26/4/15

De sinsentidos y calamidades


De sinsentidos y calamidades I



W.G.G



         La luna, inquietantemente roja, presagiaba tragedias. Encaramados al alto pasaje de cemento que cruzaba los diez carriles de la I 95, los hombres aguardaban el tiempo oportuno. Dos de ellos se alejaron del resto y tras bajar pisaron peligrosamente el borde de la autopista. Uno llevaba en sus manos un par de trapos y una botella de vidrio. De a ratos miraban para arriba como esperando una señal que partiera del grupo.


José Ramón Samaniego cerró los ojos antes que el sudor los inundase y mientras aspiraba profundamente, con un dedo estrujó sus cejas. Dio un par de pasos laterales buscando atemperar el temblequeo de sus tobillos. Todo lucia de un color ocre oprimente, el peso de la vía láctea reposaba en sus hombros. Por tercera vez, en menos de un minuto, maldijo el instante en que aceptó la apuesta que lo había traído a este punto sin retorno.




—Hay un sitio de unos locos en internet  que te pagan re bien por hacer cosas sinsentido, un primo mío ganó casi cien mil dólares un año atrás —le dijo Juanchila, el colombiano de Medellín que trabajaba con él en la cocina de un chicken kitchen. — Es arriesgado, pero sino querés perder el auto, la casa, tu esposa y tus tres hijos con ella, yo que vos  lo haría parce. Total que más podés perder, si ya sos un muerto en vida Pepito.


            —¡Un muerto en vida, ja! —pensó el hombre con fastidio.— la definición perfecta para su estado actual. Alcohólico, con una cirrosis hepática devenida en cáncer de pulmón, por el cual ya lo habían  desahuciaron. Con todos los bienes hipotecados y la familia a punto de abandonarlo con justa razón. Siempre fue un borracho hijo de puta, abusador e insensible.

             Allí, al filo de la interestatal y mientras el yanqui le anudaba el pañuelo en la nuca y le ataba las muñecas tras la espalda, Samaniego se jugaba a dos destinos posibles. Morir de una vez, ahorrándole penurias y gastos a los suyos (hasta quizá sumándoles alegría), o vivir dignamente los meses finales, rodeado  por el cariño que da el dinero.

            Los tipos lo citaron  en una pieza de un motelito  de cuarta en el downtown de Miami. “Inversiones arriesgadas, futuro asegurado” rezaba el cartel de presentación de la firma apoyado en la mesa ratona. Después de mil preguntas que buscaban asegurar la total confidencialidad  del argentino y tras elegir entre un amplio menú la opción “Atravesar la I 95 con los ojos tapados”, firmó el contrato que le aseguraba cuarto de millón de dólares para él o para sus familiares. Dependiendo de si salía vivo o muerto del cruce suicida.

            Fue escogida la medianoche, un sábado de marzo, cuando el tráfico sería perfecto, ni mucho, ni poco y con borrachos y drogados por doquier. Sería filmado y emitido en vivo para los morbosos afiliados del sitio en internet, el cual periódicamente cambiaba de servidor para evitar ser rastreado por las autoridades. Cuatro millones de desquiciados pagaban 100 dólares mensuales para alimentar su depravada morbo. Sin dudas un negocio redondo.

 

Apretó con furia los dientes a la vez que un par de lágrimas eran absorbidas por la áspera tela negra. El miedo le había clavado un espolón que lo mantenía hundido al suelo. Nunca imaginó que se podía sufrir un horror tan profundo y descarnado.

—Take a drink to gain some courage Mr. Samaniego —lo alentó el gringo gordo acercándole un vaso de plástico lleno de vodka.

Se empinó el contenido de más de cuarto de litro en solo cinco o seis tragos y sin respirar. El calor y el coraje bañaron su cuerpo destrabando sus piernas.

—¡Ahora si Pepito querido, que sea lo que el cachudo quiera! — dijo envalentonado y encomendándose a los infiernos.

Desde el puente se sintieron expresiones de algarabía y sonó la chicharra que le anunciaba el comienzo de la prueba. El reloj marcaba exactamente el minuto cero del nuevo domingo.

 

A esa altura de la autopista los autos pasan a gran velocidad, mínimo 110 kilómetros por hora. El sitio fijado se encuentra tras una amplia curva que dificulta la visión de los conductores, haciendo casi imposible que se desvíen o frenen al verlo. Samaniego seria papilla en fracción de segundos.

