6/7/11

Un poquitín de sabor. (Quizá el más negro de mis cuentos)

 
Walter G. Greulach
Arístides Fulgencio Villanueva se sacó el barro de las suelas golpeando con fuerza los borceguíes contra el segundo escalón de la entrada, para dejarlos luego sobre una destartalada silla de paja. A su derecha, con un concierto de sofocados ladridos, Picho, Guante y Oso le brindaban una exhibición de saltos y volteretas. Se calzó las alpargatas y mientras se desarremangaba la camisa, los miró con fastidio y les dijo en voz alta: —¡Cómo hinchan las bolas ustedes, eh! Todavía no es tiempo de comer ¡A quedarse quietos pulgosos del diablo!

Traspuso el umbral, cerrando con gancho la puerta provista de una ventanita de tela mosquitera y descolgó del perchero la campera de hilo marrón, mientras miraba con esperanza las negras nubes que se aglutinaban en el horizonte. Abajo el campo se perdía infinito, diluyéndose en las sombras del anochecer.


—Con un poco de suerte llueve hoy susurró pensando que así no tendría que regar la huerta por un par de días.

Buscó un par de huesos, con algunos pedazos de carne seca, que sacó de una bolsa de plástico guardada en el cajón inferior de la alacena. Se los agregaría al afrechillo para darle un poco más de sabor. No podía descuidar a los perros, desde que Julia se había marchado, esos cuzcos sarnosos eran su única compañía.

Atizó los carbones que aun se hallaban encendidos, agregó unas ramitas secas primero y luego unos troncos de quebracho y piquillín. Con un jarrito enlozado sacó agua del balde y llenó la tiznada pava y la olla, colocándolas sobre la cocina a leña. Tras preparar el mate, buscó un pedazo de queso de chiva y una rebanada de pan y se lo comió de un solo bocado, con la esperanza de aplacar la acides que se lo comía por dentro.

Aun no podía comprender la razón por la cual su mujer lo había abandonado, llevándose el bebe de ocho meses con ella. Compartieron tiempos realmente duros. Como la sequía de principios de los noventa, cuando se le murieron la vaca y las cuatro chivas y no pudo ni siquiera mantener la huerta. O cuando la tormenta aquella que les destruyó el rancho y terminaron viviendo bajo una enramada por varios meses. Ni que hablar de la perdida de los cuatro pequeños. Sin embargo ahora, por una cuestión menor, había hecho la valija y partido a la casa de sus padres en el pueblo, dejándolo miserablemente solo.

Chupó con rabia el mate, sintiendo como se le incendiaba el paladar, sin embargo se tragó de golpe el liquido y volvió a succionar como buscando el sufrimiento físico que aligerara los dolores que escaldaban su alma. En los dos meses anteriores, había adelgazado mas de diez kilos, se sentía permanentemente deprimido y pasaba casi todo el día tirado en el catre, desgastando con su mirada la puerta de entrada. Pensar que tiempo atrás no soportaba el bullicio de los niños corriendo por la casa, ni el cuchicheo de alguna vecina que siempre venia a importunar. Ahora el silencio era una prensa que segundo a segundo iba oprimiendo su cuerpo.

Descosió el borde de la bolsa de afrechillo y vertió en el caldero la cantidad de siempre, luego le echó un puñado de sal gruesa, agregándole los tres huesos saborizantes con unos restos de cáscara de papa y zapallo.

Desde la primera desaparición, Julia siempre le endilgó la culpa a él. Aunque nunca se lo dijera de frente, se lo expresaba con su mirada de reprobación, con sus gestos despechados, con sus alusiones indirectas.

Un suave repiqueteo sobre las chapas de zinc, alivió los oídos de Arístides. En la mano derecha sostenía la cuchara de madera con la que revolvía parsimoniosamente la comida, en la derecha aferraba el porongo con la bombilla, regalo de su hermano mayor cuando vivía en Paraguay. El olor a tierra y a yuyos mojados le acercó memorias de Julito y de la lluviosa mañana en la que lo vieron por ultima vez.

El muchachito cursaba el segundo grado en la escuelita rural que está pasando un kilómetro el Atuel, por el puentecito de los Fontana. Esa mañana de lunes el hombre lo acompañó, como lo hizo desde el primer día de clases. Siempre le había incomodado el tener que levantarse tan temprano, si por el fuera dormiría hasta el mediodía. Iban los dos en la bicicleta negra, porque la verde había amanecido con la rueda de atrás pinchada. Tras pasar el río, se encontraron con un vecino que bajaba trasnochado (del bar de lo Mina) con una damajuana media llena en la mano. Arístides le contaría luego a Julia que mandó al niño solo, el tramo que faltaba y se quedo conversando con el tipo aquel. Julito nunca llegaría a la escuela.

El recuerdo agudizó su melancolía. Se acercó a la motorola a baterías y sintonizó una de las dos radios que se escuchaban en la zona. A las siete comenzaba el programa de boleros que nunca se perdía. Eran canciones que hablaban de amores y traiciones, le parecía que la mayoría estaban escritas para él. Las escuchaba con los ojos borrachos en lagrimas, con la foto de su mujer desgastada en un puño.

Bajó la olla para que se enfriara, los perros ladraban hambrientos afuera, ni la tormenta había podido acallarlos. Se sentó en la reposera de paja, estaba descocida y su cuerpo se inclinó un poco a la derecha. Cerró los ojos para abortar el cosquilleo que se deslizaba por sus mejillas. Afuera el cielo se desmoronaba y los relámpagos, estampaban de a ratos el chato perfil de Villanueva contra la heladera a kerosene. Después de un par de minutos se incorporó y prendió una vela que estaba en un plato en el centro de la mesa. Le aterraba la oscuridad y el sol de noche estaba sin gas. No iría al pueblo hasta la semana entrante, en la que intentaría hablar con Julia una vez mas. Le incomodaba la noche, las peores cosas le habían sucedido de noche. Como hace un año atrás cuando pasó lo de los mellizos.

