9/5/15

La madre de las malas suertes

                                                                                                                                                                                                                                        
Cuando estás de culo...


            —¿Qué te pasa ahora? —inquirió Luciana esforzándose por despegar sus lagañosos ojos y mantenerlos abiertos.

            Me encontraba de rodillas sobre las baldosas, como rezando, con los antebrazos apoyados sobre la cama y las pupilas borrosas por el llanto. Puños y dientes apretados y esa hiriente punzada bajo el hígado que me convertía en un patético bicho bolita humano.


—No sé qué mierda tengo, es un pinchazo fuertísimo, como a la altura del apéndice —contesté con voz forzada conteniendo la respiración.


—¡Hay mi querido, te han caído las siete plagas de Egipto! — acotó mirándome con pena mientras se incorporaba cubriéndose los hombros con un sweater de lana blanca.


Afuera, un clima gélido había cristalizado las calles de la ciudad capital de Entre Ríos. Unos rayitos de sol se filtraban por entre las nubes, calentando apenas el aire paranaense. Era domingo, finales de febrero, año 2012 y me encontraba coronando los peores cinco meses de mi vida.


—Te preparo un tecito de cedrón y te lo tomas con una cafiaspirina. Tranquilizate, ya se te va a pasar, por ahí es solo un pedo atajado —intentó calmarme mi esposa a la vez que me ayudaba a sentarme en un sillón del living.


La bola comenzó a rodar allá por septiembre del año pasado. Entrenaba para el triatlón de Baradero, en el cual partía como uno de los favoritos, con chances ciertas de clasificarme a Londres. Todo era esperanza, los juegos olímpicos estaban en la punta de mis dedos por vez primera. Recorría esa mañana un circuito que iba desde el parque Urquiza hasta la toma vieja cuando, a la altura del club Rowing, se me atravesó un gato negro perseguido por un cuzco sarnoso. Esquive al felino con maestría pero me llevé puesto al perro del demonio. La bicicleta se clavó en la banquina y salí catapultado estrellándome en la vereda. Como resultado, dos costillas rotas, el tabique quebrado y raspones hasta en las nalgas. Tras una semana en el Hospital San Martín, tuve que olvidarme de la competencia y verla por tele. Volví a mi laburo de cobrador de impuestos municipal y traté de enfocarme en mi próximo objetivo, el 20 de noviembre iba a realizarse la fecha del G.P. Argentina-Nativa de triatlón olímpico en Chascomús.


La infusión, lejos de calmarme el dolor pareció incrementarlo a un nivel insoportable. Miré el techo con impotencia como pidiéndole explicaciones a un Dios que ni siquiera estaba convencido que existiera. La mano de mi esposa buscaba tranquilizarme acariciando mi nuca.


—Ayudame con la ropa y vamos ya mismo al hospital, no aguanto un segundo más —le dije en un suspiro.


Fue en la tercera semana de noviembre, a dos días de la fecha del grand prix, cuando me agarré una gastroenteritis de la puta madre. El doctor me dijo que la culpa la tenía el agua, aunque yo era el único apestado en todo el barrio Santa Lucia. Estuve internado cinco días y enchufado a una bolsa de suero por tres de ellos. Recién tras siete jornadas más de reposo, comencé a entrenar nuevamente con miras al triatlón internacional de La Paz, Entre Ríos, que sería a mediados de enero y era el lugar ideal para lograr mi objetivo.


Todo el mes de diciembre me maté entrenando. A medida que recuperaba mi estado aumentaba mi ilusión. Solo tenía que revalidar el tiempo logrado un año antes y ubicarme entre los primeros dos, cosa que evaluaba perfectamente posible, solo el Maradona del deporte, mi amigo Oscar Galindez podía superarme y todavía no era seguro que correría. Entonces apareció el arácnido. Una especie rarísima (vista por primera vez en nuestra zona) me picó en el cuello mientras cortaba el pasto, el mismo fin de semana del triatlón. Me hinché en segundos como sapo ofendido y con una cuchara tras la lengua me llevaron en ambulancia al San Martin. Hasta que llegó el antídoto de Misiones, estuve jugando al truco con las parcas. Parece que gané, porque tres días más tarde salía del hospital hecho un esqueleto.


El doctor nos hablaba en neutro (sin denotar sentimiento alguno). Luciana acariciaba mi mano y asentía con la cabeza, yo flotaba entre algodones a causa del calmante y sufría la cercanía de julio en el almanaque colgado bajo las mugrientas ventanas de la salita de emergencias. A duras penas entendí la sentencia médica: peritonitis y cirugía urgente.


—¡Lo que me faltaba, bingo! —pensé afligido mientras se evaporaba mi conciencia y se alejaba la chance de clasificar a Londres.