Comenzó a entonar su canción predilecta, otoño en Mendoza. Con cada paso elevaba la voz como tratando de tapar los mortales ruidos que se aproximaban. En la mitad de la I 95 había un muro que separaba las direcciones de tránsito. Era de un metro y medio de altura y poseía un grosor considerable. De llegar allí, Pepe tendría que encaramarse y pasar al otro lado. Cinco vías hacia Fort Lauderdale y cinco hacia Miami lo separaban del cuarto de millón. Sería un verdadero milagro si nadie lo atropellaba.


En el tercer carril un camión pasó tan cerca que sintió las ruedas rozando sus pantalones. El cuerpo se le arremolinó dando tres vueltas y cayó arrodillado al tibio asfalto. Presa del pánico y con un llorisqueo incontenible quedó derrumbado allí.

Una potente bocina, que le pareció la de un transatlántico, lo hizo brincar y salir disparado sin dirección alguna. Avanzó totalmente desorientado, no tenía ni idea si iba o venia, ni siquiera si avanzaba transversal o paralelo a la interestatal. Segundos después se dio cuenta de lo acertada de su carrera, acababa de reventarse la nariz, quebrándose el tabique contra la pared divisoria. Olió la sangre y al instante comenzó a saborearla. Cayó en cuenta que tenía la rodilla derecha destrozada y que a duras penas podía mantenerse parado. Desesperado, pensó en abandonar la apuesta ahí mismo. La imagen de su patética situación sumada a los gritos que desde arriba lo trataban de cobarde, lo hicieron moverse nuevamente.

Con un esfuerzo sobrehumano  alcanzó el otro lado sintiendo que su rótula se trizaba en mil pedazos. Avanzaba a los saltos, apoyado solo sobre el pie izquierdo. Dos autos zumbaron a milímetros por sus costados. Esos treinta metros que había calculado, se le estaban convirtiendo en kilómetros. El miedo atemperaba un poco su dolor pero los pulmones lucian trabados, apenas entraba el aire por su boca. Debía correr adrenalina y no sangre por sus venas.

A la distancia escuchó una sirena. ¿Vendrían por él? Pese a que se le antojaban siglos, no debía haber pasado más de dos minutos desde que inició la travesía. Decidió acelerar, aunque su cuerpo ya poco le respondía.

—¿Cuántos carriles aun me faltan por el amor de Dios? —musitó Samaniego al borde de desfallecer.

La explosión de alegría y los vítores que le bajaron desde el firmamento le dieron la respuesta. Aminoró los saltos justo para tocar con sus palmas el paredón final.

—¡Mierda, lo he logrado! —lloró jubiloso, mientras por unos instantes, y por primera vez en su vida, se sentía orgulloso consigo mismo.

 

Un puñado de segundos solamente. El tiempo que le llevó dar el fatídico paso y con su único pie sano pisar la cascara de banana culpable de su desnucamiento final.

 

Este es un relato incluido en una serie que, con el título “De sinsentidos y calamidades” está en borrador, esperando su tiempo para ser publicado.  Mil gracias y hasta prontito. ¡Muy feliz semana!
    
   

 





         
        
 
 

 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Armando Antonio Amieva

Walter, además de ser un buen escritor....eres LA MAGIA DE LO IMPENSADO....!!! Felicitaciones...!

Anónimo dijo...

Teovaldo Angel Pesce Pawlow

Uno nunca sabe de que va a morir, Muy bueno Walter.

Walter Greulach dijo...

Si supieramos no tendrían gracia los cuentos de misterio mi amigo Teo. En la sorpresa está la sal de la vida don Antonio. Un fuerte abrazo a los dos...

m. dijo...

ay, amigo, como nos vas guiando hacia el final para luego sorprendernos de esa manera tan tuya.
Pobre hombre, tanto como le costó cruzar la carretera, saberse a salvo y tuvo que aparecer la piel de plátano debajo de su pie, que mala suerte, que mala¡
Gracias, amigo mío, es siempre un placer saborear tus relatos sorprendentes; gracias también por tus visitas y palabras allá, me alegra que te gustara aquel poema mortuorio, un soneto que escribí el día de difuntos, el noviembre pasado, se me olvidó ponerlo en su día, ahora como que no pega mucho en el tiempo, pero bueno, allí quedó.
Abrazos y cariños, buen día, Walter

m.