A la negra y la María, las primeras "nenas" que
conocí...
El sulky rojo y blanco corría rápidamente por la entalcada calle lindante al hospital. La velocidad le era imprimida por dos chocos sarnosos, encariñados con las ruedas del carruaje.
Reticente a calentarnos, el sol, en complicidad con las nubes, disfrutaba el ignorarnos.
La negra manejaba al Tito, el matungo que Valerio Ríos nos solía prestar. A su lado, la María, Sigrid y yo nos amuchábamos, obligados más por el frío que por el reducido espacio.
Desgastábamos el 69 y para mi mente infantil, ese tour semanal por el pueblo de Jaime Prats, era todo un acontecimiento. Entonces, mi reposada vida transcurría entre la finca de mis padres, sobre la Línea de los Palos y la escuelita rural Río Bamba 453.
Recuerdo el itinerario sabatino, marcado por algunos hechos que lo fijaron en mi cabeza; Pasábamos por el registro civil, un desgastado edificio de adobes y ladrillos. Allí una canosa anciana nos regalaba siempre un puñado de caramelos de eucalipto. Después enfilábamos para el hospital, al costado existía un parquecito con tres hamacas, un tobogán y dos subi-baja. Luego le agregarían una pequeña calesita. Ese era nuestro Disney World.
El sulky rojo y blanco corría rápidamente por la entalcada calle lindante al hospital. La velocidad le era imprimida por dos chocos sarnosos, encariñados con las ruedas del carruaje.
Reticente a calentarnos, el sol, en complicidad con las nubes, disfrutaba el ignorarnos.
La negra manejaba al Tito, el matungo que Valerio Ríos nos solía prestar. A su lado, la María, Sigrid y yo nos amuchábamos, obligados más por el frío que por el reducido espacio.
Desgastábamos el 69 y para mi mente infantil, ese tour semanal por el pueblo de Jaime Prats, era todo un acontecimiento. Entonces, mi reposada vida transcurría entre la finca de mis padres, sobre la Línea de los Palos y la escuelita rural Río Bamba 453.
Recuerdo el itinerario sabatino, marcado por algunos hechos que lo fijaron en mi cabeza; Pasábamos por el registro civil, un desgastado edificio de adobes y ladrillos. Allí una canosa anciana nos regalaba siempre un puñado de caramelos de eucalipto. Después enfilábamos para el hospital, al costado existía un parquecito con tres hamacas, un tobogán y dos subi-baja. Luego le agregarían una pequeña calesita. Ese era nuestro Disney World.















