeó con fuerza buscando certificar el tiempo y el lugar donde me encuentro. Todo flota en dulce letargo. Es de noche y aun así llega nítido el canto de los pájaros. Unas urracas aspaventeras, un cargoso tero, la algarabía de un lorito barranquero y el ulular de las palomas se mezclan con el susurro del agua que viene arremangando hojas por la hijuela. Por allá el croar de un grupo de sapos hace contrapunto con el crickear de los grillos. Sonidos preñados de vida, tan caros para mí.

Cierro los ojos (aunque sé que están cerrados) y disfruto del sueño. Solo eso puede ser. Anoche me acosté sin estrellas, en mi casa allá en el barrio de la Buena Vista, al noroeste de Miami y aun debo estar durmiendo. Alzo con miedo los parpados, evitando cualquier movimiento brusco que pueda despertarme. Giro la cabeza y por primera vez estudio lo que merodea.


Me hallo sentado sobre la tapa de madera de la pileta que almacena el agua de riego que usabamos para la casa. Enfrente el galpón, a mi izquierda el horno de barro del cual el Gera saca las brasas con un rastrillo. A su espalda, sobre una mesita hecha con una lata de publicidad de coca cola, se apoyan dos fuentes. Una con empanadas, la otra con un mortal lechoncito, pese a que se ven crudos me llega lo mismo su  aroma. Mi viejo está con un camisaco crema, un pañuelo anudado al cuello y una gorra de Miami Beach que yo le regalé.

Pese a que las contingencias de la vida me anclaron por estos lares, nunca deje ni un segundo de pensar en ellos, de honrar su recuerdo. Lo atestiguan mis relatos jaimepratenses de los últimos veinte y pico de años. ¿Pude haberlo hecho mejor? Quizá, hoy ya no hay tiempo para arrepentimientos. Cada uno es culpable de su propio destino y yo edifiqué el mío a plena conciencia. He sido bastante feliz aquí, con mi esposa y mis hijos. Para nadie la felicidad es un absoluto. Solo hay remordimientos para los sucios de conciencia.

Se lo ve feliz al gordo, con esas ganas de vivir que siempre tuvo y que dos meses atrás lo llevaron a hacer chistes hasta el momento mismo en que le ponían la anestesia. “Parezco Superman con esta capa”, cuentan que dijo mirándose en el espejo antes de entrar al quirófano. Aprecio su pelo raleado y canoso y esa añorada nariz de papa heredada por Ernesto, mi hijo. Me observan sus ojos limpios con la mirada tierna y serena que atesoré. Lleva puestos los mismos noventa y tantos kilos que siempre tuvo. Tararea un tango de esos que cantaba Julio Sosa, su intérprete favorito.

—Te vas a quedar sentado allí para siempre loco viejo —me reprende lleno de entusiasmo haciéndome señas para que me acerque. —Sabía que vendrías a la finca esta noche, me tomé el atrevimiento de meterme en tus sueños flaquito. Todavía te puedo llamar así, porque mi vaticinio de hace cuarenta años se cumplió a medias, Pelado si, gordo no. Se te ve bien, che. ¿Cómo anda Daniela? ¿Y mi negrita linda? ¿Y el Maxi?

Le contesto sorprendido, como temeroso de continuar con el extraño juego onírico, de alargar estas imágenes tan lindas, tan reconfortantes.

—Comete una empanadita, están de rechupete —dice a la vez que me extiende una y se limpia el jugo que le corre por la barbilla. —Las hizo tu madrina Ofelia, ¿quién más? El negro Lima está en la parrilla asando una tapita de pecho.

Lo sigo hacia el lado del gallinero. Abre la puerta y luego se hace un par de pasos para atrás, lleva un recipiente con maíz en las manos. Decenas de gallinas salen a los tropezones cuando el Gera las llama con su potente pi pi pi mientras zamarrea el tachito como un sonajero. Revolea los granos a la vez que con un pie aparta al gallo blanco peleón. El mismo que, siendo bien niños, nos perseguía endemoniadamente a mi primo Oki y a mí y del cual solo podíamos defendernos a hondazos limpios.

—¿Viste que lindas que están? Y ni te digo los chanchos. Tengo elegidos tres hermosos para que carneemos en julio —exclama orgulloso de sus bichos y se me hace un nudo en la garganta.