Recuerdo que dos semanas después de lo de la puta araña, fuimos a Santa Fe con Luciana, a la casa de mis suegros. El sábado tras la cena, disfrutábamos un cafecito con Juancho, mi cuñado, cuando, observándome como extrañado, exclamó:


—Luli, vos estas meado por los perros hermanito. No conozco persona con tan mala suerte en tan poco tiempo. No es que yo crea en esas cosas, pero tendrías que hacerte una limpieza, un baño quita maldiciones. No has pensado en ir a ver a algún mano santa que te despoje —agregó divertido.


Lo miré con fingida sorpresa y largué una carcajada mientras respondía:


—Seria el último lugar de la tierra a donde iría a pedir ayuda.


Me considero una persona ultra racional, bien alejada de religiones, brujas y fantasmas, más les juro que en aquel momento sopesé la alternativa de que algo sobrenatural me estuviera pasando.


—Si venia media hora más tarde era fiambre, le tuvimos que cortar como dos metros y medio de tripa al pobre —comentó riendo el cirujano mientras observaba como el enfermero me tomaba la temperatura y sonreía también.


Atardecía y la luz cobriza se colaba bajo las cortinas del cuarto de hospital. Se me había pasado el efecto de la anestesia y los espiaba, fingiéndome el dormido. No tenía ganas de hablar con aquellos mercaderes de la salud y su presencia me incomodaba. Se entretuvieron un par de minutos contándose casos de apéndices reventados. El lejano sonar de una alarma me trajo el alivio, probablemente los convocaba a la cama de algún otro infeliz.



El tiempo pasaba y no juntaba voluntad ni para abrir los ojos, me sentía vacío, inútil, bajonado. Tres años preparándome para el encuentro olímpico (por fin habían incluido el triatlón) pero con tristeza veía como, una a una, mis chances se iban evaporando. Me enfrentaba a dos semanas de convalecencia, por lo menos, y después a tratar de volver de a poco. En cuarenta y nueve días seria la octava prueba del Gran Prix en Concordia, la oportunidad final. Allí se terminaba la temporada y creía que aún podría llegar en buen nivel, si es que no me pasaba alguna nueva desgracia.

Al fin elevé los parpados buscando la presencia reparadora de Luciana, mi único bálsamo disponible. Todavía no había llegado de la cafetería y eso me impacientó, necesitaba sus mimos.


El Diario de Paraná me provocaba desde la mesita de luz, estaba abierto en los clasificados y lo agarré con ansiedad. En la parte baja, a la derecha encontré lo que buscaba. Un anuncio pequeño, escrito en mayúsculas y enmarcado en triple línea rezaba: “JUAN DE DIOS, CURANDERO MISTICO, TODO LO PUEDE. EL MEJOR QUITA MALDICIONES DE LA CIUDAD. ¿MAL DE AMORES? NO HAY PROBLEMA. ¿MALA SUERTE? SE LA MEJORAMOS. ¿LE HAN HECHO UN TRABAJO? LO BLOQUEAMOS. LLAMENOS AHORA MISMO Y NO SE ARREPENTIRA.”


En otro momento la estrafalaria publicidad me hubiese hecho destornillar de la risa, ahora lo estudié detenidamente y aprovechando la ausencia de mi esposa, agarré el celular y marqué el número, castigando con vehemencia el teclado.


—Juan de Dios, el que todo lo cura. A sus órdenes, ¿en qué puedo ayudarlo señor Luis Ramírez? —respondió una voz que denotaba una seguridad rayana en lo arrogante.


Me quedé mudo por un instante. ¿Cómo sabia este brujo de cuarta mi nombre y apellido? Recuperé la voz ante la simple y elemental respuesta: seguramente tendría un identificador de llamadas. Así de simple.


—Tengo un problema grave y quisiera saber si usted podría ayudarme —dije con voz quebrada.


Me tomó quince minutos explicarle al mano santa la mala leche que me venía regando en los meses pasados. Al finalizar, Juan de Dios me hizo tres o cuatro preguntas personales y después se llamó al silencio. Como que estaba analizando mí caso.


—¿Y bien, tengo salvación o no? —inquirí, totalmente arrepentido de haber hecho esa llamada.


—Mi querido, tu situación es preocupante, grave diría yo. Es tan terrible, que todo mi poder no será suficiente para conjurar tamaño maleficio. Necesitas la ayuda de la gran maestra, la única que puede salvarte. Te juro que pocas veces he visto algo así. Te doy la dirección de Cristina, andá mañana a primera hora. Podría decir que tomo tu caso y sacarte la plata facilito, por nada, pero mi lema es la honestidad y es de tu vida de la que estamos hablando. Movete rápido, antes de que sea demasiado tarde —agregó y la última frase me sonó a sentencia de muerte.


Las palabras del mano santa me inyectaron una agitación que no sentía desde mi niñez, cuando en la oscuridad de la noche, allá en mi Crucecita séptima natal, escrutaba las movedizas sombras que poblaban mi cuarto… un frio y descarnado miedo. Continúa prontito…

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