W.G.G
Al Moncho Iturbe no era que
le desagradara tanto la vida, solo le disgustaba la forma en que la vida lo
había tratado siempre. Era poseedor de una soledad rayana en lo absoluto y esa
medianoche peor aún, porque su ser más preciado, el único receptáculo de sus
palabras y caricias acababa de fallecer.
Han pasado ya veintiocho
calendarios por mi pared y todavía retengo con inusitada claridad la historia
que el chino Pandiani nos narró una noche de quilmes y maníes en el café
Nostalgias, allá en Córdoba, sobre la Obispo Trejo. El chino era un porteño de ley, un fabulador
innato, tenía esa cualidad de hacer de la nada un show y en verdad que nos
divertía, por lo menos en esos momentos en que teníamos ganas de escucharlo. La
anécdota de su supuesto vecino en caballito, fue lo único que tras tanto tiempo
me quedó registrado. Quizá porque en algún instante de su verborrágico relato
me identifiqué con el Moncho Iturbe y envidié su velada extraordinaria. Quizá simplemente
porque entonces se me antojó por vez primera y última creerle al chino Pandiani.
Se acomodó en el rincón
predilecto y apoyó el borde superior de la silla en la pared, como lo hacía
siempre. Estiró las piernas y bostezó abotargado por la tristeza y el
aburrimiento. Se sacó la húmeda campera de lana y la tiró en la esquina de la
mesa. Aquel jueves, pasada la medianoche, venia de enterrar a michifus en la
plaza del barrio. La tumba la cavó bajo un banco, protegido por el olmo, su
viejo amigo, el mismo que lo cobijara en tantas tardes de hastío. Una fina y
pegajosa llovizna tapizó su camino al Farolito. Tuvo suerte de que el cielo no
se desvencijara hasta segundos después de ingresar al bar.
















