8/3/10

EL HEROE DEL BICENTENARIO Versión Final


W.G.G

¡Pucha si lo había intentado! Zamarreó cielo e infierno,se alió con cuanto santo se le cruzace, todo valía en pos del objetivo. Golpeó mil puertas, imploró, se humilló, regalando el decoro y la autoestima. En los pasados años no había sido más que una sanguijuela abyecta, baboseando las veredas de la capital.

Se divorció, insultó a sus hijos, se peleó con sus padres. Todos intentaron una estéril cruzada para que cambiara esa existencia ruin, para que abortase la obsesión absurda que lo ligaba con las dos pasiones de su vida. Su obstinación lo iba encajonando en un túnel sin salida y la pared final se acercaba peligrosamente. A no ser que sucediese algo fuera de lo común, se estrellaría indefectiblemente.

—Un suceso extraordinario —meditó Rodolfo Merino sobandose la calva, desparramado sobre el vetusto catre en la piesucha de la casa de su tía Guillermina, la única que aun no lo había corrido a las patadas.

Poseía el hombre dos aficiones nefastamente improductivas: El juego y la escritura.

El vicio de las apuestas fue herencia del tío Goyo, difunto esposo de quien hoy le brindaba albergue. Con él se iba al hipódromo y a las carreras de galgos desde que tenía diez años. Dolfi, ya de chiquito jugaba a las bolitas por chicles y caramelos. A los veinte perdió la novia en la final del mundial de Italia. Las apuestas por internet fueron la ruina total. Dilapidó sus exiguos ingresos en deportes (que se jugaban en países remotos) de los cuales no conocía ni siquiera sus reglamentos. Su sueldito de boletero en un cine de San Telmo le duraba, con suerte, tres días. No encontraba inocente alguno que volviera a prestarle un centavo, tenia embargado hasta el relleno de los dientes. Tres veces visitó el hospital público por deudas impagas.

Con su segunda adicción no le fue mucho mejor. Publicó tres libros, vendiendo casi trescientos ejemplares y regalando quinientos. Nunca consiguió el respaldo de ninguna editorial, tuvo que pagar hasta la última página y soportar dos juicios por plagio. Pese a esto seguía escribiendo, religiosamente, una o dos hojas todos los días. Merino sabia que la novela que estaba terminando era su postrera oportunidad de salir de la mierda aquella. No porque la historia fuese mejor que los engendros anteriores, si no porque sucedería un hecho específico que catapultaría a la obra (y su autor) al panteón de los consagrados.

La cosa se inició una noche, tres meses atrás. Fue un molesto golpeteo lo que al principio captó su atención. Serian alrededor de las dos, era una madrugada de viernes. Buenos Aires, húmeda y ventosa, lucía deprimente. Terminada la proyección final de “El secreto de sus ojos”, comió dos pedazos de piza en un sucio bar-rotisería de San Telmo. Se gastó hasta la última monedita, razón por la cual tuvo que caminar las treinta cuadras acompañado por una pereza indescriptible. Ni ganas de pensar tenía. El viejo caserón donde vivía su tía, había sido subdividido en cinco y alquilado por su dueño, un gallego que residía en España. Los muros divisorios eran de un plywood fino y ordinario que atentaba contra toda privacidad. Por suerte en los dos años que sobrevivía allí, nunca escuchó ruidos (hasta ese momento) del otro lado. El repiqueteo, aunque más espaciado, continuó por minutos, intentó ignorarlo, logrando solo concentrarse en él. Tan fastidiado como intrigado, pegó el oído a la pared. Le llegaron unas voces apagadas y de fondo una marcha militar que apenas se podía escuchar. Retornó a la cama y trató de dormir pero la curiosidad lo mantenía desvelado.

A la media hora se levantó y buscó un vaso grande, de esos que traen dulce de leche en su interior. Lo acercó al plywood y apoyó la oreja contra su base. La melodía se clarificó, le hizo recordar a una de aquellas cortinas con las cuales las juntas militares argentinas daban a conocer sus siniestros comunicados por cadena nacional en los setenta. Al fin el toc-toc cesó, los allí presentes hablaban tan bajo que le era imposible asimilar alguna palabra. En eso creyó distinguir el ruido de una silla al correrse y como que alguien se arrimaba al sector donde tenía el vaso.

—El asunto es extremadamente delicado —dijo una voz que ahora podía captar con nitidez.— No los hubiésemos convocado aquí si la cuestión no lo ameritaba. En esta situación límite en que los ex montos han tomado el poder, debemos cortar el mal de cuajo, antes que el cáncer se extienda —siguió diciendo parsimoniosamente el desconocido.—Han sido elegidos para realizar una acción radical, que nos lleve, otra vez, a salvar la patria y a la total reivindicación de las gloriosas fuerzas armadas.

