W.G.G

A nuestro pionero Seizo Hoshi
Real del Padre Mza.
Argentina, febrero del 2014.
Sucedió en verano, a
principios de la segunda luna de enero de un año que mi memoria impide cifrar. Aunque
aún mantengo nítidos el contexto y los hechos que se fueron desencadenando a lo
largo de aquel día, el más inusual de mi existencia. Tras unas cuantas décadas
traigo la historia a colación. Dos hallazgos, el dia de ayer, me dieron la
certeza que no fue un sueño o una alucinación producto del exceso de cannabis.
Enfundado en mis ochenta años,
extremadamente solo y con una compilación de males que me permiten olfatear las
parcas, me dispongo a confesarles una experiencia extraordinario. Las dieciséis
horas en que transité un mundo que no era el nuestro.
De una cosa estoy seguro,
era el principio de los setenta, recuerdo que don Hoshi acababa de fallecer y
corría un sentimiento de pesar por la colectividad nipona. Nuestra finca
colinda con el sitio donde se emplazaba “Los Nogales” y nuestro pueblo se
edificó en gran parte por el empuje de este gran visionario.
Me encontraba aquel
anochecer bajo el sol de noche, estudiando las facturas desparramadas sobre la
mesa situada en la parte más frondosa de mi vergel. Una fresca brisa aminoraba
el calor y la humedad que esa tarde habían sido insoportables. Llovió como
demonios aquella temporada y los helechos, bromelias, orquídeas, pasionarias,
potus y demás plantas tropicales se hallaban exultantes.
Desde siempre forjé un culto del cuidado de este tipo de flora tan atípica para la zona en que vivo. En época de frio las mantengo en macetas bajo un invernadero, ayudado a veces, en las noches de helada, por pequeños calefactores. Vuelvo a plantarlas al aire libre en primavera cuando explotan con toda su hermosura. Amor por las flores heredado de mis padres floricultores, imigrantes provenientes de Okinawa en los años veinte y que se especializaron aquí en el cultivo de diversas variedades de hortensias con buenos resultados económicos. Para mí, en el presente, esto es solo un hobby, pues sobrevivo a duras penas con una jubilación de morondanga y algunas frutas secas que muy de vez en cuando logro vender en General Alvear.
Desde siempre forjé un culto del cuidado de este tipo de flora tan atípica para la zona en que vivo. En época de frio las mantengo en macetas bajo un invernadero, ayudado a veces, en las noches de helada, por pequeños calefactores. Vuelvo a plantarlas al aire libre en primavera cuando explotan con toda su hermosura. Amor por las flores heredado de mis padres floricultores, imigrantes provenientes de Okinawa en los años veinte y que se especializaron aquí en el cultivo de diversas variedades de hortensias con buenos resultados económicos. Para mí, en el presente, esto es solo un hobby, pues sobrevivo a duras penas con una jubilación de morondanga y algunas frutas secas que muy de vez en cuando logro vender en General Alvear.
Rodeado por un cerco de
damascos, ciruelos, manzanos y durazneros, se encuentra mi jardín. Cobijadas
por cedros, olmos, pinos y robles, nacen las variedades de flores más raras y
hermosas que puedan imaginarse. Aquí he vivido solo desde que mis viejos murieron
a fines de los sesenta. Visitado muy de vez en cuando por mi hermana o mis
sobrinos que viven en San Rafael.
Adoradas flores, no les
miento si les digo que en los pasados setenta años he llegado a desarrollar mil
y pico de variedades distintas. Vivo entre ellas, sueño con ellas, hasta podría
morir por ellas.
Bueno… he enredado un
poquitín el hilo narrativo, volvamos al momento en que levanté la vista de mis
deudas atraído por una fragancia desconocida. Era un perfume nuevo, dulzón, de
procedencia desconocida. Similar al de las gardenias pero con un toque acido,
delicadamente exquisito. Nunca sentí placer igual, ni siquiera cuando me
encuentro saboreando mi cigarrillo diario de cannabis. Es mi único vicio,
comencé a cultivarla tras la muerte de mis progenitores, buscando algo que
menguara el dolor de mi alma. Es un secreto
férreamente guardado, las tengo disfrazadas entre helechos y bien fuera
de la vista de ocasionales curiosos. Aunque no existe mucho peligro de ser
descubierto, hay épocas en que por semanas nadie entra a mi finca, más solo que
loco malo dirían mis sobrinos.
