1/11/15

La víbora y el salto de las rosas


               
 
                             
Atardecía cuando bajé del trole. El aire estaba pegajoso y no había dejado de lloviznar en todo el día. Aparte del French Quarter, este es el lugar que más me atrae de New Orleans, quizás porque preserva ese ambiente colonial de siglos atrás, con sus magníficas residencias de madera enmarcadas en solidas columnas y frescos porches vestidos de reposeras y plantas colgantes. Hay templos por todas partes, jesuitas, dominicos, judíos, etc., etc., es como si doscientos años atrás se hubiesen peleado sin cuartel por la incorporación de los feligreses de la zona. Aunque lo que realmente me fascina, es la línea de tranvías que divide en dos a St. Charles, y luego a Carrolton Ave., posee esos encantadores carros naranjas de principio de los mil ochocientos funcionando en su estado original.
 
Me interno al barrio por una de sus angostas calles, un aire mítico envuelve el paisaje, aquí el reloj se resiste a avanzar, como si mil duendes nos sobrevolaran custodiando la historia. Frente a la casa de Carina, un cementerio ocupa toda la cuadra, por su doble puerta de rejas oxidadas se vislumbran tumbas centenarias. Un cartel me informa algo del pasado del Lafayette Cementery.  Fue cerrado por falta de espacio en la segunda parte del siglo diecinueve, aquí hay enterrados un puñado de celebres cadáveres y cientos de muertos normales. Funcionarios públicos, músicos y cantantes de jazz, empleados ferroviarios y algunos tísicos anónimos, entre otros, comparten sus huesos. Si hasta Brad Pitt anduvo aquí en su entrevista con el vampiro.
                         
La madame del Snake hole me recibe con un beso que congela mi mejilla. El aliento le huele a menta con canela. Va ataviada con un kimono rosado de flores grises y bajo escote que le sienta de perlas. El rostro, de un blanco pálido, apenas está pintado y resaltan en él sus ojos verde esmeralda y sus carnosos labios.
Adentro el decorado es sobrio, tétrico podríamos decir, unos pocos muebles grandes y antiguos, sumados a cinco a seis cuadros que manchan las paredes. El techo pintado de negro comprime el ambiente, nunca he visto uno de tan feo color.  Me llaman la atención las imponentes escaleras con alfombra roja, que se ubican en el centro de la sala mayor.
           
—Conducen a mi habitación, si te interesa te la muestro más tarde, tenemos todo el tiempo del mundo —dice provocadoramente y me agarra de la mano conduciéndome a lo que parece ser el living.
           
Las cortinas son largas, pesadas, de un lila perturbador que contrasta con el gris claro de las paredes. Todo es triste, como armado para deprimir. Vuelan fantasmas por doquier. Me viene a la cabeza la mansión de los locos Adams. Me falta aire. Estoy como sicoseado con la proximidad del cementerio.
           
—¿Adónde te gustaría comer Leo, aquí o afuera? —pregunta y, sin ni siquiera contestarle, me dirijo rápidamente a una puerta abierta que deja ver en el fondo un patio exuberante de vegetación. Siento que mis pulmones se abren nuevamente.
 
Nos ubicamos a la vera de una mesa de hierro labrado, cubierta por una sombrilla, en su centro descansan  un par de exóticas orquídeas. Más allá, una jaula contiene dos tucanes y otra un par de coloridos papagayos que duermen plácidamente. Todo bajo una selva de helechos, crotos y potus de mil especies. El ambiente es paradisiaco, sin embargo no me encuentro para nada cómodo. No sé por qué, pero me siento como una mosquita aguardando a la araña que analiza la mejor forma para devorársela. Entre aceitunas, quesos, ostras y avocado, mojados por un aromático vino rosado, Carina se va sincerando, abriendo lentamente su caja de Pandora.
 
