No fui inmediatamente. Necesitaba
al menos unos días de convalecencia, en los cuales me devoró la ansiedad. Una
semana más tarde, como a las nueve de la mañana, me hallaba parado abajo de la oficina (o de la
covacha) de Cristina la bruja mayor. Buenos Aires, casi llegando a 25 de junio,
pleno microcentro de la ciudad
—Puta que buena locación, —pensé—
le debe ir re bien a la guacha.
Unos escalones de mármol blanco
me acercaron al segundo piso, donde me recibió una maciza puerta de madera, a
media altura y a la derecha, una placa de bronce decía: Gran Maestra Cristina,
Tarotista.
Aspiré con ganas, el
corazón aceleró su tamborileo. Miré la pequeña ventana que coronaba la escalera,
como planeando una vía de escape. Había comenzado a chispear y un grupo de
torcazas buscaban la protección del alero. Me pregunté si es que habría niebla,
o era mi estado de ánimo el que pintaba de gris el paisaje. El dedo no alcanzó
el timbre, lo detuve en la mitad del trayecto.















