11/6/14

Tras el resquicio



W.G.G
El rayo de luz calentó apenas un punto de su frente, si es que a eso pudiese llamársele así, y unido al coro de vocecillas fue suficiente para despertarla. Todas las mañanas idéntico ritual, los mismos movimientos. Igual expectativa a la de aquel remoto amanecer cuando asombrada vio el haz luminoso penetrando  el resquicio que en una grieta de la pared se revelaba.

La criatura se arrastró con torpes balanceos, apoyándose en las extremidades superiores, unos cortos chonguitos terminados en aletas. Dando coletazos con el muñón que nacía bajo su cintura logró apoyar su gran ojo contra la rajadura, único vínculo que con la realidad tenía. Esa iluminada hendidura que lo mantenía con vida tras tantos años de encierro y que en el altillo del tercer piso evitaba la oscuridad absoluta. No solo habían tapiado las ventanas sino que también se hallaban cubiertas con gruesas cortinas. Alrededor de la puerta, una goma completaba lo necesario para lograr esta negrura total.

El hombre le arrojaba comida una vez al día y la manguereaba con fuerza para lavar su cuerpo desnudo y escurrir los excrementos que tapizaban el piso. Se quedaba mojada, tiritando por horas, entumecida por el frio, y sin embargo se sentía sumamente agradecida por esa persona que de lejos la bañaba y alimentaba. ¿Sería su progenitor? se preguntaba e inmediatamente entraba en duda, cuestionando su propia identidad. Deseaba considerarse un ser humano, pero no estaba para nada seguro de serlo. Cuando observaba a los perros del vecino emplazado a la izquierda del jardín, siempre en unas miserables casuchas, atados y solo con ladridos y aullidos como voz, se identificaba con ellos.  Aunque en esa dura realidad, los canes eran mil veces más libres que ella.

Al principio vivía preguntándose que era. ¿Por qué la tenían encerrada allí con una argolla a la cintura sujeta por cadenas? Ahora dedicaba el día placenteramente a ver la vida que le llegaba tras el resquicio. Especialmente en las mañanas cuando los niñitos entraban en tropel al patio de juegos del jardín de infantes. Volaba con la imaginación   incorporándose a sus inocentes juegos. Cantando, bailando, disfrutando a pleno en una comunión unidireccional. Su único oído, ubicado bajo el ojo, se había agudizado de tal forma que escuchaba con nitidez las voces de los infantes. Luego de décadas aprendió a hablar. Bueno… aprender a hablar es mucho pues de su garganta solo salía un sonido gutural, ronco e ininteligible.

Divisó en el centro del patio a un nutrido grupo que danzaban al ritmo de la ronda de la luna, su favorita. Se unió a ellos tarareándola mentalmente y hasta pudo sentir las suaves manitas agarrando sus aletas. Al rato comenzó el juego de la escondida. La criatura bajó el parpado un instante, entonces se vio escondida tras el tacho de la basura, junto a los columpios, conteniendo la risa y la respiración. Por momentos casi se sentía uno más de ellos. El ojo se le inundó de lágrimas. ¡Cuánto daría por poder estar allá abajo! Aunque fuese un segundo. Tan lindos, tan inquietos, tan llenos de vida.

La criatura sufría de noche, tiempo en que el sol se apagaba. Sufría también terriblemente las vacaciones, los feriados, los sábados y domingos, cuando el silencio del jardín lo volvía a su espantosa soledad. Entonces trataba de entretenerse con los pájaros, los gatos y las ardillas. Contaba las flores y las nubes. Se soñaba volando, correteando por las ramas de los arboles embadurnado en fragancias. El resquicio le daba alas a su mente, ablandaba su existir.

Una tarde primaveral el hombre emparchó los huecos de la pared y la pintó. En ese preciso instante la criatura se dejó morir.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Teovaldo Angel Pesce Pawlow

Triste, emotivo pero extraordinariamente contado. Gracias Walter.

Anónimo dijo...

Gladys Lucero

Guau me doy cuenta que me encantan los finales...exelente los disfruto mucho...gracias

Anónimo dijo...

Marita Ayosa

Esa criatura merece entrar en la antología de la metáfora. Yo misma me sentí identificada y como solo puedo expresar de esa manera mi emoción, se me escapó una lágrima. Sabes que sos muy bueno?

Anónimo dijo...

Aldo Rocamora

Excelente, eso de la argolla con cadenas sobra, usted está en una etapa creciente un abrazo

Anónimo dijo...

Ramón Eloi Yllanes Illuminatti

Extraordinario como todo lo tuyo Walter, Feliz día del Escritor, lo mereces con creces. Gracias por todo lo que compartes.

Anónimo dijo...

Justina Elvira Rojas Jofre

¡QUE TRISTEZA!!

Anónimo dijo...

Nilda Portillo

Walter Gerardo Greulach descarnado y cruel relato, no creo poder volver en un futuro a hacer click para seguir leyendo, no tengo autoridad para juzgar pero sí mi derecho a elegir!

Anónimo dijo...

Elsa Haydée Salvoni Archilla

Cada palabra una descripciòn, cada oraciòn la narraciòn. Admirable Sr, Greulach. Felìz Dìa del Escritor.

Anónimo dijo...

Maria Chuspita

MUY DURO!!!!! Y TRISTE!!!

Ío dijo...


Que triste y tierno, Walter, pobre vida la suya, y su muerte por nostalgia, como si fuera una bala directa a su corazón.
Magnífico relato, se me fue una lágrima al llegar al final. Que bien lo cuentas siempre¡
Abrazos desde España

m.

Julio Che Argentino dijo...

Sin te conocer personalmente y conociendo tus orígenes, tu pueblo, tu forma simple de ser, principalmente tu mensaje oculto donde la imaginación anda de manos agarradas con la realidad.Siempre tu relato prende apasiona y emociona especialmente cuando sabemos que los personajes fuertes chocan con la fragilidad de su sentimiento puro tu mágica transforma una Fiona con el joroba do Notre Dame en un maravilloso idilio de una princesa con su conjugue encantado....eres un Capo de las letras, orgullo Argentino ... Walter!