29/11/14

Joshua, el mendigo fascinante



Afuera me acogió un cielo encapotado con un gris turbio. Se me antojó que esa noche las nubes iban en diferentes direcciones, como en una danza siniestra plasmada sobre la metrópolis, sin duda que mi estado de ánimo espoleaba esta sensación. Apenas descendí por la rampla de salida del personal, la lluvia me amagó un par de gotas frías que resbalaron por mi calva. Debían faltar quince minutos para la medianoche porque, allá enfrente, el albino bajaba las persianas metálicas del bar del Astor y la jota acababa de pasar por Collins agregándole media hora más a mi espera. Puteé por lo bajo mirando a la distancia por la cuarenta y uno, si me echaba un pique de cinco cuadras, a la altura de Sheridan lo alcanzaría. Aunque lo más probable era que Joshua aún no hubiese llegado, casi siempre tomaba el de las doce y cuarto.

—Mejor me fumo un pucho y espero —recapacité mientras encendía un Winston mentolado.

La parada del Days Inn no brindaba protección alguna. De un salto me encaramé al murito que separa la recepción de autos con la vereda, el valet intentó bajarme con una mirada homicida, a la que respondí juntando mis manos en rezo y fingiendo ojos de ternero a punto de ser degollado. Tras sentarme, apoyé la espalda contra la columna y miré para el lado de la cuarenta y tres, ni noticias de él.


—Dios quiera que no se haya ido ya —musité tiritando. La condenada lluvia calaba los huesos y solo llevaba puesta una camperita que de impermeable no tenía ni el cierre.

Revisé los titulares de Clarín y Olé en el celular, deteniéndome unos segundos en las mejores jugadas del superclásico perdido.

—Malditas gallinas, este año nos tienen de hijos —pensé aburrido.

Cada tanto levantaba mi vista hacia el norte buscando su figura y luego atisbaba el firmamento esperando descubrir una estrella, una islita de claridad en el cielo. Ya no podía recoger más mis salpicadas piernas y todo por flojo, me dije, por no comprar un puto paraguas de cuatro pesos en el dólar store.


Como tantas otras veces en la pasada década observé su silla de ruedas acercarse desde el Fontainebleau y un gran alivió oxigenó mi sangre. Al fin el mendigo de nombre Joshua hacia su entrada en escena.

Sus rasgos y la forma de expresarse revelaban, detrás de una costra de mugre y un sinfín de cicatrices, a una persona fina, educada. Debía haber sido atractivo en sus buenos años, si es que alguna vez los tuvo. Era una de esas presencias que obligan a reflexionar sobre las volteretas de la vida. ¿Qué malabares del azar (o del destino) lo arrojaron a tal nivel de indigencia? Un abundante pelo rubio entrecano se desparramaba bajo una roñosa  gorra en donde apenas se entreveía el dibujo del blue monster, el logo del tradicional torneo de golf del sur de la florida. El pegoteado jopo sepultaba uno de sus ojos. Le partía el rostro un costurón que cruzaba desde su oreja izquierda  hasta la misma base de una nariz griega perfecta. Regalaba un olor rancio que puso freno a mi curiosidad y me obligó, una vez más, a apartarme de él un par de metros.

Se acovachó con pereza bajo un ficus consumido por la mosca blanca, la lluvia parecía incomodarlo sobremanera. Hundió la cabeza entre los muñones, a la altura de sus ex rodillas, lanzando un suspiro hondo y desalmado. Yo lo observaba como siempre, con una inexplicable y morbosa curiosidad. Hoy no podría leer y eso seguro lo apenaba. Era esta continua lectura, tanto en la espera como ya en el mismo bus, una de las cosas que más alimentaban mi enigma. De una u otra forma me las rebuscaba para ver la tapa del libro de turno. No se trataba de novelitas baratas o de best sellers del New York Times, eran clásicos, obras cumbres de la literatura universal. La guerra y la paz. Los hermanos Karamazof, El aleph, El Ulises de Joyce, El paraíso perdido, Dickens, Nietzsche, Twain y hasta Maquiavelo  desfilaban cotidianamente frente a unos iris de celeste diamantino. Cada tanto tomaba notas de lo leído en un cuaderno de tapas negras, de esos que usan los escolares aquí.

