13/1/10

NUEVE SEGUNDOS (versión reeditada)

W.G.G


Matías Zuccarelli paró el reloj despertador con tanta violencia que rompió las cuatro patitas que lo soportaban. Un fino hilo blanco de luz dividía la cómoda y corría por las baldosas escapándose bajo la cama. Desde el afiche pegado sobre el televisor, un sonriente Mao lo miraba con tristeza.
Al incorporarse, una burbuja acida con restos del matambre comido en la cena, ascendió por su garganta. Corrió hacia la heladera y tomó de la jarra, con desesperación, un largo trago de agua. Suspiró emocionado y comenzó el recorrido una vez más.

Sus dientes, cual ruidosas castañuelas, salpicaron el silencio del living. La temperatura era una de las pocas cosas que variaban. El frío, noche a noche, aumentaba impiadoso. Pese a que las ventanas estaban cerradas, una congelada brisa transitaba por el monoambiente del Chicago Spire, en el piso 127. Matías observó disgustado los nublados cristales y maldijo el puto frío de Chicago.
Las feas pantuflas (amarillo patito) se le enredaron, como pasaba siempre, en el mismo reborde de la alfombra. Las arrojó fastidiado bajo la mesa ovalada de caoba. Llevaba puesto solo unos boxers grises, un pantalón azul de felpa barata y una remera blanca con el logo turístico de la ciudad de La Plata.
Por centésima vez sintió como su excitación crecía al ir acercándose al balcón, saturando sus terminales nerviosas. Abrió la puerta corrediza, de cristal opaco, que emitió un desganado lamento metálico. La luna llena, siempre era llena, parecía hacerle un guiño complaciente. La mortecina luz inundó sus ojos. Pestañó repetidamente para sacudirse una creciente sensación de enceguecimiento. Ya no nevaba, aunque los techos de los edificios vecinos estaban abarrotados del blanco elemento.
Subió con sumo cuidado a la baranda de aluminio, estableciendo un precario equilibrio sobre el borde de solo diez centímetros. Abajo, a más de cuatrocientos metros, la ancha avenida lucia insignificante. Ni un auto, ni un alma, se atrevían a marcar el inmaculado manto níveo.
Sintió las mejillas calientes, le quemaban los labios. Inició una suave pendulación. Un torrente eléctrico galvanizaba su cuerpo. La incipiente erección abultaba su boxer. Inhaló una bocanada del gélido aire y volvió la cabeza para observar el reloj digital adosado sobre la nevera. Las 3:33:33 de la madrugada.
Matías Zuccarelli, como lo había hecho en decenas de ocasiones en los pasados meses, se lanzó al vacío con singular alegría…

Apretó los puños y contuvo el aliento, comenzando el acostumbrado conteo. La sangre a mil borboteando por sus venas.


Nueve segundos, el cuerpo en caída libre comenzará su aceleración hasta superar los doscientos kilómetros por hora. Los cachetes de la cara flameando ruidosamente. Los ojos secos, casi imposible el pestañeo…

Ocho, los brazos y piernas extendidos como intentando planear. El aire inflando su remera hasta transformarla en una especie de globo blanco pegado a su espalda. Cristalina sensación de libertad total…

Siete, abre y cierra la boca provocando un curioso sonido que lo divierte. La adrenalina entra de a litros a su corazón que se desboca en infernal galope. Las imágenes se tornan grises, irreales…

Seis, el pijama y el calzoncillo han volado, su miembro, ahora libre, palpita en espasmos cada vez mas seguidos. El orgasmo es inminente, la respiración entrecortada, un quejido in crescendo…

Cinco, el gozo extremo se mezcla con un crudo miedo a la muerte. El suelo se acerca peligrosamente. Sensaciones que colisionan, placer y terror en una lucha que deberá decidirse en décimas de segundo…

Cuatro, sus manos se aferran desesperadamente al colchón, sus uñas a punto de rasgar las sabanas. Ha descubierto, desde el primer vuelo, que esa acción lo despierta inmediatamente.
No habrá golpe final, no habrá orgasmo liberador. Paraíso y averno juntos. Una frontera cada vez más difusa.