El tipo se tomó unos segundos, como midiendo el grado de expectación que había creado y al final agregó con voz ronca y potente:

—Ustedes tendrán el supremo honor de conformar el grupo operativo destinado a aniquilar a la yegua y a su marido.

El vaso cayó de su mano y por suerte el colchón amortiguó el impacto. Dio un paso atrás y contuvo la respiración, temeroso de realizar cualquier sonido que lo delatase. Le dolía el bobo de lo fuerte que tañía. Aspiró hondo, sintiendo un estiletazo bajo el esternón.

—¡Tranquilo Rodolfito, tranquilo mi viejo! —se dijo tartamudeando nervioso,— Está puede ser la chance de tu vida, pensá como la vas a aprovechar.

Se recostó en el catre, temblando de pies a cabeza y miró el cielorraso conmovido. Se acababa de enterar que en la habitación lindera, un grupo de milicos fachos, estaban planeando el asesinato de la presidenta y su marido.

Cuando luego de una hora al fin pudo dormir, la marchita militar lo acompañó en los sueños, sirviéndole de marco a la pesadilla más horrible.

En los sesenta días posteriores al momento aquel, Rodolfo no solo tomó nota de todo lo que sucedía en la habitación vecina, también instaló una filmadora y dos micrófonos (conectados a un grabador), que sacó “prestados” de un deposito del cine. La idea primigenia era recabar toda la información posible, agregarle algunos elementos de ficción y elaborar una novela, la cual saldría al mercado la misma semana en que estaba programado el atentado. La fecha indicada por el grupo comando, era el día en que se conmemoraba el bicentenario de la declaración de la independencia, el nueve de julio. Debía manejar el asunto con cuidado extremo, si lo pillaban era boleta, seguro. Mientras más datos pudiese volcar en el libro, más explosivo sería.

Nunca le causaron simpatía los militares, Rubén, su tío preferido, estuvo secuestrado tres meses en la E.S.M.A y luego lo desaparecieron. Cuando era universitario, perteneció a un partido de la izquierda combativa, el movimiento de liberación 29 de mayo. Por entonces fue incubando una aversión indisimulable en contra de los uniformados, pero de eso hacia añares. Tan atrás había quedado, que parecía parte de otra existencia, como si jamás lo hubiese vivido. No guardaba ya rencores ni ansias de venganza, todos sus ideales hacia décadas que estaban metidos en un saco descosido. Esto se constituía en un acto de oportunismo puro. Si Dios lo puso allí, porqué no sacar una buena tajada y a la vez cumplir con el deber moral de salvar la democracia, pese a que el kirchnerismo ya lo tenía harto, reflexionó Merino.

Llegó a la conclusión que se trataba de una minúsculo grupo fachista dentro de las fuerzas armadas, apoyados por algun politico mesianico. Que no era algo orquestado oficialmente, una orden que llegara desde los altos mandos. Lo mismo no dejaba de ser lo suyo una osadía peligrosísima. Si estaban dispuestos a realizar semejante magnicidio, a él lo podrían borrar de un simple soplidito.

Las reuniones eran los miércoles y los viernes, pasada la medianoche, a veces se extendían por horas y generalmente terminaban hablando de futbol, de mujeres, de cualquier cosa. Apenas llegaban, prendía la filmadora y abría los micrófonos. Se subía entonces a una escalera y chismeaba un rato por un agujero que había hecho con un taladro manual en la esquina, bajo el comienzo del techo. A los pocos minutos se aburría y se tiraba a leer, controlando a cada rato que los aparatos electrónicos estuviesen funcionando bien. De día transcribía todo lo grabado e incorporaba las novedades útiles a su historia

En la novela, él era el protagonista excluyente de una odisea moralizadora. Un héroe inteligente y arrojado que desmantelaba, en un final apoteótico, un sangriento operativo, salvando así a la República. No ese gusano vicioso e inservible que ni respiraba de temor y solo pensaba en el dinero que le reportaría su actividad de voyeur.