Todas las medianoches planeaba sentarme cerca de Joshua con la idea de entablar una conversación formal y luego obligarlo a revelarme todos sus secretos. ¿Quién era? ¿Qué hacia todas las noches en Miami Beach? ¿Dónde y con quien vivía? ¿Qué le había sucedido? Luego, su irresistible baranda me arrojaba diez hileras de asientos más atrás. Soy muy delicado con los olores y esta lucia como una barrera casi infranqueable. Solo me le arrimaba unos instantes al subir a la jota, conteniendo la respiración, lo suficiente para darle un billete de cinco. Un gesto que ya formaba parte de mi insufrible batería de supersticiones.

Estoy convencido que determinadas acciones, mínimas, triviales, modelan el curso de mi porvenir. No llego al extremo de ser un Adrian Monk, ni mucho menos. Solo por dar un ejemplo; toco los buzones o los grifos de agua para los camiones de bomberos, esquivo las juntas de la calle y de las veredas, llamo a mis padres el primero de cada mes, abro las puertas siempre con la mano izquierda, tarareo la misma melodía al levantarme, le doy una limosna a Joshua, etc. etc…

A tal grado había despertado este hombre mi fascinación que si en una rara noche no lo veía venir, el nerviosismo y la desaprensión me perseguían y no las lograba disminuir hasta que llegase el próximo encuentro.

En el momento en que junte aire y le extendí el papel con el rostro de Lincoln, me asaltó la acuciante necesidad de abordarlo esa misma noche. Como poseído por la certeza de que no habría una chance futura, de que no vería más a Joshua y que si no lo hacía, mi vida misma estaría en jaque. Era la carta base de un inmenso castillo de naipes y la sentía moverse peligrosamente.

Me senté frente al él respirando dificultosamente por la boca,  mis manos aferradas al asiento para impedir la huida, la lengua pegada al paladar, mi frente brillando de sudor, la mirada anclada al suelo. Solo diez minutos después, al subir a la 195, cuando los latidos de mi corazón parecían estabilizarse y las náuseas disminuían, alcé la vista y tímidamente esbocé  mi primera pregunta.


—Que tal Joshua, que lluvia insoportable ¿no? —lo saludé respirando por la boca. Así y todo sentí el salobre amargo de la mugre en la garganta.

—Ahá —dijo parcamente, asintiendo con la cabeza y buscó con rapidez el libro del día en el interior de una mochila agamuzada, quien sabe de qué color.

Lo noté incomodo con mi presencia, revolviéndose nervioso sobre la silla de ruedas. Sumergió su vista en una obra de poemas de Walt Withman y no volvió a levantarla en todo el trayecto. Con una angustia inexplicable creciendo en mi vientre, sumada a una sensación de vomito próximo, me levanté pausadamente y me puse a charlar con un conocido que se encontraba en el fondo del bus. No quería que pensara que era su fragancia, más que su parquedad, lo que me había espantado.

Veinte minutos más tarde habíamos cruzado las vías y nos internábamos en el noroeste de Miami rumbo al aeropuerto. Pensé que en solo un momento tocaría el timbre y se bajaría en la 12 y la 36, como lo hacía siempre.

¿De dónde brotaba este raro sentimiento, esta ansiedad descompensadora?  Asumí una vez más que estaba mal y que debía con urgencia reprogramar las citas con el psicólogo. Generalmente era consciente de lo estúpido e insensato de algunas de mis acciones, sin embargo no encontraba forma de reprimirlas. Sam, mi curalocos, me había dicho que lo mío no era preocupante. No llegaba a ser ni esquizofrénico, ni bipolar, ni maniático obsesivo, no hallaba un encuadre justo para mi desorden psíquico. Sin embargo, normal no era, lo tenía asumido y menos en estos momentos en que me acometía una necesidad acuciante, impostergable de realizar esa cosa que atormentaba mi espíritu.

El próximo colectivo pararía en hora y cuarto, después de medianoche tenían frecuencia distinta, peor aún los domingos. Nada de esto me importaba.

 Dejé que se alejara unos cuantos metros camuflándome en la sombra de los muros para poder seguirlo sin despertar sospechas. Llovía torrencialmente y fuertes ráfagas de viento amenazaban mi estabilidad. Habíamos atravesado como siete cuadras sumergiéndonos en uno de los peores barrios de la ciudad, infectado de drug dealers, prostitutas y malvivientes de toda laya. Aunque la tormenta sin dudas ayudaría a espantar a ocasionales asaltantes. Por un instante me iluminó la noción de que estaba completamente loco, que debía volver a la seguridad de la parada antes que sucediera una tragedia. Fue solo un flash, la imagen nebulosa de Joshua era un imán de cuyo influjo ya no podía apartarme.