Comprendo que aquí, en su finca, mi viejo fue verdaderamente feliz durante estas pasadas ocho décadas. Que murió en la suya. Rodeado de la huerta, de sus frutales, álamos y alfalfa, de las hijuelas y el riego, de sus perros y gatos, pero más que nada de Mirta, su familia y sus amigos.

Hemos cruzado el canal por atrás de la huerta y ahora me muestra los duraznos maduros. Hmmmm, grandes y perfumados me inundan inmediatamente la boca con saliva. A la derecha las peras y los ciruelos, a la izquierda las dos hectáreas con varios tipos de uva.

—Estamos planeando un viajecito con los hombres a la cordillera, a la laguna Atuél, donde nace el rio. Van los Lust, los Jockers, tu tio Federico, el flaco Kromer, el gordo Mathez, y quizá se sumen el negro Vallejos y el gordo Bruni. Quien te dice que no va Salustiano también para completar la mesa de truco —comenta mientras me convida con un pelón bien fresquito.

Lo veo entusiasmadísimo, me describe los planes, la posible ruta. Ya va maquinando los juegos y las bromas. Van a ir en un viejo colectivo hasta donde puedan llegar y después a pata y escalando. Llevaran dos carpas de seis. Estas salidas anuales eran importantísimas para él, un ritual ineludible, fundacional. Vuelve a contarme las anécdotas de excursiones anteriores. Como aquella vez que a bordo de un colectivo y con un megáfono que manejaba algún boca suelta encaramado a la escalerita de atrás, convocaban a la gente de distintos pueblitos cordilleranos a reunirse en la plaza o club social, el domingo a la tarde. Allí supuestamente actuarían ellos, la troupe de radio teatro de Jaime Kloner. O también sobre las diversas sinverguenzuras que le hacían al pobre tío Heriberto.

Aprovecho para preguntarle el porqué de su apodo. Sobre la verdadera génesis del famoso revoltoso.

—Desde los primeros viajes, allá al principio de los sesentas, ya mis primos me llamaban así. Debía ser porque siempre estaba organizando travesuras para divertir a los otros. ¡Qué sé yo! —dice poniendo cara de angelito.

 Me estoy acostumbrando a la dinámica de este sueño, no tiene lógica alguna, y ¿porque necesitaría tenerla? Es tan vivido, tan real, tan reconfortante. Mi corazón se la cree, entiende que es mi padre el que está aquí a mi lado, la razón parece haberse desentendido del todo.

—¿Ya nació Bartolo? ¿Paulita se encuentra bien? ¿Cómo andan tus hermanas? ¿Y Mis angelitos Lucy y Lisandro? —Me ametralla a preguntas y espera con ansiedad las respuestas.

Le voy contestando de a poco las novedades mientras sonrío. Le cuento que Lorenzo (porque es Lorenzo y no Bartolo como él lo ha bautizado) nació hermoso y saludable. Que fue una alegría, aunque aún estamos todos muy tristes por su partida.

Seguimos transitando la chacra, las damas de noche irradian belleza enredadas en el parral, al costado del roble. Me enseña con la horquilla como conducir el agua para que alcance la cancha de bochas.

—Más tarde la vamos a alisar y te voy a hacer abrir los dedos de las patas. O quizás nos juguemos un partidito a la pelota en el arco donde está la hamaca. ¿Qué te parece?

Asiento contento mientras nos acercamos a la zona de los chiqueros, hay olor a lluvia, a pasto mojado mesclado con la bosta de los porcinos. Sin embargo no puedo apreciar ni una sola nube. Un chancho blanco que anda suelto se acerca con ojos picaros al Gera cuando este le chifla como a un perro. Es su regalón. Le rasca la panzota y el porcino cae fulminado a sus pies. Todos los animales en la finca lo quieren, sin dudas se ha ganado su respeto en tantos años. Con la vieja guadaña cortamos alfalfa y verdolaga y las arrojamos junto a algunas frutas podridas. Repetimos el proceso con los conejos que se encuentran a la derecha de la parva. Están en una jaula de madera y tela, elevada como setenta centímetros del suelo. Siento el olor del conejo al vino blanco que sabía cocinar cada tanto el gordo Mathez. Nunca volví a saborear algo tan exquisito.