 
Hay algo en ella que me inquieta, algo en su presente que me provoca un desasosiego inexplicable, al punto de atemorizarme. En un momento estuve tentado de no asistir a esta cena, pero aquí estoy como un loco hechizado por sus ojos y su voluptuoso cuerpo. Lo que tengo enfrente es una extraña y sórdida mujer que de la Carina que conocí ya no tiene ni siquiera el nombre. Y sin embargo aquí estoy, degustando un zinfandel californiano, anhelando una confesión que presiento estremecedora, mientras desde solo unos pocos metros me llega el frio de las lapidas y mausoleos.
Se regodea en detalles de cómo enamoró al gringo del Snake hole, logrando que se casara con ella seis años después de llegar a Louisiana. Como logró que la hiciera su única heredera, desplazando hasta a sus dos hijos del testamento.
—Una noche, allí mismo donde estás ahora sentado —me dice mientras saboreaba una ostra—  le di un shot cargadito de insulina y lo mandé al bastardo al otro mundo, a la vera de Satán, donde merecía estar. ¿No te parece Leo?
Me atraganto de repente y no con una aceituna sino con mis testículos que ahora los tengo en la garganta. Solo muevo la cabeza asintiendo y busco la copa de vino con desesperación mientras ella me estudia expectante.
 
Cuando minutos después trae un salmón con salsa de naranjas y hongos, ya no tengo ni una pisca de hambre, es más, el nudo en el esófago me dificulta hasta la respiración. Me ha contado no solo lo del asesinato del ex dueño del cabaret, sino también la forma fría en que, pasado unos meses del primer crimen, ultimó a sus dos hijastros que le estaban haciendo la vida insoportable. Es demasiado sinsentido, intento marcharme pero las piernas me tiemblan al punto de casi no sostenerme, el miedo y dos botellas de rose han hecho su trabajo. A duras penas puedo llegar al baño, orinar y lavarme la cara. Luego de diez minutos, ya un poco más repuesto, decido volver al patio, enfrentarla y despedirme para siempre.
          
—Creo que no te conviene marcharte a tu casa, mira como estás, quédate a dormir, hay espacio de sobra, ya nadie vive conmigo —me ruega con tristeza acariciando mi palma con sus uñas.
 
—Claro —digo para mis adentros— si los mataste a todos maldita maniática.
 
Intento negarme, agarro el paraguas y la campera y comienzo a esbozar el saludo final. Carina se acerca y me da un beso en los labios, las pétreas puntas de sus senos aguijonean mi brazo. La sigo tomado de su mano  mientras subimos las escaleras, sin poder sacar los ojos de  sus nalgas. 
       
—¿Estoy Loco o que? —me preguntó. Quizá lo hago por aquella promesa del salto de las rosas, tal vez por las ostras y el zinfandel, o porque pienso que no voy a tener muchas más chances de perder mi virginidad.
 
 
La saludo  tirándole un beso al aire desde la vereda, ella se ríe y me lo retribuye parada frente a la ventana del dormitorio, enfundada en su camisón transparente. Anoche luego del momento más fabuloso de mi existencia (verdad que no tenía idea de lo que me estaba perdiendo), me sugirió que fuese a vivir con ella. Me daría el puesto de gerente del nido de serpientes y recuperaríamos todo el tiempo del mundo.
               
—¿La pasamos lindo mi amor, no? Podríamos viajar por todos lados, tengo mi platita ahorrada. No tendrías penurias nunca más, te lo prometo mi vida —me dijo al despedirnos segundos atrás, acariciándome el rostro con su mano derecha.— Te espero esta noche en el bar, a las nueve, no me falles mi vida, si hay cosa que no soporto es a los fallutos.
 
Camino rumbo a la parada del tranvía, al fin un día lindo, soleado, luminoso. Estoy animado, el aire entra limpio en mis pulmones, huele a jazmines, los árboles desprenden un verde que contagia energía. Sin darme cuenta empiezo a tararear “Presente” de Vox Dei y medito sobre lo bueno que es echarse un par de polvos, aunque sea una vez en la vida. Debo ir derechito al restaurante, seguro que a esta hora lo encuentro al gordo García, tengo que pedirle un favorcito.
 
—¡Que linda que es New Orleans! —musito con un poco de pena mientras me subo al carro del trole, pensando que en unas horas estaré bien lejos de aquí, camino a New York. Bien lejos de la loca de mierda de Carina.
O eso era lo que pensaba por aquel entonces…
 
Capítulo séptimo de mi novela “Perfil triste sobre Borbón Street” (2012)

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