Matías se levantó y fue al baño a orinar, lo dominaba la impotencia y una desazón que arrancó frías lagrimas de sus ojos. Estaba bañado en sudor y sus manos temblaban sin control. El clímax sexual nunca alcanzado, lo tenía profundamente traumado. La relación con Joshua, su nueva pareja desde que abandonó a Marcelo, se deterioraba a pasos agigantados debido a su incapacidad de llegar al orgasmo.
Su sicólogo le recomendó que se dejase caer hasta el final. Con la eyaculacion vendría también la superación del trauma. Debía concentrarse en el disfrute y apaciguar el pánico a estrellarse.
—Matías, domina tu mente, condúcela a donde tú quieres, antes de que sea demasiado tarde. —le había advertido enérgicamente el profesional.
—Llegar hasta el suelo…je, como si fuera una cosa tan sencilla —le contestó con una mueca de evidente fastidio.
Era tan creíble el sueño, tan real la posibilidad de despanzurrarse, como real e imperativa era su necesidad de alcanzar el éxtasis.

El romance con Marcelo había tenido tanto de maravilloso como de trágico. Lo conoció un día de agosto en una tediosa fiesta de cumpleaños. Marcelo era el invitado mas ilustre, Matías el mozo. Ambos arquitectos, aunque solo uno vivía de su profesión. Marcelo lo ayudó desde el primer momento y a la semana, Matías ya trabajaba en una pequeña firma de Fort Lauderdale, dedicada a la remodelación de edificios públicos. Tres meses después se pusieron de novios y entraron en el negocio de los bienes raíces. Rápidamente amasaron una pequeña fortuna. La despilfarraron en fiestas, alcohol, drogas, sexo y viajes por el mundo. Cinco años inolvidables, sin duda los mejores de su vida.
Semejante bacanal terminó por pasarle factura, su cuerpo colapsó y tuvo que internarse en una clínica para comenzar un serio tratamiento de rehabilitación. Marcelo se quedó en el camino. Sumergido en la más atroz de las adicciones no quiso salir. Se volvió amargo y peligroso. Luego de intentarlo todo, ocho meses atrás Matías, con el cuore desgarrado, decidió dejarlo.
La ruptura amorosa vino emparentada con la explosión de la burbuja inmobiliaria. Perdió hasta lo que no tenía y para colmo se incorporó a las filas de los más de siete millones de desempleados. Corría octubre del 2008 y había caído el telón para la gran tragicomedia del sueño americano.
Entró en hondos estados depresivos y aunque no tenia la valentía para suicidarse, la imagen revoloteó cercana. Día tras día le costaba más asirse a la realidad. Entonces asomó la rapada y poceada cabeza de Joshua. Transitaba los veinticinco años, veinte menos que él, y para nada era su tipo, tenía físicamente todo lo que a Matías le desagradaba: baja estatura, barba desprolija y barriga prominente. Pero el diminuto hebreo lo siguió a sol y sombra, y desinteresadamente, cuando ya se iba a pique, le tiró un cable a tierra. Se terminó encariñando de esa adorable criatura y lo hizo su compañero una fría madrugada de febrero. Aunque la relación nunca se había consumado por su incapacidad orgásmica.

Arañó las horas en insoportable vigilia. Era ya un adicto al vuelo nocturno, aunque todo su existir había estado signado por continuos saltos al vacío. La escalada luego era lenta y tediosa. Al llegar a la cima no disfrutaba de ello, pues de reojo ya estaba nuevamente observando el oscuro precipicio.
Sus pensamientos de ese día se anclaron en Mariela, su querida y malograda Mariela…
La conoció en la Universidad de La Plata, la identificación fue rápida y fulminante, dos espíritus indómitos, desbocados. Un planeta entero servido a sus pies. Vaya si tuvieron momentos hermosos, memorables jornadas en Argentina, Aruba, Bonaire y Miami. Todo aniquilado por un germen subversivo que crecía poco a poco en su interior y que terminó por dominarlo.
Liberó su homosexualidad latente recién cumplidos los treinta. Una húmeda mañana floridana, intempestivamente, salió del closet. La vida de ella quedo destruida, a tal punto que luego de separarse, volvió a su ciudad e intentó dos veces (la primera sin éxito) suicidarse.
La muerte de Mari lo desbastó. Matías se extravió en un laberinto de pastillas antidepresivas, perdió toda autoestima y como un zombie fue a trabajar a alguna que otra fiesta, muy de vez en cuando, para no morirse de inanición. Marcelo lo rescató del pozo, aunque solo por un corto tiempo.
A las ocho de la noche, el arquitecto sin obra, se tapó hasta el cuello y antes de dormirse sonrió satisfecho. Estaba convencido que en esa jornada nocturna contaría hasta nueve y se reventaría contra el asfalto de la gran avenida, alcanzando un fenomenal clímax sexual.