Tras rebuscar
entre las plantas por largo rato y ayudado por la luz del farol, en la
parte más recóndita de mi jardín al fin la vi. En un lugar en donde, si no
fuese por su aroma, nunca la hubiese descubierto. Me encontraba ante la flor
más extraña y hermosa que mis ojos hubiesen apreciado jamás. Me incliné
trémulo de alegría. Poseía todos los colores del arco iris y sus pétalos
parecían danzar en la suave brisa. A medida que acercaba mi nariz, desde
su centro comenzó a irradiar un brillo hipnótico, naranja azulado. De
repente tropecé y caí sobre ella de tal forma que sus duros pistilos se
incrustaron en el fondo de mis fosas nasales. Entonces sucedió algo increíble,
difícil de explicárselos con palabras. Fue como un torbellino de alucinaciones
embriagadoras. Mi mente pareció girar a mil por segundo llevada a través de un
espiral de luces y colores. Tenía plena conciencia de mi cuerpo inerte entre
los helechos a la vera de aquella flor extraordinaria. Sin embargo mi espíritu,
alma o como quieran llamarlo se dirigía a otro lado, y muy velozmente por
cierto.
No sé cuánto
tiempo duro la travesía etérea, siempre con ese aroma entre dulce y ácido
atiborrando mis sentidos. Podría decir horas, pero me arriesgo a sentenciar que
se trató solo de milésimas de segundo.
Al abrir los
ojos me hallé tirado al lado de la misma flor, solo que ahora estaba en una
maceta y en un paraje singularmente distinto. Para empezar, el cielo poseía un
rosado perturbador con nubes naranja opaco. El aire olía… no se contárselos.
Como si mi olfato pudiese diferenciar y aspirar por distintos conductos cientos
de fragancias diferentes. Olores todos que confluían en mi cerebro explotando
deliciosamente. Al sentarme mi vista se perdió en un horizonte curvo en
demasía, sembrado con una diversidad de plantas que en su mayoría me eran
ajenas. Pude descubrir, a duras penas, algunos crisantemos, un puñado de
petunias y azaleas, cerezos, algo parecido a álamos y una singular línea de
palmeras con cocos gigantescos. El resto, ignotos cultivos que encandilaban con
un desparpajo de frutos y flores indescriptibles.
A mi espalda, un
sendero de piedritas rojas me llevaba a un caserío desparramado sobre la cumbre
de una baja meseta. Las viviendas no debían superar el metro y medio de altura.
Sus paredes y aberturas estaban pintadas de colores vivos, podría decir: azul,
ocre, amarillo, turquesa, etc. Aunque esas tonalidades no eran conocidas en
nuestro planeta. Se me dificulta explicarles el paisaje aquel, tenía una
armonía digna de la pintura perfecta.
Me levanté con
más facilidad de lo que mis huesos me lo permitían habitualmente. Estaba lleno
de energía, rejuvenecido. Debo mencionarles el hecho que durante toda esta
experiencia, nunca llegué a tener miedo, ni siquiera incertidumbre. Había
hallado al fin mi lugar en el cosmos. Quien ama con pasión lo que la naturaleza
nos ofrenda puede entender lo que digo. Tan embelesado estaba estudiando las
plantas mientras caminaba rumbo al insólito pueblito, que no percibí, hasta
pasado un momento, los livianos pasos que me seguían.
Me causaron más
gracia que inquietud. Lucían como salidos de cuentos de Andersen o de los
hermanos Grimm. De treinta a cincuenta centímetros de estatura, tirando a rechonchos,
con rostros amables, barba blanca bien recortada y ojos redondos, de color
miel. A me olvidaba… tenían la piel de color verde y unos trajes rojos apapanoelados.
—¿Dónde diablos
me encuentro? —inquirí con voz firme sin dejo de temblor, mirando al más alto y
gordo que parecía estar al comando del pintoresco grupo.
Todos a la vez
dieron un respingo hacia atrás asustados. Algunos hasta temblaban de temor. El
supuesto líder me observó con cautela mientras frotaba sus dedos medios sobre
las cienes, como si se estuviese destapando los oídos. Luego conocería que esa
era la forma de activar el traductor universal que llevaban en su cerebro.
—En
Florinlandia, o el planeta de las flores, como le guste más. En una galaxia bastante
lejana de su tierra natal, señor… ¿?
—Isami —dije
divertido, con el total convencimiento de que me hallaba soñando.— ¿Cómo he
llegado hasta aquí, quienes son ustedes.
—Por alguna
razón que desconocemos señor Isami, usted utilizó nuestro transporte
interestelar. ¿Cómo conoció el método y la flor transportadora y para que está
aquí?
—No tengo ni la
remotísima idea de lo que están hablando —contesté levantando la vista para
apreciar a unas cuantas mariposas que de tan delicadas y hermosas me cortaron
la respiración por un segundo.