Lo vi al mendigo sufrir lo indecible para poder avanzar. Sin pensar en las consecuencias, aceleré mis pasos con la idea de ayudarlo. No hizo falta, me detuve y di un salto escondiéndome tras de un árbol. Ahora se encontraba frente a un edificio de departamentos, esos que aquí llaman section 8 y tienen precios reducidos para personas indigentes.

La puerta era de vidrio velado y eso permitió que al cerrarse lentamente pudiera ponerle un pie sin que mi perseguido cayese en cuenta. Esperé unos segundos y luego me asomé con cautela. Joshua carraspeó repetidamente mientras subía al elevador, su pestilencia inundaba todo el hall. Escuché una tos ronca, cargada, mientras el aparato ascendía. El marcador de pisos iluminó el noveno. Allí fui, empapado de pie a cabeza y tiritando con la lengua retraída para no mordérmela.

Tras poner la campera en el respaldo, me senté en un sillón de cuerina amarilla y estiré los pies en una mesita de lata pintada con flores. Me hallaba en una salita a la salida del ascensor. La calefacción estaba encendida, tras unos minutos comencé a sentirme un poco mejor. La única iluminación era provista por el foco del pasillo,  titilaba y parecía a punto de quemarse emitiendo una luz pálida adormecedora. Entorné los párpados, me sentía extenuado, deprimido.

Abrí los ojos como a las seis y media de la mañana.

    ¡Qué carajos hago aquí! — exclamé para mis adentros confundido.

           Me insumió unos instantes reconstruir el sinsentido de la noche anterior. Me levanté de un brinco, disgustado conmigo mismo. Ya no sentía la más mínima gana de enfrentar a Joshua, solo deseaba volver corriendo a mi mono ambiente y tirarme a dormir por un día completo. Mi cuerpo estaba entumecido, me dolía la garganta y mis oídos estaban tapados.

          El estruendo de una puerta al cerrarse me obligó a sentarme nuevamente, oculté mi rostro en el regazo fingiéndome dormido. Un hombre en silla de ruedas y tres niños venían hablando animadamente por el pasillo, el más pequeño iba sentado en la falda del adulto. Sus risas diáfanas y contagiosas inundaban el aire. Con un ojo apenas abierto, atisbando disimuladamente, enfoqué una imagen que me provocó un desasosiego aun peor que el de la jornada anterior. El tipo de la silla de ruedas era igualito a mi mendigo, pero se presentaba afeitado, aseado y olía bien. Lo envolvía una suave esencia de lavanda, sus ropas estaban limpias y lucían bastante nuevas. Hasta el transporte era distinto, se trasladaba sobre una silla eléctrica de última generación de un vistoso azul eléctrico y asiento rojo. Pero lo que más me impresionó fue su rostro limpio, sin la fea cicatriz que solía atravesarlo.

      ¿Estaba frente a un excelso impostor que engañaba a la gente para robarles una limosna? ¿Cómo podía realizar el bastardo tan creíble y profunda transformación? Me acometió una rabia virulenta de solo pensar en la plata que le había regalado. Calculé cerca de diez mil dólares en alrededor de una década. Lo menos que debía hacer era desenmascararlo allí mismo y cagarlo a trompadas. ¡Qué cabrón!

      Se me ocurrió por un instante que quizá se tratase de un hermano muy parecido, de un gemelo o algo así. Entonces podría explicarse todo. En mi interior rogaba que esta fuese la causa, sentía afecto, respeto y admiración por Joshua, no podía concebir semejante patraña. Era para mí una especie de ídolo. Un ser emergido del sucio barro y que parecía disfrutar de la vida.

      Lo dejé pasar, ocultando aún más el rostro, aunque ninguno de ellos, absortos en su conversación, me prestó la mínima atención. Pensé en hablarle allí mismo, más decidí esperar. Posiblemente estuviera acompañando a los niños al bus escolar y regresara en un momento. Sería mejor enfrentarlo entonces, sin testigos. Esperaba que tuviese muy buenas razones o que en la más inverosímil de las causas, no fuese él. De no ser así me encargaría de que todo Miami Beach se enterase del fraude, que nadie más en su puta vida le volviese a dar un peso. Ahora podría enfrentarlo sin problema, pues ya no existía ese olor nauseabundo que me inmovilizaba.