—¡Que maldita acidez! —dijo y se incorporó de un salto buscando apurado la pequeña nevera negra. El agua le aplacó apenas el ardor de estomago.
Se alegró al notar que el frío era mas benévolo que en el pasado. Los vidrios que daban al exterior no estaban empañados y el habitual resplandor de la luna llena había desaparecido.
—¡Que bueno! hoy tenemos novedades —susurró entusiasmado— Por lo menos el camino hacia el salto será menos monótono.
En el sueño, Matías era conciente que estaba soñando. Por eso le intrigó el hecho que esta vez pudiese, intencionalmente, evitar el tropezón con la maldita alfombra.
Comenzó a dudar si era realidad o ficción lo que estaba pasando y se inquietó, buscando con ansias un indicio que lo calmase.
La puerta no chilló al correrse. Afuera nevaba copiosamente. Al subirse a la baranda, la nieve acumulada sobre su borde casi lo hace resbalar. Un escalofrío traspasó su humanidad al tocar la helada superficie.
—Tan vivido, tan real —musitó preocupado.
El camión recolector de basura se movía lentamente en la lejana avenida, como una mosca sobre crema pastelera. Esa nueva e inesperada visión le impidió iniciar el acostumbrado balanceo.
—¡Dios mío! — exclamó aterrado— esto no es un sueño. La imagen del reloj digital le indicó lo contrario: 3:33:33.
Exultante de gozo, Matías se arrojó por primera vez de espalda.

Nueve segundos: El cielo, de un gris plomizo, cubre toda su visual. Se mueve a mayor velocidad que los copos níveos, así que puede abrir los ojos sin problemas. La erección ha tardado más que de costumbre, pero ya nota al miembro ansioso bajo su jockey.

Ocho: Pega los brazos al costado y separa las piernas, lo que hace que su cuerpo se incline levemente para atrás. La pared del Chicago Spire pasa peligrosamente cerca. Lanza un grito de júbilo que se aflauta y parece quedar pendido en el aire.

Siete: El pantalón de felpa se le desprende, no así el calzoncillo. Su pene, que ya ha emergido por la ranura de la prenda íntima, parece el timón roto de un barco en picada al abismo. Voltea el rostro a un lado para sentir el aire inflando con violencia su cachete derecho.

Seis: El alarido es ahora carcajada. Nunca ha sentido un desplazamiento tan veloz, un vértigo tan arrollador. El orgasmo se acerca. Centra su atención en cosas que alejen su terror por el porrazo que se avecina. Intenta retener el rostro de Joshua, pero es Marcelo quien aparece.

Cinco: Un murciélago, paloma o quien sabe que bicho volador pasa como cohete por su lado, alcanzando a rozar su hombro izquierdo. Se desestabiliza y por milímetros no se revienta contra la afilada cornisa del edificio. La rápida apertura de sus brazos lo pone en posición nivelada otra vez. Todo esto solo aumenta su excitación.

Cuatro: No lo ve, aunque sabe que el suelo se aproxima a trecientos kilómetros por hora. Siente sus puños abrirse. Las manos bajan buscando asirse al colchón. El pánico empieza a ganar la pulseada.

Tres: —¡Aguanta infeliz de mierda! —se insulta dándose aliento, aunque sabe que no lo logrará. El anhelado orgasmo allí nomas, tan, pero tan cerca. Joshua, Marcelo y Mariela y su puta cobardía

Dos: Los dedos se hunden en una superficie blanda…¿el colchón? Descubre aterrado que es la palma de su propia mano la que recibe sus afiladas uñas. No existe sueño, ni cama alguna, esta volando en serio. La explosión sexual llega poderosa. Luces de colores, estrellas rojas, fuegos de artificio, música de arpas y flautines…

Uno: Abre sus sentidos justo a tiempo para ver el duro piso que lo recibe. Olor a sangre mezclada con semen y las tinieblas que lo tragan impiadosas.

El hombre lava su cara con sumo cuidado, tratando de no tocarse la nariz que sangra abundantemente. Un feo chichón deforma su frente. Pese a todo se encuentra feliz, tranquilo, relajado.
Matías Zuccarelli levanta la cabeza, lo suficiente para que el líquido rojo no emane de sus fosas nasales y de reojo mira al espejo mientras dice sonriendo: —¡Vaya porrazo que te pegaste al caerte de la cama maricón!

Lean esto, no lo van a poder creer!!  COINCIDENCIAS, CAUSAS Y AZARES. (O de cómo el personaje de uno de mis cuentos, un día me mandó un e mail) Lo encuentran en la sección "El guionista...

2 comentarios:

gabrielzinho dijo...

Hola, Walter!

O que será que o Matias vai dizer agora, hein?

ender dijo...

este, al menos,sobrevive, aunque no será que no intente.