—¿Cómo sabía
usted de la flor de la Valandra y sobre cuáles de los diez pistilos
introducirse en la nariz para activar el viaje? —preguntó esta vez un
gordinflón lampiño, el único del grupo sin barba.
—Casualidad
simplemente. Me caí arriba de ella cuando me acercaba para olerla. —acoté
intrigado por la forma de viajar que tenían esos pequeñines.
La cuestión es
que de alguna forma logré convencerlos y terminé haciendo buenas migas con
ellos… bueno, con casi todos ellos.
El planeta era
bien pequeño, mil y pico de veces más que la tierra y solo era habitada por
diez mil doscientos florindis. Así de gracioso se llamaban ellos, o por lo
menos de esa forma me lo traducían. Su función primordial era colectar especímenes
de flores en todo el universo conocido. Unos floricultores intergalácticos que
mantenían la biodiversidad frente al peligro de las guerras y las catástrofes
naturales que a veces terminaban hasta con un sistema solar entero.
Me confiaron que
existían quince plantas que les permitían transportarse de un lado a otro, a
veces a través de millones de años luz, aunque nunca me las mostraron ni me
confiaron sus nombres. Una tradición mantenida por millones de años y heredada
de los fundadores de Florinlandia, llegados de un lejano planeta a punto de
estallar. No sabían cómo ni porque sucedía la transportación, tampoco les
interesaba mientras sirviera para sus nobles objetivos. Los movía, como a mí,
el amor a las flores, solo eso.
Era el primero que visitaba su planeta, ubicado
en uno de los puntos más alejados del mapa estelar. Me había colado sin
quererlo, rompiendo una estructura perfectamente aceitada por milenios. Este
hecho, según ellos, podía devenir en una catástrofe total para su gente y para
la misma preservación del universo, exageraron. Hasta me dieron a entender que
no podría retornar jamás a la tierra a divulgar un secreto conocido solo por
los de su raza.
—¿A quién se lo
voy a contar? Me tomarían por demente. Además porque le damos tanta vuelta.
Esto no está pasando en realidad y ustedes son solo enanitos verdes, producto
de mi acalorada mente. ¿No es cierto? —indagué ya un poco incómodo con la
duración del sueñito aquel.
—Mejor que crea
eso don Isami. Como sea, si lo dejamos volver nos aseguraremos de hacer desaparecer
para siempre la valandra de su vista y olfato
—afirmó el jefe.
—Ya que estoy acá,
¿podría permanecer unas cuantas horas? Me gustaría conocer este mundo
maravilloso un poquito mejor.
—Sabemos de su
gran aprecio por las flores. Esa es la razón por la que una de las bocas de
salida en el planeta tierra estuviese en su bello jardín mi señor.
—¿A que van allá
ustedes?
—Ya te lo
dijimos —gruño un petisín malhumorado desde el fondo.— Recolectamos variedades
de flores para traerlas aquí. Somos los duendecillos, enanos de jardín, pitufos
o como quiera nos han venido llamando despectivamente los humanos desde tiempos
inmemoriales.
—¿Me puedo
quedar un rato más? —repetí un poco cargoso.
Armaron una
reunión allí mismo comenzando a discutir acaloradamente. Desde un costado los
miraba masticando una menta color fucsia que me refresco hasta las uñas de los
pies. El líder, junto a un numeroso grupo, estaba a favor de mi permanencia,
mientras que gruñón y tres o cuatro más me querían mandarme por el tubo de la valandra
en ese mismo momento.
Papa pitufo se
acercó alegremente y me apoyó una manito contra la rodilla a la vez que decía:
—Está bien
puedes quedarte Isami (allí noté que me tuteaba por primera vez). Comeremos
algo primero y luego yo mismo te oficiaré de guía hasta que caiga la noche. La
vamos a pasar re lindo —agregó mi nuevo amigo en un argentino aporteñado que me
causó mucha gracia.
El resto sobra,
solo deseo agregar que comimos frutas tan exóticas como deliciosas junto a los
florindis. Que sus bellas mujeres resultaron hasta más simpáticas y
hospitalarias que ellos mismos. Aquella tarde viajé por los lugares más divinos
de florinlandia. Gocé como nunca antes en mi existencia y calentado por los
tres soles del magnífico planeta de los gnomos verdes transité las horas más
felices que recuerde. Antes de partir, les expresé mi deseo de volver y
quedarme allí para siempre.