     Durante la media hora que tardó en regresar comenzó a roerme una idea, una visión, una sensación de esas que me dominan poniéndome a funcionar como un autómata. Me imaginé a un Joshua sin argumentos que pudieran sosegarme y yo furioso dándole golpe tras golpe hasta extirpar su hálito final de vida. Mientras más intentaba desprenderme de ese pensamiento homicida, más me atenazaba.

      El  falso pordiosero salió por la puerta del ascensor a las siete en punto. En sus ojos vislumbré cierta confusión, y hasta una pizca de miedo, cuando por vez primera los enfocó en mi persona.


El cuerpo se me tensionó, apreté los puños con ira, achinando los ojos en mirada asesina. De reojo me vi en un mueble encajado entre dos sillones.

—¡Qué horrible espejo! —pensé mirando el barato marco de esterilla.

La exagerada expresión de enojo me trajo a la cabeza el recuerdo de Condorito parado con los brazos en jarra diciendo: ¡Exijo una explicación! Hice un esfuerzo por mantener mi iracunda pose, luchando por contener la risa que me provocaba el reflejo.

—¡Patético Juancito… como siempre! —me dije suspirando.

Sentí que el chip se me cambiaba una vez más y mi mente se distendía dejando huir la idea de masacrar al limosnero. Además, en mi vida me había peleado con alguien. Creo que ni al aire le lancé nunca un puño.

Joshua me llamó por mi nombre sorprendiéndome, no creía habérselo mencionado nunca. Quizá lo leyó en la plaquita del hotel que a veces me olvido de desprender de mi remera. Me invitaba a pasar al apartamento, con su vergonzosa vista esquiva a mis ojos.

La vivienda era humilde, aunque limpia y ordenada por demás. La cocina comedor, en el medio, servía de nexo entre los dos cuartitos de dormir, el único baño estaba en el de la derecha. Nos sentamos junto a una mesita de madera amachimbrada. Me ofreció un té y abrió un paquete de galletas gilda, un ventilador de techo aliviaba un poco la humedad. En la radio F.M clásica sonaba Vivaldi apenas de fondo.

Carraspeó y por vez primera desde que entramos se atrevió a mirarme de frente. En la pieza de la izquierda pude ver un cofre rebosado de juguetes. Una cucheta de alegres colores hacia juego con el empapelado de dibujitos Disney. Esta visión como que me alegró el espíritu y, sumado a la infusión de manzanilla, me relajó de tal forma que, cinco minutos después, me hallaba feliz y desparramado en la silla escuchando encantado la historia del impostor.

Había nacido en Detroit, en el seno de una familia más que pudiente y tenía cuarenta y ocho años. Su padre fue en los setenta y ochenta el CEO de General Motors. Estudió en Harvard, en la facultad de artes y ciencia, doctorándose con honores en letras modernas.

—Recién recibido me mudé a New York. Por entonces terminaban los ochenta, me parecía que el mundo estaba a mis pies y nada podría detenerme. En la noche buena del 94 acaeció la tragedia que me borró para siempre del mapa —acotó con tristeza y sus ojos se desviaron hacia las piernas muertas.

Me contó que aquella madrugada retornaban de una fiesta en los suburbios de Detroit, Joshua manejaba a gran velocidad aletargado por unos cuantos tragos de más. Tras diez tumbos sobre la autopista, cruzaron de carril y fueron a impactar de frente contra un camión de bomberos. Sus padres, su hermana y su novia murieron en el acto.

Luego de doce años de alcohol y drogas salió a duras penas de un coma y al despertarse vio a sus tres sobrinitos llorando junto a la cama, allí se juró dedicar el resto de la vida a ellos. Aunque la realidad le mostraría que la cosa no iba a ser tan fácil. La fortuna de su familia se esfumó al reventar la burbuja hipotecaria, Detroit y sus fábricas automotrices se fueron al carajo. Al principio sobrevivieron gracias a la escasa ayuda del gobierno, que constantemente amenazaba con quitarle a los niños. Se mudaron a Miami buscando el clima benigno, pero más que nada para sepultar los fantasmas del pasado.