Ahora pasamos por enfrente de la casa. Nada ha cambiado. Estudio con cariño la zona del termotanque a leña, la explanada de cemento que él hizo, las ventanas con grandes vidrios, la puerta verde con tela mosquitera. Hay movimiento de mucha gente adentro, seguro se preparan para cenar. Me acerco a fisgonear, dos gatos remolonean en la base de la ventana. Me ronronean como saludándome, claro que me acuerdo de ellos. Adentro las sombras son difusas, no logro distinguir a nadie y me asalta la impaciencia. Busco a mi vieja. La mano de mi padre se apoya sobre mi hombro tranquilizándome.

—Calma flaquito, este sueño es únicamente nuestro. No vas a ver a nadie, quería estar a solas con vos. Vení, vamos a soltar al coqueluche, al guante, al lumpi y al picho por un par de horas. Más tarde le damos de comer. El afrechillo con los restos del almuerzo se está cociendo en la cocina a leña.

Los canes saltan locos de contentos emitiendo ladridos entrecortados por la emoción.  Brincan altísimo tratando de lengüetearnos la cara. A punto están de desparramarnos por el suelo, pero el Gera da dos gritos y los tranquiliza. Llegamos a la curva del gran eucaliptus, por el camino que sale a la Línea de los palos, los cuatro nos siguen jugeteando y peleándose entre ellos.

—¿Te acordás cuando practicábamos por acá tiro con tu primo? A veces con las hondas, otras con los aire comprimido.

Le comento que sí, recuerdo que siempre nos ganaba, tenía una puta puntería el viejo Gerardo.

Tras sentarnos en la base de un tronco, nuestra vista se puebla de aguaribayes, pinos, aromos, olmos, robles, acacias, álamos, tamarindos. Las memorias compartidas fluyen entre nosotros. Los viajes al sur con toda la alemanada, o a Chile en la casilla rodante del tio Fritz. Los encuentros de los domingos a la siesta  en la toma, o las zambullidas bajo el puente del rio Atuél, carreras con gomones incluida, allí donde muere San Rafael y nace Alvear. Las limpiezas del canal matriz con los vecinos, con asado, pan casero y sandía refrescándose en el agua. Las cosechas que terminaban en guerra de tomatazos, o de huevos podridos si encontrábamos algún viejo nido. Los partidos de truco, la ruleta, o los siete y medio por unas chirolas. Las ruedas nocturnas para escuchar sus anécdotas acerca de los viajes, o de la época del servicio militar. Etc. etc. etc…

Vamos desgastando el sueño mientras compartimos memorias de los sesenta, setenta y ochenta. En los noventa la vida comenzaría a alejarnos (solo geográficamente). Presiento que llegará la frase que hace rato estoy esperando y que  se muere por hacer. Me mira con dulzura y mientras me rasca la pelada pregunta:

—¿Cómo está tu madre? Decile que no esté triste, que mi espíritu esta junto a ella en todos su segundos. Que disfrute con la familia el tiempo que le queda. Ya nos encontraremos más adelante para estar juntos por siempre. Yo solo me adelanté un poquitín para preparar nuestra casita acá arriba. Decile que me hace bien verla bien a ella, que no gana nada con afligirse. Que hoy mi corazón es el suyo y que veo a través de sus ojos. Que estoy vivo en ella y que la quiero un montón.

Me da un beso en la frente asegurándome que volverá en muchos sueños más y me recomienda que salude a todos sus seres queridos por acá abajo, que ya andará visitándolos también, aunque muchos de ellos ya están ahora junto a él. Mientras su silueta se aleja hacia la tranquera al borde de la calle, tararea “Late un corazón”. Me quedo pensando en lo buena gente que fue mi viejo. Hasta el último momento ayudando a sus semejantes, defendiendo sus principios, sus ideales. Siempre curioso, siempre aprendiendo de la vida, de la naturaleza. Con un chiste, o una palabra de aliento pendiendo de sus labios.  Un tipo honesto, sincero, de esos que hoy ya quedan muy pocos.

Lo miro con orgullo, que suerte tuve de ser su hijo me digo. Junto fuerzas y le grito con ganas  las últimas  palabras:

—Chaucito papi. Gracias por todo lo que nos dejaste mi querido revoltoso, nos vemos en cada instante de la vida…

 

Late un corazón
déjalo latir
Miente mi soñar
déjame mentir
Late un corazón
porque he de verte
nuevamente
miente mi soñar
porque regresas lentamente.