A mediados de Junio Dolfi asumió que poseía documentación suficiente. Conocía el plan al dedillo y la novela ya estaba redondeada. Aun se sorprendía de la gente importante infiltrada en el gobierno que participaría del operativo. Rodolfo no conocía los nombres de los topos (así eran denominados los espías) y sabía que la mayoría de los integrantes del grupo operativo tampoco poseían esa información. El complot se iba aceitando con suma prolijidad y, si no fuese por su intervención (pensaba Merino), seguramente habría sido todo un éxito. Restaba encontrar un editor serio y confiable. Solo se le ocurría uno…


Néstor Margulls era una persona respetada en el mundo de las grandes editoriales, con muy buenos contactos políticos. Un tipo honesto, que había amasado una fortuna, aprovechando las oportunidades que cruzaban por su camino.
No sabía por qué decidió recibir a ese esbozo de ser humano, el tipo lucia terrible y hasta parecía tener varios cables pelados. Quizá para sacárselo de encima sin armar alboroto (lo venia acosando sin respiro en los pasados tres o cuatro días), o tal vez porque tuvo lástima de llamarle a la policía.
Le bastó ver parte del material que Merino le desparramó sobre el escritorio, para reconocer al instante que acababa de pegar otro pleno. Aunque era una papa caliente lo que caía en sus manos, la papa era de oro.

—Me parece perfecto lo del libro, pero tenemos que hacer la denuncia inmediatamente —dijo Margulls con una excitación que no sentía desde su juventud.

—La novela está casi lista, solo me falta retocar el epílogo. Deme un tiempito para terminarla mientras usted corrige los originales. No se preocupe, nada va a pasar. La fecha del atentado no la van a variar, es algo simbólico —agregó el tahúr confiado.

El editor estudió a Rodolfo sorprendido, su frialdad lo preocupaba. O estaba loco de atar, o no tenía ni la puta idea en lo que se había metido.

—¡Cinco días, ni un segundo más! ¿Tiene conciencia del peligro que correría si se enteran de sus grabaciones?

El hombre movió la cabeza afirmando y mientras esbozaba una tímida sonrisa acotó:

—Claro que si, para bien o para mal mi vida dará un brusco cambio, aunque no creo que me pueda ir peor.

Esa actitud de estar jugado al mango, provocaba resquemores en el empresario. Una persona desesperada puede cometer muchos errores, pensó preocupado. Pero aun así estaba dispuesto a arriesgarse.

—Una última cosa Rodolfo, de esto ni una palabra a nadie. ¿Me entendió? Dejeme que yo maneje todo, no realice movimiento sin consultármelo. ¿Ha comentado con alguien el tema este?

—No señor. Mi boca ha sido y será una tumba ¿Usted me toma por lunático, o por suicida? —dijo el escritor seriamente.

—Por las dos cosas, —reflexionó Margulls intrigado mientras veía retirarse a Merino.


Primero cruzó la plaza en diagonal y luego le dio la vuelta hasta encontrar el único asiento desocupado. Un abuelo encorvado alimentaba con suma paciencia a un grupo de palomas congregadas alrededor de un roble centenario. Al costado derecho, cinco críos se divertían con una pelota de playa bajo la atenta mirada de un hombre demacrado y alto, quien los alentaba moviendo enérgicamente las manos. Cada tanto largaba una estentórea risotada que perturbaba sobremanera a Rolfi. Desplazó su mirada de los infantes, asentándola sobre el intimidante edificio que lo esperaba tras la calle. Tenía unas escaleras encumbradas y un par de columnas que inyectaban respeto.


Margull no se cansó de recomendarle que se manejara con extremada cautela y le dio el nombre de una persona de su confianza a quien debería entregarle todo el material acopiado. Había algo en el obsesivo editor que le provocaba cierto resquemor, llámenlo intuición o paranoia. La cuestión es que el escritor estableció su propio contacto. Armando, un viejo amigo del tiempo de la universidad, trabajaba en el ministerio y le consiguió una cita con un funcionario muy allegado a la alta mandataria y (según sus propias palabras) cien por ciento confiable.

Un petiso gordo y narigón, con el pelo ridículamente teñido de rubio, le abrió la puerta. Con una sonrisa sucia y fingida le dio la bienvenida en la oficina 404. No encontró a nadie más allí y mientras el subsecretario Ramirez le daba la mano, palmeándole con la otra la espalda, a Merino lo sobrecogió un desagradable sentimiento de indefensión. ¿Sería verdaderamente de fiar ese ridículo hombrecito que le había recomendado Armando?

—No tiene de que preocuparse —dijo el mofletudo, adivinando su sentir.— Acá están mis credenciales del ministerio, le prometo que este asunto será manejado con total confidencialidad. Si los documentos poseen la relevancia que creo —agregó Ramírez comenzando a revisar el material,— le pondremos una escolta permanente y posiblemente en el futuro hasta tengamos que cambiarle la identidad.

