27/3/16

Capítulo Cuarto.Asesino Serial del Año


                                                         
                                                

                                                           Un error solucionable

                                                            I

Lucas amaneció agitado y con un punzante dolor de estómago. Soñó que revivía la noche de su graduación. Un Julio orgulloso le entregaba el diploma. Reinaba un ambiente de felicidad, el vals La Laguna de Strauss peinaba el aire del Fillmore, en Miami Beach. Esta vez estaban allí su madre y sus hermanitos. Sonrientes, aplaudían a rabiar desde la primera fila. En una línea interminable, todos los presentes comenzaban a palmear su espalda calurosamente. Sin embargo algo lo incomodaba sobremanera. Sentía de a ratos como que, desde lo alto, dos gigantescos ojos lo observaban. Intuía una mano amenazante suspendida sobre el auditorio, como dispuestas a aplastarlos en cualquier momento.

El apartamento que alquilaba sobre West Avenue era amplio y bien iluminado con una hermosa vista a la Bahía. Helechos y orquídeas le daban, junto a las coloridas imitaciones de Romero Britto, un toque caribeño de distinción. La renta era cara, 1600 dólares, pero las excelentes propinas en el hotel Delano le permitían vivir holgadamente.

Luego del fallecimiento de su padre en el 2003, víctima de un ataque cardíaco, consiguió un trabajito de medio turno en una empresa que limpiaba restaurantes. Laburó de noche durante ocho meses mientras por la tarde cursaba en el Miami Dade College. Sus aspiraciones académicas le duraron poco, antes del fin del segundo semestre, abandonó, se dedicó a trabajar de lleno, ya en el hotel, y ahorrar pesito sobre pesito. Incubaba la ilusión de traer a los suyos a vivir a los Estados Unidos. Seis años después, ni su madre, ni sus hermanos conseguían visa y el seguía indocumentado, trabajando con papeles falsos. Más allá que los ayudaba mandándoles una generosa mensualidad, sufría horrores el hecho de no tenerlos a su lado.

Lejos de aliviarlo, el deceso inesperado de Julio lo terminó de desestabilizar de una manera jamás imaginada. Había anhelado la muerte de su querido cretino, pero una muerte en sus manos, exigiéndole una rendición de cuentas y no de esa manera tan afortunada. Lo que más lo confundió fue el insondable pesar que lo arrasó tras la partida del tirano. No tenía noción de lo mucho que lo quería. Aquella lejana mañana de sábado, mientras cremaban sus restos, Lucas lloró hasta secarse. Vertió galones del salobre líquido por una persona a la que había planeado matar esa misma noche.