Late un corazón
me parece verte regresar con el adiós
Y al volver gritarás tu horror
el ayer, el dolor, la nostalgia
pero al fin bajarás la voz
y atarás tu ansiedad de distancias
Y sabrás por qué late un corazón
al decir: ¡Qué feliz!
Y un compás, y un compás de amor
unirá para siempre el adiós.

Ya verás, amor
qué feliz serás
¿Oyes el compás?
Es el corazón
Ya verás qué dulces
son las horas del regreso
ya verás qué dulces los reproches y los besos.
Ya verás, amor
qué felices horas al compás del corazón.

 

Amanecera y veremos…

 

 
Comentario de mi prima Elisa:
 

No quiero dejar de contarte, entre las lágrimas que has hecho correr por mis mejillas, que aventura emocionante era para tus primos ( seguro que puedo hablar en sus nombres) viajar a la "finca del tío Gera".  A pesar de tener todos en San Rafael un jardín,  el viaje a la finca era un viaje al reencuentro con nuestro terruño,  el pasado, el campo puro,  seco y soleado, las manos de la abuela tejiéndonos trenzas en el pelo a las niñas, sentada en una silla de paja bajo el roble frondoso detrás de la casa. 

 

Era un tiempo de alegría y travesuras de 9 nietos que descubrían la vida al ala cálida de aquella mujer fuerte y suave que era la abuela Emma, quien conocía el arte de mantener a la tribu unida; amasando empanadas deliciosas,  hablando sólo cuando había algo que decir, enseñándonos sin querer un profundo respeto por el ser humano independientemente de su condición social y su color, y la  satisfacción que brinda el poder ayudar al más débil; sin nombrar nunca sus hechos solidarios,  con un altruismo grabado a fuego en sus genes de mujer de campo, del que llevamos resabios, como frágiles gotas de lluvia pegadas en el cristal de nuestras casas;  y lo hacía más allá de creencias religiosas,  por puro amor a la vida,  sin levantar banderas, con la humildad verdadera de quien ha visto penurias y enfermedades, en la vida de tantos campesinos del Sur de Mendoza que dejaban su salud y sus mejores años procurando vivir de la tierra; en los niños flacos de alpargatas bigotudas que iban a caballo o a pie a la escuela Río Bamba, donde nuestra abuela y tu madre eran más allá de docentes,  enfermeras,  paños de lágrimas,  payasos en las fiestas patrias, choferes , cocineras,  consejeras y amigas de los niños y sus gentes. 

 

Si nos hubiesen dicho en aquel entonces, hermano del alma,  cómo aquellas vivencias nos formarían como personas,  cómo la decencia de nuestros viejos nos marcaría la vara que apunta la moral; cómo aquellos recuerdos nos acompañarían tan lejos en el tiempo y la distancia,  embargándonos de nostalgia,  de alegría,  de agradecimiento y de orgullo. 

 

El tío Gera, tu querido revoltoso,  era un palenque indispensable ("¡ande ir a rascarse...!") en los momentos emocionantes que pasaba la jauría revoltosa de primos esos largos fines de semana en la finca.  También yo llevo en mi recuerdo su mirada bondadosa y divertida, no servía pá retarnos si nos  mandábamos una, demasiado buenazo para poder asustarnos. .. entonces decía "ahora busco la fusta!" O cazaba una escoba o un rastrillo y amenazaba con corrernos, a lo que nosotros galopábamos en retirada montados en nuestra risa, levantando polvo con nuestras patitas flacas.

Nos armó con sogas una liana, ¡altísima en aquel árbol!  (altísima desde mis 10 años...) de donde nos tirábamos balanceándonos a los gritos, onda Tarzán criollo.  Nos llevó a recoger tomates (y sigo sin perdonarles que me asustasen con las arañas!  pero es tan pequeño el rencor que no recuerdo quién lo hacía...), duraznos que explotaban de dulzor, belleza y zumo, nos enseñó a montar al Tito y hasta a ordeñar una vaca que un tiempo vivió en la finca. 