—Eso ya lo
veremos, está muy difícil por ahora. Tal vez en el futuro Isami, cuídate y buen
viaje amigo mío —dijo abrazándome y con ojos emocionados me señaló la maseta
con la valandra que me esperaba.
Desperté a la
madrugada del día siguiente, mojado por el rocío impregnado en los helechos y
con mi cuerpo dolorosamente entumecido. Ni rastros de la extraña flor o de su
aroma. Todo era normal a mí alrededor, sentí una intensa pena al reafirmar que
solo había sido un lindo sueño. Ese planeta de colores y aromas sensacionales
parecía estar solo en mi mente, enfebrecida por el sol, por el cannabis, o
quien sabe por qué cosa. Por cuarenta y pico de años cargué con aquel recuerdo, dolorosamente bello. Nunca descarté del todo la posibilidad de que
realmente hubiese sucedido.
Quiero culminar
estas líneas, esta despedida, mandándoles un caluroso abrazo a mis sobrinos Aki
y Oshi a quien quiero con locura. También a todo mi pueblo lindo de Real del
Padre que me cobijó con cariño por más de ocho décadas y sobre todo agradecer a
quienes aman las flores y las plantas, haciendo de esto casi una religión.
Bueno, ya, me
voy, los dejo para siempre y no es que esta sea una misiva suicida o algo por
el estilo. Simplemente ayer descubrí (ya lo dije al comienzo) dos elementos que
desencadenaron esta partida. La falta de algunas flores que comenzaron a
desaparecer sin explicación alguna, y la presencia de una espléndida vandana a
la orilla del canal de riego, entre los espárragos y el berro. Su olor me llama
en este preciso momento en que termino de escribirles.
Si no me ven
mañana aporcando mis plantitas en el jardín, ya saben la razón de mi ausencia.
Y si aún estoy aquí, con la vista perdida, apiádense de este loco japonés, de
este pobre soñador amante de las flores.
Isami Hirosho,
Real del Padre, planeta tierra.
14 comentarios:
Real del Padre: Tierra de pioneros y colonizadores
Walter. Muy lindo cuento. Lo hemos compartido en las páginas de Real del Padre. Esperemos la segunda parte.
Gracias Omar, un abrazo y mañana te alcanzo la parte final. Real del padre siempre estará en un rincón de mi Corazon. Tengo mucha familia por allá. Los Jockers y los Lust entre otros (las madres de Charles, Eribero, Lothar, Ernesto, Ricardo, etc. eran Greulach de apellido)
Maria Chuspita · Seminario Teológico Nazareno del Cono Sur
Como simpre Walter, es tan real el relato que hasta parece sentir el perfume de las flores.... muy bueno!!!
Mabel Calvente ·
Walter..que lindo domingo nos espera..festejar la copa mundial y leer la 2° parte de tu relato!! Jaja!!
Teresa Allevato · Instituto Superior de Profesorado Del Carmen
Buenisimo!!!! y no te olvides...tenes una cita el domingo...te espero!!!!
Gladys Lucero
Huyyy quiero el final!!!!para colmo me costo entrar ...a la pagina.genial exquisito relato un paraiso mi mente imaginar el lugar ....muy bello mil graciassss
Justina Elvira Rojas Jofre · · Trabaja en I.N.V. (Instituto Nacional de Vitivinicultura)
¡QUÉ GUACHO!...¡ME DEJAS CON LA INTRIGA!
Gotitasdemiel Jardin Maternal · Escuela Superior de Bellas Artes Manuel Belgrano
Muy bueno. Es increible pero siempre lo mejor esta a la vuelta de casa.
Mabel Calvente ·
Mantener el suspenso..! Genial!!
Gracias a todos por seguir mis relatos en Media Mza todos los domingos en mi columna del Quijote Verde. Mañana les dejo el final. Un abrazo desde Miami y ¡Aguante Argentina frente a Alemania!!!
Muy bueno Walter... y con onda verde y humoristica!!
Teresa Allevato · Instituto Superior de Profesorado Del Carmen
Este nuevo dia se me lleno de perfumes y colores maravillosos!!!! Gracias por regalarme un pedazito de tu sol!!! Que tengas un buen dia ARGENTINO!!!!
Gladys Lucero
Hermoso .delicioso perfumado e infantil y que lindo despertar a mi niña interior usted hace esas cosas muchasss gracias!!!y aunque nos falto un poquito para ser campeones que lindo es ser argentina !!!!!
Germán Dario Reinoso · E.E.M.Nº2
Hola! Como estas? Tenés razón, es un bello cuento para un libro infantil, sería lindo que edites un libro con cuentos como este. Que sigas bien e inspirado para que sigas escribiendo lindos cuentos.
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