Su mujer viajó al pueblo por un chequeo medico, llevó a Hortencio el menor de los niños. María y Julián se quedaron con él porque se hallaban bastante resfriados y necesitaban reposo. Hasta ultimo momento Julia insistió en que fueran también, pero estaban demasiado débiles.

—Desde entonces ya me había perdido la confianza— susurró Arístides mientras rememoraba el suceso.

Serian como las diez de la noche, los mellizos dormían y el hombre no encontró nada mal el irse al bar a tomar unos tragos. Era viernes y cuando montó en la bicicleta el cielo reventaba de estrellas, el vecino lo esperaba en la tranquera. Tanto a los policías como a su esposa, les contó que cuando volvió a las cuatro de la madrugada no pudo encontrar a los pequeños por ningún lado.

Había dejado de llover y los perros aun toreaban. Dos murciélagos entraron al rancho cuando Arístides abrió la puerta. Le tomó cuatro segundos sacarlos a escobazos, a uno literalmente lo desintegró. Sacó la olla y revolvió su contenido, chequeando si estaba lo suficientemente frío para servirlo. De fondo Luis Miguel honraba a Gardel con el día que me quieras. Se calzó los borceguíes y se fue con la comida para el lado del galpón, los chocos, histéricos de alegría, lo seguían dando cabriolas de todo tipo.

Después de lo de los mellizos, la relación con Julia se resquebrajo aun mas. A lo contrario de lo esperado, que corriera a sus brazos buscando apoyo y cariño, comenzó a sobreproteger a los dos hijos restantes. Se pasaba todo el día con Andrea y el bebe recién nacido, a él no le prestaba ni el mínimo de atención. Todo el amor para ellos y la indiferencia y el rechazo para Arístides.

Andrea desapareció una tardecita, dos meses atrás, fue a la casilla atrás del galpón, donde se encuentra el baño. Su mama alimentaba al bebe sentada en una silla enfrente de la casa, el hombre trabajaba con azada y pala en la huerta. No hubo ni un grito, ni un quejido, fue como si se la hubiera deglutido la tierra. La policía, después de una investigación de semana y media, no encontró ni el mínimo rastro. Julia desquiciada de dolor y mirándolo por ultima vez con un odio indescriptible, le dio la espalda y se fue caminando con Joaquincito rumbo al pueblo.

—Como si yo hubiese sido el culpable de todos sus males. Si lo único que deseaba era mostrarle mi cariño —sollozó el campesino mientras empezaba a repartir la comida en tres platos abollados.

A los gritos mantenía a raya a sus cuzcos, quienes desesperados trataban de abordar los platos antes de que fueran totalmente servidos. La luna llena se desentendía de las ultimas nubes y alumbraba por primera vez la noche, ayudando al hombre en su salomónica repartija. En cada recipiente Arístides volcaba un hueso con algo de carne seca. Una pequeña tibia en uno, un pedazo de peroné en el otro y una mandíbula en el tercero.

11 comentarios:

Claudia Medina Castro dijo...

yo creo que el verdadero terror habita en esos parajes sórdidos y solitarios. sacan lo peor del humano. se necesita mucho temple para soportarlos para pulir el espíritu.
me encantó tu cuento negro, walter!!!!

Anónimo dijo...

Desde Real del Padre mis felicitaciones por tan escalofriante final.

Sin duda no negro, ¡Negrisimo!!!

Saludos, muy buen cuento. Rubén

Anónimo dijo...

Querido, el cuento me gustó muchísimo. Está muy bien contado. Lo que no comprendo es el calificativo de "negro", no encuentro el motivo. Salvo que sean los huesos de la mujer...


Un abrazo muy fuerte de Delia

Walter G. Greulach dijo...

Delia, no se si el reato no esta claro, pero lo que Aristides pone en los platos junto al afrechillo, son huesos de sus hijitos.
Aun no te parece negro??

Un beso.

Anónimo dijo...

Ay, pero qué horror!!! Era negro en serio!!!. Sí que sabés jugar fuerte, amigo querido!.


Besote de Delia

Jacinto Piedras dijo...

¡Por favor maestro!!! Que cuentazo.
Negro azulado podriamos decir...

Ángela Gaggino dijo...

Es un placer leer tus cuentos. Un descubrimiento en cada párrafo. No sé cómo haces para armonizar la serenidad del relato, con su contexto y lo intrépido de los hechos. Realmente un deleite!!!!
Ángela.

Anónimo dijo...

Hola Gerard he reenviado el cuento a la cuenta de laempresa para poder disfrutarlo, no me has comentado nada de Galaxia, pero bueno sere buena y paciente con todo eso, te mando saludos y gracias por la correspondencia, saludos!!!
Ariadne desde Mexico...

Ío dijo...

No sé por qué, a mitad de cuento algo me dijo que esos perros y Arístides......terrible, terrible, Walter, la piel de gallina se me ha puesto, como decimos por aquí.
Un gran relato, escalofriante¡
Besos, amigo mío

Ío


(me han encantado todas esa palabras que por acá no se usan; cuzco, piquillín (hermosa palabra)....
Y "el sol de noche estaba sin gas", preciosa frase¡¡¡)

Anónimo dijo...

Hola tio soy Ari me encanto! me encantan los cuentos negros y este es de los mejores que e leido besos desde san rafael :D

Anónimo dijo...

negro es mi dia... no puedo salir por la lluvia y reviso mi viejo bookmark de la acer 348xczrsea432olk y me tengo que desayunar con esto en HALLOWEEN... come on SERGIO C