Su figura toda emanaba esa felicidad tranquila y aletargada de los días en Jaime Prats; el tío Gera parecía disfrutar del mundo desde su refugio atesorado en el campo,  observando los aconteceres del país y del mundo con ojos curiosos y críticos,  a sabiendas de que en aquel rincón de Mendoza,  su lugar en el mundo, estaba más a salvo de la maldad y la ignorancia,  de la arrogancia y las envidias.   La sabiduría que te enseña una vida en la naturaleza.

Nuestros muertos no nos dejan y, así como contás en tu relato, se nos meten en los sueños,  a traernos otras vez una liana de donde tirarnos a carcajada limpia,  se sienta el vestido viejo de flores a la orilla de la cama a contarnos la historia de Pepito el grillo antes de dormir, nos lleva a juntar tunas y granadas, cortan pelo rubio a los choclos del maizal para una muñeca, se ríen fuerte jugando al truco al anochecer mientras nosotros los espiamos y nos dejamos contagiar su buen humor. 

Y se te meten en el sueño,  allá en Miami,  para secarte las lágrimas con una caricia en la pelada,  para que ya no estés más triste,  porque están ahí,  no se han ido!  

Ni se irán jamás mientras nosotros los mantengamos vivos. 

 

Elisa Greulach

 

 

 

                                                                                           

 

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Teovaldo Angel Pesce Pawlow · General Alvear

Esta vez me emocionaste mucho, al margen de lo bien escrito.

Anónimo dijo...

Sonia Mathez · LICENCIATURA EN TURISMO

Sin palabras, hermoso muy hermoso. Me has hecho llorar.Me has hecho recorrer junto a Ustedes ese lugar en el mundo que compartieron.

Walter Greulach dijo...

Marta Elfi Jockers · Nacional de san luis

Tal cual el tio gerardo! Un abrazo en las distancias

Walter Greulach dijo...

Marta Elfi Jockers · Nacional de san luis

Y los recuedos y los contextos tan compartidos

Anónimo dijo...


Sigrid Greulach · Trabaja en Escuela Manuel Belgrano Nº 3

Que decirte hermano ... hermoso y describe al papi tal cual era...


El resto de mi sentir esta por privado, solo para vos, y para la flaca

Ya no me gusta · Responder · 1 · 16 de septiembre de 2015 13:10

Anónimo dijo...

Bonny Bollmann · Lic. Turismo Universidad Nacional del Comahue

Querido Walter:
Soy una de esas primas de las que seguramente no te acordas. Vivo en Calafate y realmente me emociono muchisimo leer tus pensamientos, ojalá algún día podamos conocernos. Pero el recuerdo que tengo de tu padre es tal cual lo describes. Gracias por compartirlo.
Bonny
Pd. las palabras de Elisa hermosas!

Anónimo dijo...


Mariu Krömer · General Alvear

Hermoso relato Walter un abrazo de la flia Krömer

Anónimo dijo...

Ceferino Escalante · Escuela Tecnica Quimica Bernardino Izuel 4-017 (E.T.Q)

!!!LA PUCHA!!! QUE HONRASTE EL RECUERDO...Y EL MEJOR DE LOS RECUERDO.DE TAL PERO!TAL MANERA! QUE OCUPASTE EL LUGAR DE NUESTROS RECUERDOS Y VIVENCIAS.NOBLEZA OBLIGA, A QUIEN TE AVENTAJA, AGRADER,ESTE CANTO DE VIDA.EN EL MUNDO HAN SOBRESALIDO LOS PROTAGONISTAS Y LOS REVOLTOSOS...Y A DIOS,..ESTO LE AGRADA!GRAN ABRAZO Y GRACIAS!

Anónimo dijo...

Roxana Aguiriano · Certified Life Coach en Consultoria Psicologica

Soy Renee, otra Mathez emocionada a quien le resulta imposible no acompañarlos en tan hermoso sueño cuando leo tu escrito ...hermoso homenaje...imposible olvidar a tu papa cuando recordamos nuestra infancia. Que honor hemos tenido al tener padres tan entrañables que con tanta naturalidad, porque así eran ellos, nos enseñaron de la amistad, la familia, la solidaridad, la alegría... gracias !! y un abrazo!

Walter Greulach dijo...

Maru Maru · San Rafael (Mendoza)

Que bonito relato.. Me encanto!!!

Anónimo dijo...