—Una tarde desesperado decidí salir a mendigar, nadie me daba un puto trabajo y apenas nos alcanzaba para el alquiler. Me calce ropas bien viejas y me ensucie un poco la cara. Una vecina se encargó de los niños y un atardecer del 2007 pisé, si se puede decir así, je, je, Miami Beach. El resultado positivo me estimuló a repetir la experiencia. Recuerdo que volví con cincuenta y tres dólares en el bolsillo. La práctica trajo el perfeccionamiento, conseguí una silla destartalada y me dejé crecer el cabello. Fabriqué un perfume esencia a mugre que, por tu expresión en el bus, deduzco que funciona muy bien y me pegué una cicatriz artificial súper creíble. Al principio, hasta establecer una piadosa clientela fija, llevaba a los niños conmigo  He llegado a hacer más de dos mil dólares mensuales en alta temporada —me dijo orgulloso.

Pensé que era más de lo que yo hacía regularmente y eso me enojó por unos segundos. No con él, conmigo mismo. Pero habia que reconocerle sus méritos al maldito. ¡Que maestro! El arte del camuflaje en su máxima expresión, medité estudiándolo con admiración.

Confesó que estaba pagando la universidad de sus sobrinos por adelantado y que había abierto tres cuentas de bancos para asegurarles el futuro. Se veía que los quería a rabiar y  dentro de la modestia no les faltaba nada. Medité que en este caso, y como nunca, el fin justificaba los medios y me sentí complacido por haber contribuido a ello en los pasados años.

—Lo que no he podido evitar, Juan, es gastar unas moneditas diarias en el único gran vicio que me quedó… los libros. Son mi gran pasión como te habrás dado cuenta —me dijo palmeando mi hombro mientras me señalaba su cuarto.— Es a través de mis niños y de ellos que disfruto la vida.

Me paseó por su colección de miles de ejemplares. Las cuatro paredes de su habitación tenían estantes cerrados herméticamente con vidrio, de techo a piso. Puedo asegurar que no había clásico ausente allí.

Almorzamos una ensalada, Joshua comía solo cosas orgánicas, con unos pargos rojos al ajillo deliciosos. Hablamos de metas y frustraciones, de presentes sin futuro, del hora a hora de los tipos como nosotros. Pasadas las dos dijo que debía buscar los niños en la escuela y me despidió con un sentido abrazo en la parada de la J. Había recomenzado la puta llovizna y ya fuera de su embrujo sentí la gripe trepándome por todos lados. Entraba a trabajar a las seis pero seguro que llamaría enfermo, estaba ya harto de servir a la gente.

—Juan, si querés contarle a todos mi farsa, como me amenazaste más temprano, adelante, estas en todo tu derecho. Soy consciente de la importante suma que me regalaste en todos estos años y por eso, aunque lo hagas, seguiré eternamente agradecido —agregó con visible emoción.

—Quizás nos encontremos más pronto de lo que te imaginás Joshua —le dije con aire misterioso y tono serio, quitándole toda efusividad a mi saludo. Acababa de decidir lo que haría con el erudito estafador.

 

La nochecita despintaba las playas de Miami, una bandada de gaviotas y algún cuervo extraviado despeinaban el cielo. Era bello el atardecer, de esos que invitan a regocijarse con la vida. Apartados de la vista de los guardias de seguridad del Fontainebleau y al resguardo de la cabina de la J, charlaban los dos hombres animosamente. Sus ropas roídas olían a todo. El pelo sucio, los rostros opacos por la mugre, los dientes negro-amarillentos, el aliento a atún rancio. Cada tanto echaban un ojo a tres chiquillos que jugaban en el parque a sus espaldas. Un grupo de turistas suizos se acercó y mientras contenían el aire en sus pulmones, les ofrendaron diez dólares a cada uno de los mendigos, quienes agradecieron con fingida exageración.

Joshua miró con afecto a su nuevo colega y le despeinó la peluca mientras sonreía.

—Tapate mejor las piernas con la frazada Juan y empezá de una buena vez a respirar por la boca delicadito de mierda. Si alguien te descubre, no voy a salir a defenderte farsante del demonio —agregó a la vez que le guiñaba un ojo frunciendo el ceño.

 

 

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