Rodolfo sonrió aliviado, sin duda estaba frente a la persona indicada. Ahora lo único que deseaba era marcharse lo antes posible de aquel frio lugar. Solo le restaba esperar y rezar para que todo saliera bien. Esa mañana tempranito había mandado por correo el prólogo a la editorial.

Después de media hora de acribillarlo a preguntas, el funcionario público metió todo lo que Rolfi le trajo, en una pequeña caja fuerte tras un dibujo de San Martín.

—Dos agentes lo seguirán de cerca, no tenga miedo, deje el asunto en nuestras manos, no se involucre más.  Hoy he conocido a un nuevo héroe y no dudo que la patria sabrá reconocerselo señor, —exclamó con fingido respeto el gordinflón.

—Solo cumplí mi deber como ciudadano, —dijo Merino con un orgulloso cinismo.

—Antes de que se retire le repito una pregunta esencial: ¿Está seguro que nadie más, a no ser Armando Reyes, sabe sobre el complot?

Estuvo a punto de nombrar a Margull, pero se contuvo. Había esperado toda su vida una oportunidad así y no la iba a cagar por un presentimiento infundado.

—No, nadie más —mintió mientras se despedida, sin poder desviar su vista del lugar donde se hallaba la caja fuerte. Su trabajo de los últimos meses estaba a buen recaudo.

—Muchas gracias don Rodolfo, —lo saludó con frialdad el funcionario— pronto sabrá nuevamente de nosotros.

Rolfi bajó saltando de dos en dos las escaleras de la repartición pública, una sonrisa de patilla a patilla partía su cara. Respiraba aliviado, como si se acabara de sacudir varias toneladas de arriba.

—¡Cinco días! —musitó entusiasmado— Cinco días y El héroe del bicentenario se estará vendiendo como pan caliente.


Ramírez marcó el celular y ordenó en voz baja:

—Revisen hasta el rincón más recóndito de la casa de Merino y quemen todo lo que encuentren referente al atentado, notas, casetes, lo que sea. Luego le pegan un tiro y lo entierran bien hondo. También al amiguito Armando me lo hacen fiambre.

El topo suspiró hondo y miró con asco la foto encuadrada de la presidenta, colocada sobre la biblioteca de caoba marrón. Aun no podía creer la suerte que habían tenido. Justo a él, único infiltrado en ese edificio, tuvo que caerle el tarado chismoso este.

—Dios nos ilumina —dijo persignándose y llamó inmediatamente al coronel.


Manso y lluvioso transcurría el atardecer de octubre. Margull dejó un atado de claveles en la base de la tumba del cadáver multimillonario. Esa semana El héroe del bicentenario de Rodolfo Merino había sobrepasado el millón de ejemplares vendidos. El mausoleo revestido en mármol rosado fue construido a escasos metros de la entrada al Cementerio de la Chacarita. Quien sabe a que muertos habrían corrido para instalarlo allí. Dos leones melenudos custodiaban una retocada foto y cuatro ángeles con arpas y flautines coronaban el techo.

El editor no pudo disimular la irónica sonrisa que disfrazó su semblante al leer el epitafio.



AL HEROE DEL BICENTENARIO QUIEN OFRENDO SU VIDA PARA SALVAR A LA PATRIA

6 comentarios:

Jacinto Piedras dijo...

Como siempre, atrapante la historia del atentado y como siempre nos dejas en ascuas.
Abusador!!!!

Ío dijo...

Pues eso digo yo¡¡¡¡ siempre nos quedamos a medias, y siempre me sorprendes con tus relatos.
Magnífico este, esperemos la continuación pacientemente.
(Veo que has retocado el blog, se ve muy bien¡¡)
Besos, amigo mío y gracias por tus palabras

Ío

Anónimo dijo...

Ah! Mencionar la pelicula ganadora del Oscar es todo un suceso, decirle Yegua a Cristina es otro suceso... ja! va interesante eso del golpe de suerte. Esperaremos con ansia la siguiente parte para conocer el desenlace!!!!!!!!!!!!!!!

Daniela E. dijo...

no te tardes mucho con el final Walter. Me interesa saber como sale Cristinita de esta.
¡Muy buena historia!!!

Anónimo dijo...

Retorne a visitar el blog, esperando el desenlace y... siguo en espera igual que todos Walter!!!!!

Anónimo dijo...

Entre causa y efecto escribes esta historia y la verdad nos deja pensando en lo importante de la intuición y lo discordante de estar en un cargo al que se puede manipular. Ah! deja con la palabra colgada de la memoria y anonada!

Gran relato sin duda, pobre escritor nunca supo lo que ere vivir de sus letras.