Armando Antonio Amieva · Gerente en EX-GERENTE DE BANCO

GERA. EL REVOLTOSO....
De Walter G. Greulach.

A usted, Don Gera...:
Discúlpeme, pero quería decirle lo siguiente.
Acabo de leer este relato de Walter, y me ha producido un efecto de drogas, porque me ha sido necesario volver a leerlo de inmediato....! Es un efecto como de una adicción...!
Siento que mis ojos están empañados como por un fino rocío de lagrimas...! Y me pregunto el porqué de esa amorosa humedad de mis ojos, siendo que yo no lo conocía a Ud., Gera el Revoltoso....!!
Sin embargo, siento la necesidad de decir algo sobre usted, Gera... De decirle que acabo de conocerlo y que lamento no haberlo conocido antes para disfrutar de su querida compañía...! Y acabo de conocerlo gracias a la magia de la pluma de su amado hijo, don Gera...! Y creo que lo querré y apreciaré mas allá de los tiempos y de las dimensiones, porque esa pluma de su hijo Walter lo ha descripto tal cual usted ha sido. Mejor dicho, tal cual usted es: Nada más que un hombre sano, cabal, trabajador, y que vivió para brindar su cariño a la gente y a la naturaleza toda...
Todo eso y mucho más, me lo facilitado su hijo Walter... ¡
Y para empezar, le comento, que Walter siempre nos hace alguna travesura literaria. Tal vez sea “por los genes transmitidos por el Gera...” como seguramente usted diría. Porque uno no sabe si hablar de el HOMBRE que escribe, el buen literato, ... o de la OBRA ESCRITA por ese hombre...! ¿Quien está primero...?
Al fin y al cabo, he terminado convenciéndome que Walter es la mezcla perfecta de Hombre y Literato, y que jamás esas partes andarán separadas, por caminos distintos....!

Pero Walter, ya lo conocemos, es el que describe tan bien a su amada tierra y a su gente a pesar de los años de desarraigo, a pesar de estar tan lejos de su amada Patria...
Y Walter nos regala esas estampas de su añorado Jaime Prats, de la finca que tanto ha amado usted, Gera..!! Y cómo nos hace gozar de esos perfumes de frutos con dulzura de amores, con el cariño de esos perros grandotes y juguetones pero siempre fieles, de esos yuyos, de esos árboles lugareños, de ese todo que conformaba su pequeño paraíso terrenal....! Con el olorcito de empanadas hechas por amorosas manos y el perfume de un lechoncito a las brasas, elegido previamente por usted, Gera...!
Lástima que no lo conocí antes, Gera....! Lo he venido a hacer ahora, gracias a la magia de Walter y su pluma....! Claro que Walter ha corrido con ventajas, porque no ha escrito con cualquier tinta. ¡ Lo hizo con la tinta sangre de su corazón....!! Y gracias a él, lo estaremos viendo seguido a usted, Gera..!! Porque usted estará siempre dando una vueltita para ver sus duraznos, sus peras, sus chanchos, sus perros....en fin...¡ todo eso que siempre lo hizo tan feliz...!!!
Ha sido un gusto conocerlo, querido Gera.....!!! y siga cantando ese bonito tango de Julio Sosa....!
Godoy Cruz, Mza.
REPUBLICA ARGENTINA
A 17/09/2015

Anónimo dijo...

Basilia Otero Saenz

Gerado una pregunta vos vivias en jaime prats en la linia de los palo fuistes a la escuela de jaime prats fuistes con el eugenio barandalla

Anónimo dijo...

Elsa Haydée Salvoni Archilla

Hermosa familia. Tuve la suerte de conocerlos!

Anónimo dijo...

Leonor Depieri

Que lindo..me crie en una finca y realmente vivi tu relato,..don Gerardo debe tener una sonrisa leyendo lo que sentis...

Walter Greulach dijo...


No basilia, me acuerdo del apellido por la zona, pero no de él. Mi nombre es Walter, Gerardo era mi viejo. Un beso.

Anónimo dijo...

Norma Acuña · Escuela de Agricultura de Gral Alvear- Mendoza

Walter,tu historia, me resulta maravillosa. Tus vivencias, hermosamente relatadas. Me encantó. Los hermanos Lust, el gordo Mathes, furon mis profesores, de matemáticas, francés y física respectivamente. Gracias.